Secuelas y desbordes de reacciones fanáticas

Secuelas y desbordes de reacciones fanáticas
ZV
/ 10 de junio de 2022
/ 12:04 am
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¿Vuelven los oscuros malandrines del 80?
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Por: Óscar Armando Valladares

Al menos en cuatro ámbitos mundanos ha ido aferrándose la desmedida sombra del fanatismo, causando en cada caso y momento estragos a cual más extremos, en contraste con los beneficios y ventajas que proveen la religión, la política, el fútbol y los aparatos móviles.

Establecida en órdenes y congregaciones, la religión -suma de creencias, ritos y principios acerca de un ser superior, de sentimientos de veneración y temor hacia él- sustenta propósitos de carácter moral dirigidos al comportamiento de las personas, en especial de aquellas alineadas a prácticas doctrinales y ejercicios íntimos como la oración. Empero, cuando la religiosidad traza un rumbo equivocado, de violencia -como en la época de las Cruzadas- o de intolerancia -como en los tiempos de la Inquisición-, el fanatismo toma su puesto con incidencia en las almas sencillas para quienes la superstición, el fatalismo y la milagrería son en todo su razón de fe.

Por su lado, bien entendida y observada la política -actividad concerniente al gobierno de los estados- promueve y posibilita la generación de avances, bajo la égida de movimientos y dirigentes democráticos, doctrinalmente afines con las demandas de la gente, por lo general desoídas. En contraste, la ambición enfermiza y la corrupción desenfrenada de políticos e intereses recalcitrantes -como los que en Honduras detentaron por doce años la cadena del poder-, dedícanse a reversar logros y propósitos y a propiciar empeoradas condiciones de dependencia y subdesarrollo.

A la vez, la fiebre planetaria del fútbol rentado, con todo y ser un llamativo esparcimiento que la publicidad y los manejadores del balón jalonan, ha ido perdiendo su magia y lucidez: de juego entre escuadras competitivas va tornándose en lucha encarnizada entre rivales, mientras en las asoleadas graderías zanjan las barras sus diferencias con inadmisibles expresiones trogloditas. El iracundo proceder de la “hinchada” -o un segmento de ella- seguidora de la oncena sampedrana del Real España, al final del encuentro con el Motagua, denota un síntoma más del apasionamiento que por distintas causas y distintos cauces erupciona de pronto con brutales efectos, como el del que fue víctima una joven agente del orden público, por parte de un fanático -que no de un aficionado-, muerto horas después a manos de vengativos hombres de uniforme, después de ser torturado.

También la tecnología, en su incesante y mudable desarrollo informático y comunicacional, tiene al mundo anegado de videocelulares, de ingenios móviles a cual más novedosos y sonsacadores, que niños, jóvenes y adultos no pueden eludir, con secuelas al parecer irreversibles: retraimiento de hijos e hijas, consumo multimillonario de “recargas”, cosificación de hombres y mujeres en la mesa familiar -abstraídos cada cual en la imagen y sonido de sus aparatos-. En una nueva apreciación de Carlos Marx, diría -ni duda cabe- que los modernos artilugios son otra sustancia opiácea que esclaviza a los jóvenes y atomiza más la colmena humana.

En materia político-religiosa, esa propensión fanática la sufrió y enfrentó Francisco Morazán, cuando a la cabeza de fuerzas liberadoras tomó la capital guatemalteca el 13 de abril de 1829. Acometido por la aristocracia -representada por los Aycinena y el clero- -encabalgado por el arzobispo español Ramón Casaus y Torres-, que incitaban a la revuelta indígena, denunció tales aprestos y justificó la medida tomada por las autoridades constituidas. Sostuvo: “Muchos de los excesos que se cometieron en las guerras sagradas de la Edad Media, se repitieron entre nosotros en el siglo XIX, y los empolvados altares del fanatismo, abandonados y proscritos tanto tiempo por la filosofía, han sido lavados con la sangre de mil víctimas inocentes. La ocupación de la plaza de Guatemala por las armas de los estados aliados, puso término a estos males, y el arzobispo y todos los regulares recibieron de los vencedores el tratamiento que no merecían. Pero esta conducta solo sirvió para alentarlos a cometer nuevas faltas, que acercaron el día de su expulsión”, (ejecutada -con destino a La Habana- el 11 de julio de 1829).

No hay más que un paso del fanatismo a la barbarie, sentenció cuerdamente Diderot.

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