LAS CALLES

LAS CALLES
ZV
/ 24 de junio de 2022
/ 12:41 am
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HAY gobiernos que aguantan con lo que se les venga encima. Otros –los que tienen que justificarse en el cumplimiento de los derechos humanos y el respeto de las prácticas democráticas–rápido se desgastan y en cualquier descuido se tambalean y hasta pueden caer. Contrario a lo que ocurre cuando se trata de regímenes autoritarios. Pueden los manifestantes salir a las calles a protestar cuantas veces quieran –poner los muertos, los heridos, los encarcelados y los desterrados, víctimas de la represión en su contra– pero el poder autocrático no se mosquea. Menos ceder un milímetro a ninguno de los reclamos. Calculan que tarde o temprano no hay oposición desafiante al azote despiadado de los rifles y del garrote. El diálogo entre gobierno y protestantes es distinto en cada caso. Los que tienen que responder a la fiscalización nacional e internacional, les toca aceptar condiciones, acceder a las demandas, recular en las medidas y esperar resignados que la crisis acabe antes que esta termine por acabarlos a ellos.

El diálogo del poder absoluto es otra cosa. Es tregua para ganar tiempo, cansar y dividir a los quejosos. Para que la “preocupada comunidad internacional” –que no pasa de tibios pronunciamientos, comunicados y boletines, como si palabras “necias” a oídos de quien poco importa lo que diga y no las acciones concretas son las que tumban gobiernos– se distraiga en otra crisis, en otro lado, mientras a lo interno aprietan la rosca. A Nicolás –que cuenta con total apoyo de militares bien incentivados y de imperios aliados– no le hicieron mella los mates de los halcones, menos ahora. El comandante sandinista –mejor solo que mal acompañado– eliminó toda competencia política en su última reelección. Los líderes opositores están presos, acusados por la fiscalía de delitos inventados o desterrados. El chileno, en cambio, cuando se calentaron las calles –con turbas saqueando supermercados, quemando propiedad pública y privada– para zafarse el bulto acabó dando una convención constituyente. Como si la Constitución fuese la culpable de los desatinos gubernamentales y de lo que hacen o no hacen como sociedad. De nada le sirvió meter el país en la encrucijada ya que la izquierda ganó las elecciones con voto de castigo a su gobierno. Igual le sucedió al colombiano. Una seguidilla de protestas consiguió desprestigiarlo hasta que tocó piso. El descontento arrasó con los partidos tradicionales que por décadas se alternaron –dando el poder a la izquierda, por primera vez en siglos, en bandeja de plata– sin dejar títere moderado, derechista o centrista, con cabeza.

En Bolivia, en Argentina, en Perú y no tarda en suceder igual en Brasil, historias parecidas. Solo Dios sabe cómo ganó la derecha en Ecuador después del pésimo gobierno de Lenín. Pero ahora al actual le toca el turno. Las calles de Quito están militarizadas. Un toque de queda en varias provincias. El Ejecutivo ya concedió las primeras concesiones a los manifestantes. Pero la revuelta indígena demanda satisfacción a los 10 puntos del pliego de peticiones. Exige que el gobierno levante el estado de excepción. Ya van dos muertos en los enfrentamientos. La policía reporta unos 101 efectivos y soldados heridos. Allá la Alianza de Organizaciones por los Derechos Humanos –entes inexistentes, o cuyo ingreso no es permitido en las autocracias– registra 90 heridos y 87 detenidos. Unos 10 mil indígenas que llegaron desde distintos puntos del país tienen sitiada la ciudad desde el pasado fin de semana. A su paso van quemando neumáticos y armando barricadas con troncos de árboles. Alambres de púas, vallas. Los militares protegen la sede presidencial. La ciudad está semiparalizada. El movimiento popular quiere una reducción de los precios de los combustibles. “¿Caerá el gobierno de Lasso? Es la pregunta que echaron a rodar, a ver si en el envión cae o cede”. (“De la cuchara a la boca –saca el Sisimite otro dicho de su repertorio– se cae la sopa”).

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