Unidad; pero, no cualquiera

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/ 23 de abril de 2021
/ 12:04 am
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Unidad; pero, no cualquiera

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Por: Juan Ramón Martínez

Nuestro país, como nunca antes, ha estado urgido de unidad. Pero no cualquiera unidad. Ni una unidad parcial, como plantean los políticos -la mayoría responsables del atraso nacional- y mucho menos, una unidad que se haga para favorecer minorías y aumentar la desigualdad que tanto ha crecido entre nosotros. De lo que se habla, es de unidad de la oposición para derrotar al Partido Nacional que interesa a unos pocos que, incluso no parar mientes en la calidad de los medios, para lograrlo. Pero de la unidad para enfrentar los retos de la pobreza, la fragilidad del territorio nacional por tantos años de descuido como nos ha recordado con honradez rectilínea Leonel Ayala, la ofensiva desigualdad entre los que viven con los estándares de Miami y las carencias de Haití, los daños culturales que está sufriendo una generación que ha perdido más de un año de educación y de la incapacidad del gobierno -por incompetencia y por corrupción del sistema para ofrecer servicios sanitarios adecuados a las necesidades populares- nadie habla. La disputa es sobre el poder. Para conocidos propósitos y basada en competencias inventadas, fruto de mentalidades calenturientas, dañadas por egolatrías inconmensurables.

Los que conocen poco de la historia del país -la casi totalidad de los políticos, el 99.99 de los hondureños- creen que, esta crisis que pasamos es, inédita. Que nunca antes había ocurrido. Y se equivocan. La crisis de Honduras empieza en 1839 cuando rompimos el pacto federal; se profundiza con la inestabilidad caudillesca del siglo XIX y se consolida cuando fuimos incapaces de crear una clase empresarial agresiva, capaz de acumular riqueza y crear empleo y la impotencia para operar una sistema educativo, capaz de ofrecernos imaginación creadora, fortaleza de pensamiento y fuerza para utilizar los recursos nacionales, dentro de un régimen de libertad y democracia, que aumentara el prestigio de Honduras y dejáramos de ser, como ocurriera desde la colonia, la más pobre y atrasada provincia de Centroamérica. Y ahora, en que hemos llegado al límite de la ruptura del pacto social, basado en el respeto a las instituciones y a la obediencia absoluta a la ley y solo a la ley, no contamos con una masa crítica, intelectualmente dispuesta a crear un nuevo imaginario colectivo, y desarrollar unos objetivos nacionales que nos comprometan a todos; nos mostramos turbados algunos, otros indignados. Y la mayoría, ingenuamente navegando con bandera equivocada, creyendo que los mismos que han fracasado durante cerca de doscientos años de vida republicana, nos van a resolver los graves problemas que atravesamos actualmente. Los políticos lucen un lenguaje desmejorado. Sin visiones de la realidad ajustada a la verdad; y con partidos, en donde ha desaparecido la democracia interna y el control de las bases, ha sido derrotado por la fuerza y el poderío de los caudillos. La política que casi nunca ha tenido como meta el bien común, se ha convertido en un espectáculo, en donde se busca lo particular, individual, sin consideración por lo colectivo y comunitario.

Ante este desolador panorama, necesitamos una unidad de los ciudadanos, alrededor de una clara propuesta transformadora que, enfrente los problemas señalados y en la que la ejecución de las acciones, se confiara a los más idóneos, al margen de los partidos que, en diferente proporción desde luego, son responsables del atraso del país. El Partido Liberal y el Partido Nacional, son los principales responsables de los daños que sufrimos los hondureños, así como también lo son los partidos que, han participado como celestinas impúdicas, colocadas al servicio de objetivos subalternos. El problema que enfrentamos, es que, no tenemos estos ciudadanos para crear una plataforma unitaria. Los que han creído que tienen las mismas virtudes que los responsables de nuestras dificultades, no tienen respaldo popular, porque los electores carecen de capacidad para diferenciar lo bueno de lo inadecuado, lo inconveniente de lo necesario. El sistema educativo, los tiene entrenados, para estar al servicio de los caudillos, obedeciendo consignas partidarias anormales y celebrando el atraso y lo peligroso, como algo útil para el país.

En fin, curados de espantos, no creemos en la unidad que predican los políticos. El país seguirá hundiéndose, hasta que toque fondo. O, una nueva generación, después de reformar el sistema educativo, tome el destino nacional en sus manos. Lo que vemos, no es promisorio; ni esperanzador. Absolutamente.

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