Socialismo para pobres

Socialismo para pobres
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/ 25 de mayo de 2022
/ 12:46 am
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Esperanza para los hondureños
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Por: Héctor A. Martínez (Sociólogo)

Desde comienzos de la década del 2000, el tema del socialismo se volvió a poner de moda en el continente latinoamericano con la aparición de líderes políticos que apostaban a conformar gobiernos con un sentido más humanitario. Tras la debacle del sistema de economía planificada, creímos que la antorcha socialista que había alumbrado a los revolucionarios a lo largo del siglo XX se había apagado para siempre, hasta que, a Hugo Chávez, en su estelar chifladura, se le ocurrió revivir al muerto. En realidad, ese muerto viviente no era otra cosa que una vuelta al autoritarismo de antaño caracterizado por un aumento desmedido del intervencionismo estatal sobre los medios productivos que generan la riqueza de un país. En otras palabras, un retorno al Estado que destruye el sistema productivo privado, bajo la promesa de privilegiarnos a todos para que aflore una sociedad de iguales.

Nuestro Gobierno se ha autoproclamado como “socialista”, aunque todavía no vemos por dónde va a comenzar su trabajo de tejer un sistema de tal naturaleza que requiere ingentes recursos en poder del Estado para distribuir lo que en el lenguaje de los economistas de pizarrón se denomina la “justa distribución de la riqueza”. Los buenos e inocentes ciudadanos aceptan sin remilgos que un socialismo así proclamado, sería deseable si el Estado se encargara de los más pobres para que no se metan a delinquir y para que todos reciban salarios de primera clase. O mejor aún, para que los desempleados se queden en el país de las oportunidades -perdidas-, votando por los mismos de siempre, en versión reciclable, esa especie de ecologismo político que se ha puesto muy de moda. Lo que quiero decir es que todo mundo está de acuerdo en que el Estado deba intervenir en cada resquicio de la sociedad para resolver nuestros problemas y encaminarnos por el sendero del añorado progreso económico. Nadie pone en duda esa sagrada misión bonapartista de intervenirlo todo, sin imaginar ni suponer que ningún Estado con una maquinaria productiva tan pobre como la nuestra, puede privilegiarnos a todos.

Lo que las buenas personas -y periodistas-, ignoran es que la justicia social que predican los amantes del estatismo socialista cuesta plata a montones, y la plata nadie la regala, se hace. ¿Y cómo se hace? teniendo un capitalismo de primera y una empresa privada generadora de tal riqueza, que el Estado pueda echar mano de un porcentaje de la renta para distribuirla o regalarla, si usted lo prefiere. Solo hay dos maneras de agenciarse esos recursos: o se estimula el crecimiento económico vía sector privado, o se nacionalizan las empresas como aconsejaba la Teoría de la Dependencia. Las “terceras vías” no funcionan. Lo que nos ha mantenido en el atraso material y cultural ha sido, precisamente, creer en esa forma de gobernar donde se convive con un sistema de propiedad privada, en maridaje con el proteccionismo, los subsidios y la fijación de aranceles comerciales que terminan desestimulando la inversión, el emprendedurismo y generan desempleo.

Al final de cuentas, todo Estado es un hijo mantenido que después se convierte en un padre dadivoso, consentidor con los pedigüeños afincados en gremios y sindicatos que permanentemente extienden la mano para pedir a la fuerza, aumentos, plazas permanentes y subsidios. Esos pedigüeños organizados ignoran que cuando piden más Estado y menos mercado, están cavando su propia tumba, porque, sin riqueza no hay mejoras, ni aumentos ni bonos ni nada. Ni socialismo.

Lección de economía que no es de pizarrón: es imposible quedar bien con todos. Solo los ilusos alimentados por el sueño colectivista de la igualdad piensan que el socialismo es la alternativa para una sociedad donde impera la pobreza y el atraso. Para lo del socialismo prometido, aplican restricciones como dicen las ofertas mentirosas en tiendas y supermercados, mientras el Gobierno se endeuda hasta el cogote.

Lo que vamos a tener ahora con Libre sería un socialismo, sí, pero de pobres, pues ¿de dónde va a sacar la plata el gobierno para repartirla?

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