Lámpara de medianoche

Lámpara de medianoche
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/ 12 de junio de 2022
/ 12:27 am
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Clave de SOL:
Por: Segisfredo Infante

Lo normal es hablar o escribir del “Faro de Alejandría”, como símbolo físico que reorienta a los navegantes en las noches borrascosas. O como símbolo del pensamiento sereno, pues durante centenas de años la gran “Biblioteca” vino a convertirse en el lugar universal y específico en donde “curar el alma”. Ahí se hospedaban los reyes greco-egipcios y los sabios, científicos y técnicos provenientes de distintas naciones localizadas en las proximidades del mar Mediterráneo.

Pero a lo que ahora deseo referirme, más bien, es a la gran “Filosofía”, y a los modos en que ha sido percibida por distintos individuos y sociedades. En otros artículos he sostenido la tesis que el pueblo griego fue, por excelencia, el pueblo de esta gran “Filosofía”. La tesis es un tanto atrevida en cuanto que un alto porcentaje de los ciudadanos de la Grecia Antigua, específicamente de la sociedad ateniense, externaba algo de desprecio (o de ignorancia) hacia este novedoso saber abstracto, emparentado con lo maravilloso, la lógica, la ética, el rigor intelectual, la dialéctica, la metafísica y la imaginación. Una sola prueba de lo afirmado es que una mayoría simple de ciudadanos votó en contra del moralista y democrático Sócrates, condenándolo a la pena de muerte, al imponerle la bebida de la cicuta. La otra mitad de los ciudadanos atenienses votó, con ligera desventaja, en favor de Sócrates. No todos los griegos, pues, eran irracionales.

En varias oportunidades he leído artículos y folletos modernos e hipermodernos, en los cuales se expresa taxativamente que “la filosofía es inútil”. Con el grave añadido que “la filosofía ha muerto”. Es más, en otros textos se discute, con un tono ambiguo o bajo el padecimiento de un complejo de inferioridad, en torno a la utilidad o inutilidad de esta disciplina que pretende poseer cuando menos lenguajes universalizantes. Lo curioso del caso es que a veces los ataques provienen de los mismos círculos de autores que se suponen son filósofos o que incursionan en los terrenos de la filosofía. Lo aconsejable frente a estos dilemas, es identificar la escuela de pensamiento con la cual simpatiza tal o cual escritor europeo, asiático o hispanoamericano. Por regla general los escritores y oradores que han pretendido ridiculizar a la gran “Filosofía”, lo hacen desde los frágiles tinglados intelectuales, matriculados con ciertas expresiones de pragmatismo. O con la desfachatez exhibicionista en sí misma. O con una falsa autonomía. O desde el empirismo tecnocrático más crudo, identificable en el curso de los siglos civilizados, un poco al margen de los “ismos” actuales.

Por otro lado, el rechazo a la gran “Filosofía” proviene de visiones presentistas extremas, cuando solo se busca la utilidad de lo inmediato. O cuando se pierde de vista que el ser fotopensante busca algo de trascendencia espiritual, con la idea de alejarse cuatro metros del lodo fenoménico que lo circunda. Xavier Zubiri escribió hace muchos años sobre el “presentismo seco”. De repente el autor español se refería al inmediatismo esclavizante. (Habría que releerlo). En el caso hondureño, Alfonso Guillén Zelaya denunciaba al “enjuto de alma”, al “que lo niega todo”, al que es “incapaz de admirar y de querer”, y al “que nunca ha hecho nada y lo censura todo”.

Si pudiera metaforizar el aporte de la gran “Filosofía” a los quehaceres de la humanidad, me gustaría decir que se trata de una lámpara de aceite que puede iluminarnos a medianoche en los incógnitos laberintos del conocimiento, de la ciencia y de la misma praxis cotidiana. En Honduras podríamos hablar de un “hachón de ocote” encendido en medio de la jungla de la ignorancia y del desamparo. Alguien podría ripostar que los libros de los más grandes filósofos son duros de roer. Lo cual es cierto. Pero entonces podemos sugerir (tal como lo platicábamos con una amiga copaneca) la aproximación gradual a los saberes filosóficos mediante libros indirectos como las novelas “El nombre de la Rosa” de Umberto Eco, y “El mundo de Sofía” de Jostein Gaarder. Mi primo Adolfo Varela López sugería, hace un par de semanas, releer “El principito” de Antoine de Saint-Exupéry, tanto por su sencillez infantil aparente, como por la profundidad sublime que encontramos en sus páginas.

Por último, a los estudiantes de niveles secundario y universitario, podríamos indicarles unos cursos propedéuticos en materia filosófica, comenzando por el principio, es decir, por los primeros filósofos griegos: los presocráticos o preplatónicos, tratando, en lo posible, de deslindar fronteras entre la filosofía antigua y la moderna, en tanto que existen instructores que lo mezclan y lo confunden todo, haciéndoles daño a los estudiantes y a la misma sociedad. Especialmente en el contexto de los países atascados en el atraso histórico, económico y espiritual como Honduras. La gran “Filosofía” puede generar autoconfianza y una visión de largo plazo en el alma de cada persona, autodidáctica, que se subsuma en estos quehaceres del pensamiento.

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