INGRATA REALIDAD

ZV
/ 17 de junio de 2021
/ 12:58 am
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INGRATA REALIDAD
CAPITALINOS Y EL AEROPUERTOLO DOMÉSTICO Y LA SOLIDARIDAD

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EN cualquier otro momento no estaríamos cuestionando el desenlace a la negociación tripartita. Sobre el cual trascendió que hubo un acuerdo bajo la mesa de la parte patronal y laboral. Desde siempre hemos abogado por que los trabajadores devenguen un salario digno. Sin embargo, nadie es ajeno a lo que ha sucedido. La debacle que han experimentado las economías mundiales a causa de los efectos demoledores de la pandemia y específicamente la caída estrepitosa sufrida por las actividades económicas domésticas, nos impide celebrar la infeliz decisión. No se puede aplaudir que si algo está extremadamente cargado –a punto de caerse del todo– le encaramen otro pesado bulto encima. Desafortunado –en condiciones patéticas como las actuales– el incremento al salario mínimo. En las circunstancias críticas por la que pasa la iniciativa privada, lo sensato era negociar una tregua. Por lo que se ve, poco pensamiento dieron a la ingrata realidad que sufre el país.

Con poca conciencia de los apuros que pasan los que operan comercios, negocios, industrias, bajando santos del cielo cada quincena, para ajustar el pago de la planilla laboral. A nadie premiaron con esa decisión, más bien castigan el esfuerzo que hace el sector productivo nacional intentando ponerse de pie. Una cosa es la necesidad de quien ya tiene trabajo deseando ganar más –un deseo que compartimos sensibles a las necesidades primarias– pero otra muy distinta es la posibilidad de sacar más y más a los sectores productivos severamente lastimados por la crisis. En tiempos normales los incrementos al salario mínimo anual son justificados. Pero no estamos ni en época de bonanza y mucho menos en tiempos de normalidad. Lo que se padece es grave de vida o muerte. Y si expiran algunas de las agonizantes empresas, pequeñas, medianas y grandes, no solo no habrá de donde sacar los obligados incrementos salariales, sino que no habrá trabajadores. ¿Qué beneficio reciben de esto los cientos de miles de hondureños desocupados? ¿O aquellos que debido a la contracción de los mercados van quedando en la calle? Ese incremento al costo de operación va a desencadenar otra oleada de desempleo. Imponiendo algo que muchos empleadores no van a poder pagar los condenan a reducir su fuerza laboral. A esa multitud de gente sin trabajo no le queda otra alternativa que la de unirse a esas caravanas migratorias a los Estados Unidos. Los que optan por no arriesgar sus vidas en la peligrosa travesía recurren resignados a vender sus pocas pertenencias materiales para sobrevivir.

Evidencia triste de ello son los rótulos de “se vende” o “se alquila” esta propiedad colgados por doquier, sin clientes que los compren o los arrienden. “Ganga por este vehículo” colocan en los vidrios traseros de los automóviles quienes tienen que disponer de su medio de locomoción para el sustento familiar. Puede ser que una parte del empresariado nacional no se haya ganado mejor imagen a través de los años. Unos pocos por sus actitudes mezquinas se encargaron de empañar la naturaleza decente, emprendedora, creativa, generadora de trabajos de los demás. Ese concepto negativo que le enrostran a los empresarios de ser ricos inescrupulosos, es un estigma malicioso. Algunos quizás lo sean, pero no la inmensa mayoría. La columna vertebral de los que crean, dan y generan empleo está fracturada. La realidad de las cosas es otra de la que imaginan. Los efectos demoledores de esta peste han dejado un país con su infraestructura económica y empresarial golpeada. Urge más bien de incentivos y alicientes para auxiliar la rehabilitación del sector productivo.

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