Un faro para Conejo

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/ 22 de junio de 2021
/ 01:40 am
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Un faro para Conejo

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Carlos López Contreras

En el pasado escribí un artículo titulado “Conejo, res judicata”, pues al fin y al cabo, es sabido que el juicio decidido por la Corte Internacional de Justicia el 11 de septiembre de 1992, al que comparecieron voluntariamente ambas partes, Honduras y El Salvador, era terrestre, insular y marítimo, y en él Honduras perdió su pretensión sobre Meanguera y Meanguerita, pero honra hidalgamente su compromiso. Por otra parte, también es sabido que las sentencias de la Corte son definitivas e inapelables, sin perjuicio de que un estado que no esté satisfecho con la sentencia, pueda presentar el recurso extraordinario de revisión, al surgir un hecho nuevo decisivo sobre el fallo, que fuera desconocido para el recurrente y la Corte y que se presentara dentro de los 10 años siguientes a la fecha en que se dictó la sentencia impugnada.

El Salvador presentó su solicitud de revisión ante la Corte el 11 de septiembre de 2002, cumpliendo solo el requisito del plazo de los diez años, por escasas horas. La solicitud pasó por las fases escrita y oral y, al final, la Corte decidió que la solicitud era inadmisible porque no reunía los requisitos establecidos por el Estatuto y el Reglamento de la Corte.

Dicha sentencia de inadmisibilidad convirtió a la sentencia de 1992, no solo en definitiva e inapelable, sino que además le dio firmeza. Ya no quedaron más recursos con relación al caso que decidió la Corte, el principal órgano de jurisdicción de las Naciones Unidas en 1992.
Ahora bien, si la controversia era terrestre, insular y marítima, todas las cuestiones planteadas quedaron definitivamente resueltas.

Resulta, entonces, curioso y hasta sorprendente que El Salvador, de cuando en cuando, formule un escrito afirmando que la isla de Conejo le pertenece. Curioso y sorpendente porque en su solicitud de revisión, no planteó impugnación alguna contra la sentencia de 1992 que se refiriera a la isla de Conejo o, a cualquier otra isla del Golfo, lo que representa un acto de Estado concluyente de que estaba satisfecho con la sentencia en lo concerniente al aspecto insular.
En otro contexto, debo señalar que respeto a las inquietudes de algunos legisladores hondureños y no tengo dudas sobre la bondad de sus intenciones al considerar presentar un proyecto para declarar a Conejo “península”.

Lo cierto es que Conejo no necesita ser declarada “península” porque es isla y península a la vez, dependiendo de la hora en que se le visite. Hay horas del día en que es isla y otras en que forma parte del territorio continental, según como suba o baje la marea. Declararla “península”, en mi opinión, no agregaría nada a su naturaleza que es esencialmente un territorio hondureño.

Pero a mí se me ha ocurrido, desde hace muchos años, que Conejo es un buen sitio para construir un faro que estaría al servicio de brindar señalización para la seguridad de la navegación de los países ribereños y de las embarcaciones extrarregionales.

Las luces y señales que emita el faro de Conejo, como un monumento conmemorativo del Bicentenario de nuestra vida independiente, no solo sería una expresión formal de soberanía, sino que, además, un despliegue de rayos radiantes de la soberanía real, actual y perpetua de Honduras en la isla de Conejo.

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