Tolupanes de la Montaña de la Flor: un pueblo indígena en extinción

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/ 6 de julio de 2022
/ 12:04 am
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Tolupanes de la Montaña de la Flor: un pueblo indígena en extinción

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Fredis Mateo Aguilar Herrera

La tribus indígenas tolupanes asentados en la Montaña de la Flor, en la Sierra de Misoco, localizada al noreste de Tegucigalpa de 134 kilómetros, de los cuales 78 por carrete- ra de pavimentada con destino a Olancho y desviándose 27 kilómetros hacia a la cabecera municipal de Orica y desde este lugar se transitan otros 29 kilómetros hasta su destino en referencia, todos por carretera de tierra, actualmente en regular estado. De estos últimos kilómetros recorridos, 16 son por zona montañosa, con un relieve irregular, pendientes muy inclinadas y se pasa unas cinco veces de manera directa por el cauce río Guarabuquí y para el tránsito de personas y motocicletas hay instalados pequeños puentes de hamaca. Dichas tribus se encuentran distribuidas en los caseríos: Los Lavanderos, La Lima, San juan, La Ceiba, Guaruma en jurisdicción del municipio de Orica y Nuevo Paraíso, en el municipio de Marale, departamento de Francisco Morazán.

El origen de la Montaña de la Flor, según historia oral de algunos pobladores, expresan que se deriva porque se encuentran en la montaña muchas plantas con flores y otra de las versiones se dicen que al llegar sus primeros ancestros a la montaña, enterraron el machete en la tierra y encontraron una flor de tierra.
Algunas comunidades o tribus están delimitadas por el río Guarabuquí con buen caudal de aguas cristalinas, sin actividad de pesca, pero sí utiliza- das en la tribu de Los Lavanderos para irrigación de pequeñas parcelas de cultivo de tomate. Mientras que en la tribu de La Lima, localizada en lo alto de la montaña a unos 1,600 m.s.n.m. se cultiva para su subsistencia, granos básicos, café, mango y matasano.

En las tribus de San Juan y La Ceiba no se observan cultivos, solo dispersos árboles de mango que en tiempo de cosecha sirven para apaciguar el hambre. Ciertos pobladores siembran sus pequeños cultivos en la parte más elevada de la montaña, pero que no son suficientes para su manutención y consecuentemente sufren hambrunas y logran subsistir por misericordia divina y resistencia de su organismo. Además, ciertas veces logran percibir un pequeño ingreso al vender a bajo costo su fuerza de trabajo en algunas comunidades alejadas o emigran a otros pueblos en busca de empleo y las personas con espíritu filantrópico les regalan ropa y porciones de comida.
Es común ver en San Juan que mujeres elaboran collares con semillas o lágrimas de San Pedro (color blanquecino), semillas de pito (color rojo), elaboración de cestas de palana de pacuca o suyate y carrizo, los hombres fabrican artesanalmente pipas de fumar y lanza de cerbatana (es una vara, que en su punta se coloca una bala de barro cocido). Dichas artesanías son elaboradas de manera común por los habitantes y al ver llegar algún visitante, todos ofrecen los mismos productos a bajos precios. Es recomendable para el visitante llevar dinero suelto y apoyar comprando algo a cada vendedor para generar conformidad y alegría a todos, pese que entre ellos no hay ningún tipo de competencia.

El centro más poblado es San Juan, con unos 1,700 habitantes, los demás caseríos con menos de 500 habitantes. En todos los caseríos hay centros es- colares tanto oficiales y algunos centros de Proheco. En San Juan hay centro de salud, con atención de enfermería y médica con cobertura para Lavanderos y La Lima y otro centro de salud en La Ceiba, que extiende sus servicios a Guaruma y parte de la montaña arriba de Marale, sin embargo ambos centros carecen de medicamentos. En la mayoría de las tribus se cuenta con fluido eléctrico y en el caso de La Lima está en camino el proyecto de electrificación. Cada una de las tribus, tiene su propia organización y están representados localmente por un consejo de tribu, regidos por un cacique y sus directivos encabezados por un presidente constituyen la autoridad máxima. En el con- sejo de tribu, es donde se toman las decisiones y se resuelven los pequeños conflictos internos, protegen su comunidad por invasión de terceros y son los que gestionan ayudas comunitarias. Estas tribus de la Montaña de la Flor y las de Yoro están aglutinadas en la Federación de Tribus Xicaques de Yoro (Fetrixy) y conocida originalmente como Federación de Tribus Indígenas
de Yoro (Fenatrily).

Culturalmente conservan ciertas manifestaciones de identidad en relación a que algunas tribus como la de San Juan, la mayoría de sus habitantes tolupanes, sobre todo los ancianos hablan la lengua tol, misma que ha sido transmitida de padre a hijo de generación en generación, en las otras tribus está moribunda y a punto de desaparecer por falta de fortalecimiento tanto en los hogares, como en las escuelas.

Aún mantienen parte de sus prácticas ancestrales, en cuanto a su propiedad colectiva de la tierra, agricultura tradicional, practican la caza con cerbatana (es tipo de lanza que le coloca en la punta una bala de barro cocido), tienen sus propias reglas y normas de convivencia comunitaria, confeccionan típi- cas artesanías, ejecutan instrumentos musicales de percusión con maracas, tambores y sambumbia o caramba, velan a sus difuntos por lo general en el suelo o en una mesa y solamente los envuelven en una sábana blanca, no se usan candelas, tampoco se llora y no se acostumbra rezos de novenario. Entre una de sus creencias, que cuando hay un eclipse lunar desde su inicio hasta el final, suenan tablas de cedros, para alejar la serpiente que se quiere comer a la luna y a la vez no duermen toda la noche porque piensan que les va a enrollar del cuello. La vestimenta tradicional del balandrán ha dejado de usarse, producto de la influencia alienante y del avance de cierto mestizaje en algunas de estas tribus.

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