“NUNCA SE SABE”

ZV
/ 30 de abril de 2021
/ 12:14 am
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“NUNCA SE SABE”

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COMO no somos aficionados al fútbol no sabríamos decir cuándo ni referido a qué fue la primera vez que soltó la frase aquella que, a partir de entonces, adquirió inusitada celebridad asociada a su persona. Una expresión sencilla, corta, de apenas tres palabras, que engloba exactamente lo que no tiene nada de exacto. Obliga a quien la escucha como respuesta o como sentencia, a trascender el terreno de lo puntual sobre lo que se ansía conocer, para caer al espacio de lo incierto, de lo que resulta imposible precisar. Una vez que el genial enunciado pasó a ser del dominio público, a fuerza de repetirse, de boca en boca, una y otra vez, como cierta premonición de todo lo ignorado, no hubo quien no hiciese uso de la locución a conveniencia: “Como dice Chelato, nunca se sabe”.

La frase se hizo vírica –transmitida en medios convencionales– mucho antes de siquiera sospecharse que llegaría el día cuando la tecnología digital produciría tal sonambulismo de adictos a aparatos inteligentes –más inteligentes que sus dueños– y a las redes sociales. Afanado el conjunto de hipnotizados en hacer viral su insustancial individualidad. Pero, en el caso que nos ocupa, el de la famosa frase, la popularidad alcanzada es atribuible a la calidad del personaje y a su campo de pericia, el fútbol, que como ninguna otra disciplina es capaz de producir emociones tan intensas en un multitudinario mundo de ardientes seguidores. Tampoco atinaríamos detallar cuándo ni cómo fue que, de los campos del espectáculo deportivo, ingresó a otro tipo de entretenimiento; a la política. Pudo haber sido invitado a incursionar en esas agitadas aguas de la función pública con premeditado interés. Pidiendo prestadas glorias ajenas para matizar las grises tonalidades de la actividad política de frescos y vivos colores. Ya para esos días, signos inquietantes de malestar hacia la clase política tradicional asomaban por los cercanos linderos. Y como gancho para atraer votos desencantados recurrieron a la notoriedad de otras faenas del acontecer nacional. El maestro –ese era el título de respeto que portaba como broche de honor reminiscente de los viejos maestros respetados– fue de los primeros diputados que fichó el Legislativo. La apertura democrática de los más votados y de fotografías en la papeleta llenó de caras frescas las canchas del Congreso Nacional. Hondureños –muy destacados algunos de ellos– que atraen la simpatía de votantes por su visibilidad en otras actividades de la vida nacional. El deporte, la música, la televisión y la figuración en eventos empresariales, etc. Sin que su presencia estelar haya hecho diferencia alguna de mejoría a la calidad legislativa.

No así la de Chelato. Nos escribe Lizzy –con quien compartieron tareas de labor social durante su breve paso por el Congreso Nacional– del interés de su compañero de cámara de acceder al fondo departamental para apoyar microempresarios e invertir en la construcción de canchas deportivas en barrios y comunidades pobres. Ello era, cuando esos recursos, manejados con suma transparencia, eran utilizados en obras de beneficio colectivo. Antes que los muy vivos –siempre hay honrosas excepciones– se las ingeniaron para desviarlos en sus ONG y darles otro fin. Por supuesto que el probo maestro e icono del fútbol no tuvo impedimento alguno de dar cuenta de cada centavo invertido. Menos mal que nadie inquirió sobre el destino de los dineros asignados a muchos de los otros políticos, ya que posiblemente hubiese recurrido a su frase peculiar: “nunca se sabe”. Lo que sí se sabe, y no hay duda de ello, es que dejó una estela de contribuciones evidentes que dignificaron la bandera nacional durante su generoso trayecto por este mundo de los mortales. Y también se sabe que deja el ejemplo de una vida decorosa, una escuela repleta de lecciones a su inmenso alumnado. Suficiente para mostrar como pase de ingreso cuando haga la espera obligada bajo el dosel de laureles celestiales.

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