La fiesta de la significancia

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/ 16 de julio de 2022
/ 12:03 am
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La fiesta de la significancia
Un presupuesto sin política fiscal

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Por: Julio Raudales*

Desde hace un par de semanas he compartido con los lectores de este prestigioso diario, algunas reflexiones sobre estado y sociedad. ¿Cuál es el papel de las instituciones en el orden público? ¿Por qué razón debemos obedecer las leyes, si probablemente nunca participamos en su elaboración y nadie nos preguntó si estamos de acuerdo con ellas?, ¿Vale la pena pagar tributos a un gobierno al que confiamos nuestra seguridad y convivencia, sin saber si los gendarmes del estado no se están aprovechando de nosotros para vivir de nuestro trabajo?

Es evidente que el diseño social basado en la división de poderes y la democracia, ha funcionado bien en algunos casos y ha sido un fracaso en otros. Los arreglos que soñaron John Locke, Thomas Hobbes, Rousseau, Montesquieu y otros, lograron que, en el mundo, la pobreza se haya reducido de 97% de la población en 1821, a menos del 30% en 2021, que haya muchísimo menos enfermedades, gente más educada, con mejor calidad de vida y conectada prácticamente en su totalidad.

Pero las diferencias aún son abismales: de los 194 países que hay en el planeta, solo 40 tienen asegurado el bienestar para su ciudadanía; menos de la cuarta parte tienen una esperanza de vida superior a los 80 años y solo un poco más de la mitad de la población disfruta plenamente de libertad, seguridad y buena educación y salud. Si sabemos que la ciencia y el conocimiento son bienes públicos que pueden ser transferidos a todas y todos, ¿Por qué hay tanta gente que vive en condiciones miserables y sumida en el terror?

En Honduras, por ejemplo, existen las mismas instituciones que en la mayoría del mundo occidental: una constitución que declara la soberanía del pueblo, la existencia de poderes sujetos a dicha soberanía, lo cual implica que el Presidente y su gabinete, son empleados nuestros, cuyo sueldo depende de su obediencia a las leyes; que el Congreso Nacional representa a esa ciudadanía y sus diputados actúan en consecuencia con su mandato, que los jueces del Poder Judicial son independientes y sus fallos deben apegarse a la letra y espíritu de las Leyes.

Cada vez que leo esa constitución, me dan ganas de vivir en el país ahí descrito. Probablemente ese texto pudiera ser diferente y mejor; quizás es tiempo de cambiarlo, pero pienso que si al menos en los últimos 40 años, los ciudadanos que han ocupado cargos de relevancia en el estado hondureño hubiesen puesto su empeño en apegarse a sus preceptos, tendríamos un país bastante más vivible que el que estamos heredando a nuestros hijos.

¿Cuál es el problema? ¿Por qué si tratamos de ajustarnos a un modelo que debería funcionar bien, no vivimos bien? Creo que hay una razón que cataliza y multiplica una gran cantidad de limitantes y taras que impiden el desarrollo de nuestra sociedad. Le llamaré “significancia” y el nombre me recuerda al último título del escritor checo Milan Kundera: “La fiesta de la insignificancia”

Pienso en una boda, por ejemplo, a la que nos invitan, y resulta que, en vez de agasajar a los novios, son los empleados del local quienes se convierten en el epicentro. Ellos se comen el pastel, llevan a su casa la comida, pagan, con el dinero de los novios sus caprichos y los de sus hijos. ¿Quién aceptaría un trato así? Seguro que, en algún momento de la historia, los hondureños fuimos secuestrados por personas inescrupulosas que, lejos de sujetar sus acciones públicas al mandato de las leyes, las vulgarizan y utilizan para saciar sus apetitos propios, lo cual no sería condenable, de no ser por el hecho de que ellos mismos, de forma consciente, quisieron ser servidores públicos.

El “pacto social” que le dará significancia a nuestra sociedad requiere, más que de una nueva constitución, de los mecanismos que ayuden a que su cumplimiento sea efectivo y, sobre todo, lograr que los acuerdos que vayan en él, representen el compromiso del estado y sus adláteres con la ciudadanía y no sean solo una lista acotada de cosas a las cuales tenemos derecho por vivir o transcurrir en Honduras.

Hay que darle vuelta a la tortilla, los jefes somos nosotros y no los que gobiernan. Mientras esto no se entienda, nada cambiará, aunque escribamos una nueva Constitución Política.

*Rector de la Universidad José Cecilio del Valle.

juliocraudales@gmail.com

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