La misma mona, pero en diferente rama

La misma mona, pero en diferente rama
MA
/ 22 de junio de 2022
/ 12:31 am
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Por: Héctor A. Martínez

Todo lo que politólogos y académicos arguyen para explicar el triunfo de los partidos de izquierdas en América Latina, como si se tratara de un resurgir democrático, no son más que ilusiones y verdades a medias. Ese triunfalismo imaginario, sin embargo, no deberá restarle importancia al fenómeno, que un Marx puesto en el siglo XXI, hubiese dicho que se trata de un “fantasma” revolucionario recorriendo el continente, desde el Rio Bravo hasta la Araucanía chilena.

Todo ese desbalance hacia la izquierda tiene que ver con una encarnizada lucha entre los grupos de poder económico llamados oligarquías, que siempre han controlado las reglas del juego político bajo un esquema bipartidista, y sectores organizados que persiguen los mismos fines que los primeros. Pero hay algo que no debemos ignorar: lo que llamamos “La realidad” es un escenario donde se mueven actores con intereses diferentes que pretenden apropiarse de los recursos disponibles en la sociedad, o arrebatárselos a quienes tradicionalmente los han controlado. Esos recursos varían, desde los políticos hasta los de carácter económico. La política es el ambiente disponible para agenciarse esos recursos, mientras lo político es la formalidad, o las vías que esos grupos organizados utilizan para ganar espacios o para tomar el poder, si fuese posible.

Un dato importante: toda constitución es la viva expresión de los intereses de los grupos de poder. Nadie establece una constitución para ayudar a que la oposición deponga a quienes gobiernan. Incluso, cuando se habla de términos tan imprecisos como “soberanía del pueblo” o “equidad social”, o cuando se escribe que la visión de una carta magna es la persona humana, no son más que apariencias que solapan los verdaderos intereses de los grupos que detentan el poder, o de quienes pretenden llegar hasta este.

Del otro lado, la mal llamada “oposición” propone cambiar las reglas del juego, pero antes, deberá llegar al poder político a través de los procesos electorales, influyendo sobre la consciencia de la gente para obtener los votos necesarios. Hoy día lo están haciendo muy bien, -aunque sea mintiendo como es normal en América Latina-, aprovechando el desgaste de los sectores oligárquicos o de derecha, que no encuentran la fórmula ideológica para revertir lo inevitable.

Los grupos de poder tradicionales y conservadores del continente, ven estupefactos cómo se va debilitando ese dominio que han ejercido desde el siglo XIX o desde la mitad del siglo XX en el caso de Honduras. Pues bien: quienes pujan del otro lado del cerco del poder político y económico, son los que manejan coyunturalmente un discurso más convincente, prometiendo manejar las cosas mejor que los conservadores, aunque en la práctica política terminan imitándoles. Es el caso de la izquierda latinoamericana.

Una vez que llegan al poder mediante la vía legal, los partidos de izquierdas y los “outsiders”, precisan cambiar urgentemente los contenidos de las constituciones: necesitan darle vuelta a la carta magna mediante la figura ficticia del plebiscito y el referéndum para aparentar inclusión y legitimación popular. No importan las ideologías: cualquiera que llegue al poder cambiará e impondrá las reglas del juego para su propio beneficio. Lo hizo Hugo Chávez y lo harán también todos los gobernantes de izquierda que están brotando como hongos en nuestro continente.

Así que, aunque gane un partido de izquierdas, las cosas seguirán igual o peor que antes. Es como decía mi abuela: “La misma mona, pero en diferente rama”.

(Sociólogo)

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