El bien común y la política

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/ 29 de junio de 2022
/ 01:04 am
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El bien común y la política

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Cnel. ® José Luis Núñez Bennett

En los relatos de los cuentos hindúes sobre el origen, la vida y gobierno del príncipe Rama, dice: “Había una vez una ciudad llamada Ayodhya, donde la gente se sentía segura, era próspera, ilustrada, contenta y llena de fe”. Leyenda o historia en esta se encuentran una serie de valores comunes a toda sociedad humana: seguridad, prosperidad, bienestar moral y espiritual.

Desde que el hombre comenzó a asociarse con sus semejantes, la definición del bien común, ha estado sujeta a diferentes conceptualizaciones, pero en sentido genérico, puede decirse es el “bienestar de la sociedad en general”. Así fue establecido por primera vez en la Constitución de la monarquía de España, 1812: “…podrá llenar debidamente el gran objeto de promover la gloria, la prosperidad y el bien común de toda la nación…”. Así mismo, nuestra Constitución Política de 1982, establece en su preámbulo: … “decretamos y sancionamos la presente Constitución para que fortalezca y perpetúe un Estado de derecho que asegure una sociedad política, económica y socialmente justa que afirme la nacionalidad y propicie las condiciones para la plena realización del hombre, como persona humana, dentro de la justicia, la libertad, la seguridad, la estabilidad, el pluralismo, la paz, la democracia representativa y el bien común”.

Todas las sociedades tienen similitudes que nos aportan criterios acerca de la necesidad de un sistema de gobierno para una sociedad dada, orientado a la consecución del bien común, este bienestar general puede interpretarse como: 1) El deseo de la comunidad por la supervivencia o la necesidad de seguridad, no solo como condición de felicidad, sino que también de actividad y planeamiento, y; 2) El deseo de no ser engañado ni burlado, o sea, demanda de justicia individual, con lo que se persigue justicia para todo el grupo que coexiste por el deseo de ser reconocido y apreciado por otros. Lo anterior obliga a la existencia, dentro de la misma sociedad, de una institución cuyo objetivo sea establecer un sistema político, instituido como gobierno, que resalte y proteja los intereses de la mayoría en su conjunto. Así, podemos decir que el bien común y la política son complementarios, interactuantes y correlativos en esencia.

Aristóteles dijo que la política sirve para hacer posible que exista la vida organizada y luego que esta, sea buena para todo el conglomerado. De aquí surge la interrogante: ¿cuál puede catalogarse como buena vida?, en busca de esta respuesta se llega casi al entendimiento de la naturaleza del hombre, el propósito por el cual fue creado y la contribución que la política puede aportar hacia el logro del bien común de la sociedad, todo esto previo entendimiento de las controversias que provoca la convivencia del hombre en comunidad.

Se infiere que el propósito del arte y ciencia de la política es combatir la perversión humana, civilizar el uso del poder, y, agregamos, evitar que la estupidez se apersone en los ciudadanos e individuos, que cuando ya no puedan ver u oír las directivas impartidas por sus propios instintos, se apropien de la insensatez, la necedad, o mamarrachada del político que solo busca llenar su ambición de poder a costa del elector. La política debe llevar al hombre a su propia realización como ser humano, libre de amenazas y desórdenes, a enfrentar con éxito la pobreza, capaz de potenciar sus dones y virtudes humanas para que siempre los utilice como un ser libre, gozando de justicia; y, además, tener la oportunidad, con sus semejantes, de participar en la elaboración del ordenamiento legal que aseguren a otros y a la posteridad, tanto las ventajas y derechos que él disfruta, como el engrandecimiento de ellas a través del conocimiento y la máxima explotación de sus habilidades personales.
El bien común y la política se ven afectados en su relación por la ideología que la sociedad, en base a su propia experiencia histórica, haya hecho suya. Este ideario a su vez determinará el esquema político de gobierno, pero al final, sin importar los principios que rijan esa política, siempre deberá estar orientada a buscar el bienestar general como meta última. Corresponderá entonces a esa sociedad, haciendo uso de las herramientas democráticas, cambiar o reorientar su accionar político en razón del grado de satisfacción del bien común establecido por el conjunto.

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