SUEÑOS IRRENUNCIABLES

ZV
/ 24 de julio de 2022
/ 12:30 am
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SUEÑOS IRRENUNCIABLES

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TODOS los hondureños racionales, en el curso de las décadas y los siglos, han anhelado un país elevado a un estadio de desarrollo superior. Desde un poco antes de los días de “Independencia” hasta la fecha actual. Pero en el largo camino zigzagueante de nuestra historia, hemos tropezado con una cantidad indeterminada de dificultades, entre ellas las actitudes enredadas y los dobles discursos de algunos paisanos. Es decir,
en ese camino han chocado las buenas y las malas voluntades, y las terceras intenciones.

Tales dificultades han colocado a Honduras en un mal predicamento nacional e internacional, alrededor del cual nos movemos todavía, como si se tratara de un círculo vicioso enjabonado con barro de mala calidad. Sin embargo, se ha intentado, en varias eventualidades, crear, por el contrario, el “círculo virtuoso del desarrollo”, pero casi siempre nos hemos extraviado alejándonos del camino correcto, el cual tiene que ver con lo civilizatorio, es decir, con elevar el nivel de vida de los hondureños en los terrenos de la economía, la educación, la salud, la ciencia, la democracia republicana y pluralista, el urbanismo, las relaciones internacionales y la cultura abarcadora.

Si revisamos los documentos impresos y las propuestas que en distintos momentos se han elaborado para sacar al país del atolladero histórico, encontraremos ideas brillantes que valieron la pena pero que a la vez fueron neutralizadas, archivadas, destruidas o abandonadas en cajas desvencijadas. Todo ello ha significado un sedimento, positivo y negativo, que en una doble dirección ha conspirado para mantenernos en un comparativo atraso de “término medio”, en materia de ingreso per cápita y de desarrollo humano, según dos informes foráneos.

Pero a pesar de todas las adversidades convergentes y divergentes (pasadas, presentes y futuras), los hondureños poseemos el derecho irrenunciable de continuar tejiendo los mejores sueños en favor de la patria individual y colectiva, esto es, de las generaciones presentes y futuras, habida cuenta de la enorme relevancia de la “persona humana”, sin importar la edad, el color de la piel, la formación escolar, el segmento social o la tendencia ideopolítica de cada cual, aunque se sobreviva en el rincón más insignificante o más remoto de nuestra geografía nacional. Cuando las circunstancias adversas ejercen presión sobre las cabezas pensantes de cada país, o sobre las almas de buena voluntad, paradójicamente la capacidad de soñar avanza en la misma proporción aritmética, o quizás más, en que crecen las calamidades individuales y colectivas. Por ejemplo: Algunos de los mejores libros del pasado siglo veinte, tanto en los terrenos de la ciencia como de la filosofía, fueron fermentados en el contexto de las dos grandes guerras mundiales, dentro de un ambiente en que parecía que la humanidad se encontraba en un tremendo callejón sin salida.

Soñamos, con la mirada puesta en el largo plazo, con una Honduras que exhiba, hacia adentro y hacia fuera, un desarrollo civilizatorio integral, es decir, en todos los terrenos de la vida material y espiritual, hasta que el nombre de nuestro país figure en la lista de los mejores y sea respetado incluso por las naciones más poderosas del globo terráqueo. Soñamos, en términos de corto y mediano plazos, que los crímenes horrendos desaparezcan del escenario nacional y regional. Y que todos podamos coexistir armoniosamente, a pesar de las diferencias transitorias. Además, que los rencores rurales, semirrurales y ultramontanos desaparezcan de los lenguajes cotidianos, y sean sustituidos por conductas ligadas a la cooperación, la solidaridad y el humanitarismo. Se comprende, anticipadamente, que se trata de soñar despiertos, por aquello de la racionalidad del pensamiento, del cristianismo auténtico y de la mejor voluntad. Al final de la jornada, en caso de cristalizarse tales ensoñaciones, los hondureños talentosos que viven en el exterior, anhelarán retornar a su terruño amado.

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