Víctor

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/ 23 de mayo de 2022
/ 12:03 am
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Por: Edmundo Orellana

Lo conocí a finales de la década de los setenta a iniciativa de un amigo común, Héctor López. Ambos laboraban en el Instituto de Investigaciones de la Facultad de Economía, habían estudiado en países cuyos sistemas surgieron de revoluciones -Rusia y Cuba- y eran amigos inseparables.

Casi medio siglo de amistad me unió con aquel a quien hoy la patria ilustrada le rinde homenaje a través de sus más calificados exponentes quienes reconocen en él al más preclaro estudioso de la realidad política, social y económica del país. Sus análisis, precisos, profundos y orientadores, trascienden la realidad sobre la que se construyen, ofreciendo las claves para entender el devenir.

Su cultivada inteligencia fue el resultado de horas de estudio diario durante toda su vida. Estudió sin descanso y examinó las honduras de la realidad para encontrar respuestas que luego nos ofrecía en libros, revistas científicas y periódicos. Su pensamiento, profundo y coherente, lo expresaba con precisión y lucidez, recurriendo a fórmulas de fácil comprensión, de modo que cuestiones complejas, gracias a la magia de su pluma, resultaban fáciles de entender. Por cierto, escribía a mano. Pocas veces lo vi escribir a máquina o en el ordenador.

Intenté convencerlo para que se decidiera por los libros digitales, afición que compartimos con otro gran amigo y contertulio en los almuerzos de los viernes con Víctor, Rodil Rivera Rodil. Fue inútil. El olor que emanaba del papel al abrir el libro lo transportaba a lugares mágicos, decía.

Un gran conversador. Fue un surtidor inagotable de ideas. Junto a Rodil, elevaba la conversación a niveles sorprendentes, y yo, aprendiz, fui el beneficiado.

Sus exposiciones en los eventos de CEDOH eran magistrales. No había desperdicio en lo dicho. Apoyado en el atril, hablaba elocuentemente, acompañándose de gestos firmes y entonación vibrante y segura. De cada uno de estos eventos, verdaderos festivales del pensamiento crítico, el asistente salía tocado por la sabiduría de Víctor.

Fue un amigo para los amigos. Para mí, un hermano, y por las muchas manifestaciones en ese sentido, sé que el sentimiento de hermandad era recíproco. De lo que me siento profundamente honrado, porque Víctor era muy celoso de su entorno personal. Ese medio siglo de entrañable amistad fue para mí un continuo aprendizaje.

Recelaba del poder por su tendencia al autoritarismo y a la arbitrariedad. Animado por esta convicción desde muy joven militó en los movimientos de izquierda y, por toda su vida, se mantuvo coherentemente del lado de las causas populares. Fustigó al poder en todas sus formas. Allí están sus libros, sus ensayos y sus artículos, testimonios inequívocos e inteligentes de su lucha contra el autoritarismo, la inequidad, la impunidad y la corrupción.

No fue solo un teórico. Animado por sus ideas de izquierda participó en la revolución sandinista e intervino en acciones de mucho riesgo, en las que su vida estuvo realmente en peligro, distinguiéndose por su coraje y valentía. Capturado, sufrió los tormentos de las terribles cárceles del tirano. Pocos pueden acreditar semejantes títulos en la izquierda hondureña.

Reconocido en los círculos intelectuales nacionales y extranjeros, fue, sin duda, el más ilustre exponente del pensamiento crítico hondureño. Y lo seguirá siendo porque sus exhaustivos y profundos análisis de la realidad hondureña siempre estarán vigentes, en la línea de su admirado Trotsky cuyas obras hoy tienen igual o más vigencia que cuando se publicaron, las que leía con devoción y citaba profusamente.

Su compañero permanente fue su famoso “cuaderno de notas”, que, como riguroso intelectual, se apegó a la quinta regla que debe seguir el escritor, según, Walter Benjamín: “No dejes que ningún pensamiento se te pase de incógnito y lleva tu cuaderno de notas con tanto rigor como las autoridades el registro de extranjeros”. Y se mantuvo fiel a ella, lo que le permitió registrar todos los acontecimientos del golpe de Estado y lo que ocurrió después, que condensó en su último libro denominado “Diario de la Conflictividad”, que tuve el honor de comentar en un evento especial, junto al entrañable amigo, Rodil Rivera, en cuya intervención destacó esta particular costumbre de Víctor.

La muerte es un fenómeno natural y, por ello, inevitable. Sin embargo, Víctor no muere con su muerte física. Al contrario, su muerte física lo torna inmortal. Porque vivirá en su obra, en la que, seguramente, se abrevarán las próximas generaciones, constatando que hubo quienes, como él, lucharon denodadamente, con el arsenal que provee el intelecto, para heredarles una patria.

Nuestra solidaridad con Leticia, Omar, Miroslava, nietos y nietas.

¡Víctor vive y vivirá por siempre!

orellana48@hotmail.com

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