Política y virtud

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/ 19 de julio de 2021
/ 12:05 am
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Política y virtud

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Por: PG. Nieto
Asesor y Profesor C.I.S.I.

Según la RAE, la política es un arte, por lo tanto el político es un artista. La palabra arte procede del griego, significa técnica. En consecuencia, el político es también un técnico. Persona con capacidad de aplicar procedimientos, materiales e intelectuales, fundamentados en conocimientos procedentes de una ciencia; en este caso la politología. Pero esto es una farsa. Salvo excepciones, los políticos carecen de la sensibilidad del artista, y tampoco son técnicos en la ciencia política que desconocen. Estamos ante una de las profesiones más tolerantes con sus trabajadores, donde menos requisitos se exigen. Una consecuencia es el efecto llamada para advenedizos, aventureros, mercenarios ideológicos, y delincuentes de cuello blanco, que buscan oportunidades para hacer negocios amparados por el derecho constitucional de elegir y ser electos, mediante el ejercicio del voto que iguala a los ciudadanos en dignidad, pero a quienes no se les exigen deberes elementales, como determinada formación intelectual, valores cívicos y morales.

Siendo la democracia una de las formas de organizarse cualquier Estado, su temeraria permisividad deja al descubierto paradojas sorprendentes, como la posibilidad de que el votante dinamite la propia democracia cambiando la forma de gobierno. Esto ocurre cuando conscientemente, o bien por ignorancia y manipulación, se vota por candidatos que se postulan bajo estructuras democráticas para llegar al poder, pero que ideológicamente son otra cosa. Colocada la banda presidencial cambian las reglas del juego para “limpiar la casa” y amueblarla a su gusto, como diría aquel. Cuanto más débiles sean las instituciones que soportan la gobernabilidad; mayor será la pobreza y desigualdades sociales; menos educación, formación y cultura se tenga; mayor corrupción se produzca; más fácilmente existirán condiciones para que Morlocks salgan de la oscuridad y lleguen al poder. Resulta un eufemismo pueril e indecente que desde determinados sectores sociales y medios generadores de opinión, denominen “democracia” a regímenes socialistas, comunistas y totalitarios, como los de Venezuela, Cuba y Nicaragua, donde la culpa es de Gringolandia cuando el pueblo sale a las calles a protestar.

Unidad de pensamiento no es lo mismo que uniformidad de pensamiento. La unidad de pensamiento fortalece la doctrina partidaria, el aporte de ideas y propuestas permiten actualizar la ideología. Al contrario, la uniformidad de pensamiento, el llamado pensamiento único, no acepta voces disidentes que lo cuestionen. “El pensamiento único es de quienes lo saben todo, de quienes se creen no solo intelectualmente sino también moralmente por encima de los demás. Ese pensamiento único ha negado a la política la capacidad para expresar una voluntad”, denunciaba Nicolás Sarkozy. Cuando un partido se construye en torno a una persona y no a una doctrina, sus dirigentes promoverán el pensamiento único, el culto al profeta. La ideología será de “corta-pega”. Un electorado ignorante no vota por la ideología sino por la imagen que proyecta el candidato. Agarrado el poder vienen las sorpresas para la sociedad, cuando el mandatario promueve una Constituyente, o entra en el Congreso acuerpado por militares para mandar un mensaje sobre su nuevo orden “democrático” que se avecina.

En cada profesión destacan quienes muestran singularidades sobre la media. No obstante, hay políticos que confunden singularidad con vulgaridad. El vulgar también destaca por sus cualidades, pero negativas. Soberbio en su comportamiento, en la comunicación, menosprecia a terceros porque los considera inferiores; tiene una percepción desmesurada sobre su propia importancia dentro de la sociedad, irrespetando principios, normas y costumbres. En definitiva, se considera un referente, un ejemplo a imitar, aprovechando cualquier ocasión para recordar su valía. Este tipo de políticos creen que el votante busca al candidato perfecto, se equivocan. El electorado prefiere a la persona auténtica, cercana, sencilla y sensible; que se identifique con sus problemas, lo cual es imposible para el soberbio porque carece de empatía, del vínculo emocional, problema que en campaña lo resuelve fingiendo, engañando al rebaño. El político vulgar considera la humildad como debilidad. El humilde conoce sus limitaciones, el arrogante las percibe como debilidades y las oculta al electorado.

La sociedad no está cansada de la política, sino desencantada. Está cansada de los políticos, quienes no entienden que trabajan en una profesión de servicio, vocacional. Son incapaces de generar confianza porque les falta la virtud, entendiendo por tal la disposición a obrar con honestidad. Sin confianza no puede haber esperanza. Sin esperanza el electorado se aleja de las urnas porque entiende que votar no tiene sentido.

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