El bosque

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/ 25 de abril de 2021
/ 12:03 am
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El bosque
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Por: Mario Hernán Ramírez
Presidente vitalicio Consejo Hondureño de la Cultura Juan Ramón Molina.

Se entiende por bosque a una vasta extensión de tierra cubierta de árboles, arbustos, plantas y yerbas, en la que como es lógico encuentran su hábitat todos los animales propios de la selva e incluso los más grandes nacimientos de agua, generalmente cuando estos producen el precioso líquido desde la parte más alta de la montaña, situación que la naturaleza con su propio desenvolvimiento va rompiendo cauce y formando ríos, riachuelos, quebradas y vertientes de diferentes tamaños.

Honduras todavía hace unos sesenta años era considerado como el país de la “Suiza centroamericana” precisamente por la abundancia de árboles de diferentes especies, sobre todo pinos frondosos que con su generosidad nacen y crecen hasta sobre las piedras, produciendo, como es lógico un ambiente sumamente agradable en cuanto al clima se refiere.

Comunidades como la propia Tegucigalpa, Siguatepeque, La Esperanza, Marcala, Valle de Ángeles y otras por el estilo disfrutaban de un clima exquisitamente fresco durante casi todo el año, merced al cuidado que los pobladores y sus alcaldes le prodigaban al bendito bosque que circundaban el entorno de las comunidades arriba mencionadas. Lamentablemente eso es historia.

Ahora con esos terribles fenómenos que han transformado el hábitat mundial del hombre, conocidos como cambio climático, calentamiento global y el efecto invernadero más otros nocivos gases lanzados a la atmósfera por la proliferación industrial y tecnológica que actualmente son la principal ocupación del hombre moderno, no podemos menos que lamentar la crisis que tales fenómenos traen consigo, aumentando su peligro con la presencia de devastadoras tormentas huracanadas y lo que es peor, la pandemia que está acabando con la vida del hombre de forma letal e invisible, como jamás nunca lo imaginamos, ya que en promedio de quince meses nos ha arrebatado más de tres millones de congéneres, contaminando una barbaridad insospechada de gente, proclive, también, a la muerte, sin que hasta el momento, tampoco, ni los más encumbrados laboratorios científicos de las grandes potencias económicas del globo hayan encontrado el antídoto perfecto para contrarrestar tan brutal azote.

Naturalmente, hay que reconocer el crecimiento demográfico de que ha sido objeto el mundo en que vivimos y con ello las apremiantes necesidades de consumo que tal cosa significa para poder sobrevivir y ello nos ha llevado a la destrucción del principal aliado de la tierra que es el bosque, porque donde hay bosque hay fertilidad y fortaleza terrenal, pues las raíces de los árboles, ya lo hemos dicho en otras oportunidades, son las venas por las que corre la sangre que le da vida a la tierra.

En 1974 presenciamos uno de los espectáculos más siniestros en nuestra geografía, cuando el tristemente célebre huracán Fifí devastó gran parte de la región norte de nuestro país, habiéndose ensañado en lo que en su momento se llamó la “ciudad mártir” de Choloma en el departamento de Cortés, en donde los cerros pelados completamente presentaban derrumbes por doquier en lo que parecía que eran gigantescos arañazos de monstruos extraterrestres, escenas más que elocuentes de lo que significa la pérdida del bosque.

Todo lo anterior viene a cuentas, porque precisamente los habitantes de la próspera ciudad de Catacamas, Olancho, hace algunas semanas se tomaron las carreteras que los comunican con los demás sectores de la nación, en protesta, por la avaricia e indolencia de quienes en su insaciable afán de lucro no paran en la tala del bosque, introduciendo enormes rastras cargadas de los troncos que le arrancan al mismo, motivo cien por ciento justificado de quienes habitan en esa zona, porque además, de dejarlos sin el oxígeno requerido que producen estos árboles, también están minando las fuentes de agua que en sus lechos se producen. Igual situación ocurrió muy cerca de Tegucigalpa en la zona conocida como Mateo y Las Casitas; cerca de Lepaterique donde nace uno de los ríos que mejor función desempeña para el abastecimiento de agua de la capital; un ilustre diputado al Congreso Nacional con rango de directivo del mismo hizo la denuncia del robo inmisericorde de madera en esa región, próxima a la sede de los principales cuerpos militares de la República, zonas que precisamente por la enorme importancia que representa para la seguridad nacional, se supone que está vigilada desde diferentes puntos y que, es inconcebible que estando tan cerca la fuerza militar más grande de la República en Las Casitas y Mateo hallan bárbaros que se atrevan a tocar lo que supuestamente es inexpugnable. Pero, reiteramos, el afán de avaricia y lucro entre los magnates que se dedican a la explotación de este rubro, es insaciable.

Amigos, las oficinas competentes con los enormes aparatos con que cuentan para detectar y pronosticar hasta lo que ocurrirá en un año, han anunciado tormentas y huracanes para este 2021, mismos que se ensañarán más en el territorio si continuamos hartándonos el bosque, porque, este año, si bien es cierto hubo pocos incendios forestales, en primer lugar, por la pandemia y en segundo lugar por la llegada prematura de las lluvias, la pérdida del bosque solo podemos achacarla a la tala inmisericorde.

El recién pasado 22 del mes que corre se conmemoró por lo más alto de la efervescencia publicitaria el Día Mundial de la Tierra y, la tierra sigue muriéndose.

eramirezhn@yahoo.com

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