En combo y agrandado es mejor

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/ 25 de junio de 2022
/ 12:07 am
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En combo y agrandado es mejor
Esperanza para los hondureños

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Por: Héctor A. Martínez*

Ahora que se acercan los tiempos para elegir a los miembros de la Corte Suprema de Justicia de Honduras, los periodistas de los foros televisados y radiales han armado todo un melodrama insistiendo en que el proceso no debería estar viciado ni manoseado por los partidos políticos, como ha sido la tradición en Honduras. Tienen todo el derecho a demandar transparencia y rectitud en procesos tan vitales para la vida nacional, desde luego. El problema es que los políticos en los foros están diciéndoles una cosa a los periodistas, pero están pensando en otra.

¿En qué otra cosa piensan estos muchachos que entusiasmaron al electorado durante las campañas electorales con las promesas de un mundo mejor? En el poder, nada más, porque el poder es la razón de ser de los políticos, no la sociedad que los eligió. El verdadero objetivo al meterse a la política y llegar al poder, es satisfacer las necesidades de toda una estructura de clientes allegados al Estado y al partido ganador. El único problema es que el poder no es extensivo para todos, es decir, su alcance es limitado dado que los recursos no están disponibles para cualquiera. Este es el verdadero origen de los conflictos sociales.

¿Por qué ciertos grupos de la sociedad -se preguntarán algunos-, tienen mayor acceso a los favores de un gobierno que otros? ¿Cómo es que hay dirigentes gremiales que no importando el partido que gobierne, siempre están cerca del poder? ¿Cómo se reparte el pastel para quienes se acercan al poder máximo que es el Estado? La respuesta es bien sencilla: el Estado es una empresa multinivel de la que dependen miles de clientes: desde el CEO hasta los que necesitan gozar de ciertos privilegios especiales. La lista de los privilegiados es bastante numerosa, incluye a empresarios, sindicatos, campesinos, transportistas, activistas. Cada uno de esos grupos organizados busca satisfacer sus propios intereses o alcanzar “objetivos programados”, como suele decirse en el argot de la política. Esos intereses están relacionados directamente con la obtención de privilegios o recursos, no importa de qué tipo hablemos: todos necesitan obtener una parte de ese pastel. Al representar a miles de agremiados, esos clientes son fundamentales para mantener la supervivencia del poder.

Pero existe otro poder que nadie conoce y que se parapeta detrás de los partidos y de los gobiernos; es lo que Norberto Bobbio denomina el “poder invisible”, refiriéndose a una élite poderosamente económica que se convierte -ahora sí-, en la verdadera razón del poder político y viceversa. Tradicionalmente esas élites han colocado a los candidatos a elección popular en los puestos claves de los partidos para que resulten victoriosos en las justas electorales. Una vez en el poder, los políticos se ven comprometidos a cumplir ciertos acuerdos con quienes los postularon y que el público jamás logrará conocer. Eso no tiene nada de malo a menos que esas élites se limiten a velar únicamente por sus negocios y se olviden de que existe una sociedad que también demanda recursos y medios de subsistencia.

No importa si se trata de partidos de izquierdas o de derechas, debajo del vértice superior de la pirámide del poder siempre rondarán los pedigüeños que reclamarán sus dividendos en forma de favores o de especies, para lo cual se necesitará contar con dos cosas muy importantes: un enorme presupuesto y leyes adecuadas para resolver las miles de demandas que saldrán de los lugares más insospechados de la sociedad. Si no se cumple con esas demandas, entonces surgirán los acostumbrados conflictos sociales que pueden poner en peligro la estabilidad de cualquier régimen.

Para reinar en paz y evitar que los conflictos se desborden, resulta clave controlar los tres poderes del Estado, el invento europeo más engañoso de la historia, porque ¿quién querría gobernar con dos o más monarcas a la par, sobre todo si uno de ellos le pone trabas al absoluto? Mejor tres en uno, que dos estorbando. O hablando gastronómicamente, “en combo y agrandado, es mejor”. Aunque se gaste más.

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