Vocación, con las uñas y sin conectividad maestros sacan a flote la educación en las zonas rurales

ZV
/ 26 de abril de 2021
/ 05:10 am
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Vocación, con las uñas y sin conectividad maestros sacan a flote la educación en las zonas rurales
El Centro Básico “General Terencio Sierra” es uno de los pocos de Honduras que están abiertos.

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EL CUBULERO, Alianza, Valle. La directora del Centro Básico “General Terencio Sierra”, María del Carmen Galo y la maestra del primer grado, han compartido con LA TRIBUNA las dificultades para sobrellevar el proceso enseñanza-aprendizaje enmedio de la pandemia del COVID-19. Vocación docente, desidia del Ministerio de Educación y el decidido apoyo de los padres de famila resaltan en esta historia.

Después de 365 días del cierre de este centro educativo, la directora y los docentes han decidido abrirlo bajo su propia responsabilidad. Las clases se sirven al aire libre dos veces por semana y tanto maestros, como alumnos llevan puesta su mascarilla, guardan la distancia entre pupitres y usan gel para limpiarse las manos. La escuela luce una apariencia de abandono, muy comprensible en virtud que sus huéspedes habituales se retiraron, desde marzo del 2020, cuando el gobierno suspendió las clases presenciales por la emergencia sanitaria. Sin embargo, los maestros y los pocos alumnos que llegaron este día dan aviso que hay vida. Es un pueblo con bajísimos casos de coronavirus, según lo que se sabe entre sus pobladores, pues, la verdad es difícil saberlo porque el gobierno tampoco realiza pruebas en el municipio.

Las medidas de bioseguridad se cumplen a medias, especialmente de parte de los jóvenes, que suelen andar más relajados que los adultos. Los alumnos de primaria van dos veces por semana y los del séptimo al noveno grado una vez. Los niños llegan por turno, presentan sus tareas y los maestros los reciben un par de horas, les refuerzan los temas y les dan nuevas asignaciones para el siguiente día. Es un ambiente relajado, en el que los educandos llegan sin uniforme, a pie, en bicicleta, solos o acompañados, los más pequeños, de sus padres. Como todo es voluntario, aparantemente, todo funciona normal, pero no ha sido fácil, ni es lo más conveniente para nadie.

En un principio, cuenta Galo, se han tenido que enfrentar a los padres de familia, muchos de ellos reticentes al retorno a clases presenciales. Al final, quedaron que fuera opcional. En una segunda instancia, se han enfrentado a las directrices verticales de la Secretaría de Educación, que no hace, ni deja hacer. “Como la orden sigue siendo trabajar de manera virtual, nos tienen trabajando con las uñas, no nos dan insumos de bioseguridad, sin internet, ninguna herramienta”, lamenta Galo.

Ni conectividad ni teléfonos: el problema de fondo

Superado estas dos dificultades, la directora explica que hay un problema de fondo que los ha motivado a regresar a clases: el bajo o nulo aprendizaje de los alumnos a lo largo del 2020, cuando muchos de ellos desatendieron sus clases por completo desde el cierre de las escuelas en marzo. Descubrieron, además, que a muchos les hacen sus tareas ya sean sus padres o los vecinos, mientras que otros tantos ni siquiera eso hicieron. Eso los llevó a reprobar 60 de ellos. En un pueblo donde la escuela está a 10 minutos para el estudiante más lejano y casi todos los docentes viven ahí, Galo dice que es el colmo que un alumno no se interese por sus clases y no es justo cargar al maestro con las responsabilidades de un alumno haragán que no sabe nada para el siguiente grado.

“Reconocemos el trabajo de los padres de familia porque están pendiente de sus hijos, pero no pueden sustituir la labor docente. Hay estudiantes que aprenden algo, pero la mayoría necesita a un docente presencial”, recalca.

En este año lectivo en curso, dice, están buscando estrategias para lograr el máximo aprendizaje de los estudiantes ya sea presencial o virtual pero siempre chocan con lo mismo: La Secretaría de Educación se opone y en definitiva la mayoría de alumnos no tiene servicio de internet o un teléfono.

Galo rechaza los lineamientos oficiales porque no responden a la realidad de las comunidades y prefiere seguir adelante en su centro educativo. “Vamos a asumir las responsabilidades, cueste lo que cueste. Dan órdenes verticales, pero no dan soluciones”.

En este municipio, varias escuelas siguen el mismo esquema presencial. Galo sugiere que se abran las escuelas de alguna manera porque las clases virtuales le van a pasar factura a la calidad de la educación. Y en este punto demanda un esfuerzo del gremio magisterial.

“Sé que hay maestros acomodados, no les va gustar esto que digo, pero es cierto. No quieren regresar, porque prefieren resolver cosas personales, lo que menos les importa son los niños y sabemos que esto no está funcionando”, subraya.

“POQUITO ES MEJOR QUE NADA”

La profesora Lily García está a cargo de primer grado y fue la primera en apuntarse para regresar a clases presenciales este año. “Es un grado delicado, necesita mucha atención”, dice esta maestra con Licenciatura en Estudios Sociales de la UPNFM y más de 20 años en la docencia. En la cancha del gimnasio, tiene una pizarra con la tarea del día: escribir los números en letras. Como el típico maestro de vocación, Lily asiste al niño que está de turno, quien paso a paso escribe el pedido de la profesora en su cuaderno. El niño suda, lleva una mascarilla y una gorra negra en su cabeza. Está escribiendo el número veintetrés. La letra le ha salido muy grande del recuadro. “No se tiene que salir, borre y repítala”, le dice la profesora con suma paciencia. Otros niños esperan su turno sentados a distancia en la amplia zona deportiva del centro escolar. Algunos de ellos llegan acompañados de sus padres. Contrario a sus colegas de los grados superiores y del séptimo a noveno grado, con quienes la virtualidad parece ser más llevadera para enseñar y aprender, Lily considera que los maestros del primer grado no se pueden dar ese lujo. Y aunque no atiende todos los días por las restricciones del Ministerio de Educación, ella cree que dos veces a la semana ayuda. “Es mejor poquito que nada”, asegura.

A estas alturas de un año lectivo normal, los niños del primer grado deberían estar leyendo y escribiendo con fluidez, cualquiera que sea el método, según los maestros consultados por este periódico, pero la virtualidad no tiene aspectos claves de la presencialidad, como enseñarle a tomar el lápiz, la caligrafía y sobre todo la confianza que genera el maestro al alumno en estos momentos claves del aprendizaje. La profesora Lily no quiere que pase lo del año pasado con muchos niños del primer grado que quedaron a la deriva después del cierre de escuelas. “No se puede enseñar a leer y escribir tan fácil por una pantalla, por eso hemos decido estar viniendo dos veces a la semana”, recalca García. (EG)

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