“Periferia de la periferia”

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/ 22 de abril de 2021
/ 12:03 am
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“Periferia de la periferia”

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Por: Segisfredo Infante

No somos la periferia. Somos “periferia de la periferia”, según una expresión vertida por el historiador canadiense W. George Lovell, de la “Universidad Queen’s Canadá”, para referirse a los indios guatemaltecos de la Sierra de los Cuchumatanes. Esta expresión se la escuché al investigador en una mesa colonial en el contexto de un Congreso Centroamericano de Historia. Pero más allá de un simple comentario de veinte minutos, Lovell tiene en su haber un libro titulado “Conquista y Cambio Cultural: La Sierra de los Cuchumatanes de Guatemala: 1520-1821”. Aunque mi memoria a veces se comporta de manera borrosa, me parece que este libro se halla entre mis anaqueles.

Siempre sentí que los hondureños nos encontrábamos en la periferia del mundo y del trasmundo. Así lo he manifestado en forma verbal y escrita durante décadas. Pero después de escuchar a George Lovell, he reflexionado y he llegado a la conclusión preliminar que Honduras también se localiza en la “periferia de la periferia”, más o menos en circunstancia análoga a la de los indios Cuchumatanes. Más atrás en la historia de los comienzos de la república centroamericana, José Cecilio del Valle proponía la integración de los indios y de otros estratos humanos marginales a los sistemas de instrucción pública y de otros beneficios ciudadanos. La propuesta de Valle continúa vigente para Guatemala y Honduras y otras subregiones del continente americano.

Esta marginalidad la he sentido más fuerte y envolvente, en el contexto de la pandemia, al extremo que de repente podríamos ser (parece que no) de los últimos países del planeta en recibir el beneficio de la vacuna, que tal vez debiera ser gratuita para todos los hondureños, pues, como afirmaba Del Valle, “sin operarios no hay riqueza”. Esto debieran comprenderlo tanto los empresarios como los políticos. Pero también algunos profesionistas que invierten el mayor porcentaje de sus energías en serrucharles el piso a otros intelectuales, y en hablar mal de todo mundo, especialmente de su país. A veces les doy seguimiento a las noticias de Costa Rica, análogas a las de Honduras, en materia de corrupción y narcotráfico. Pero jamás de los jamases he escuchados a los hermanos “ticos” hablar pestes de su propio país, por muy inconformes que se encuentren respecto de los gobernantes de cada turno. Estoy de acuerdo con los costarricenses. Ellos comprenden de antemano que si lanzan por los suelos el nombre de la patria que los vio nacer, ahuyentarán a los inversionistas y nadie querrá visitar aquel hermoso país centroamericano. Los salvadoreños, que también han experimentado peores circunstancias históricas y políticas que las nuestras, sobre todo en la década del ochenta del siglo pasado, raras veces hablan mal de El Salvador.

He mencionado los ejemplos anteriores porque aquí en Honduras hacemos propaganda internacionalmente contra Honduras. Algunos creen que al caer los gobiernos “antipáticos”, de la noche a la mañana nuestro país prosperará. La verdad es que venga quien venga, continuaremos sumidos en la pobreza y en el déficit casi permanente, en tanto que las verdaderas causas de nuestras desgracias son estructurales. Desde luego que a eso se suman los deterioros coyunturales, por indolencia, vesania y desidia, de los que “tunden” y de los mismos “tundidos”, tal como lo expresaría el diplomático francés Mauricio Talleyrand, y lo repetiría el “comandante” Mario Sosa Navarro (QEPD).

Cuando leo libros, periódicos y revistas, y escucho conferencias internacionales ligadas a lo que acontece en otros países latinoamericanos, europeos, africanos y asiáticos, y en la misma Metrópoli del Norte, me pregunto a mí mismo cómo es posible que a muchos catrachos se les ocurra creer que estos fenómenos de deterioro del tejido social solamente acontecen en Honduras. Como si viviéramos en una isla o en un agujero aldeano de una provincia fuera del mundo. De nada sirve que los expertos de diversos países les expliquen que tales o cuales cosas también suceden, de manera análoga, en otras coordenadas planetarias. Con estas actitudes estrechas perdemos la “visión de conjunto” que sugería, dialécticamente, el sabio Platón, hace tantos siglos. Y perdemos la capacidad de hacer reclamos sostenidos a nivel internacional.

A pesar de estar localizados en la “periferia de la periferia”, Honduras fue la provincia minera más rica del viejo “Reyno de Guatemala”. Nuestra contribución a la “acumulación originaria de capital” de los bancos y países europeos, desde la perspectiva del submodelo capitalista mercantil, fue pequeña pero sustanciosa. En Centro América los hondureños hemos sido los principales aliados de Estados Unidos desde la “Segunda Guerra Mundial” hasta la “Guerra Fría”. Y hemos contribuido a la riqueza alimentaria de esta superpotencia del “hemisferio occidental”. Incluyendo nuestras maderas preciosas. De tal modo que al Papa Francisco le asiste toda la razón cuando reclama que las potencias millonarias deberían regalar vacunas a los países más pobres que, como en el caso de Honduras, hemos contribuido a ese enriquecimiento hemisférico.

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