DESILUSIÓN Y ESPERANZA

ZV
/ 31 de julio de 2022
/ 12:21 am
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DESILUSIÓN Y ESPERANZA

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SE trata de una dicotomía entrelazada. La desilusión emerge de pronto en diversos momentos de la vida individual y de la historia colectiva. Ello como resultado de las esperanzas acumuladas a lo largo de los años. Y de sus respectivos decaimientos. Pero cuando se interpone la desilusión o el desencanto, algo se reaviva en lo más profundo del ser, que levanta los ánimos marchitos y empuja en dirección a la sobrevivencia, ya sea como individuos o como especie.

Es como si fuera una lucha enconada entre la desilusión y la esperanza. Y es tan importante el tema que un filósofo alemán de mediados del siglo veinte, le dedicó tres tomos al “Principio de esperanza”, realizando un recorrido mental desde los primeros tiempos bíblicos hasta la fecha en la cual él redactó su libro, cuya publicación coincidió con el fenómeno descomunal del totalitarismo nazi, cuando parecía que los europeos en general y otras naciones del mundo, habían caído en un desencanto masivo, y millones de personas habían perdido “toda esperanza”, como si se tratara de un ingreso insalvable a los círculos infernales imaginados por un gran humanista de finales de la “Edad Media” y comienzos del “Renacimiento”.

Por alguna extraña razón las personas, de diversas culturas, mantienen un hálito de ilusión, o de buena esperanza, aún en los peores momentos de la historia. O en medio de los hundimientos tectónicos del espíritu, que nuestros abuelos lejanos o cercanos bautizaron como “Valle de lágrimas”. Y aunque se sabe que los individuos pierden la salud y mueren físicamente, también se sabe que aquellos que sobreviven levantan, tal vez escoradamente, la antorcha de la esperanza, como si se tratara de una minúscula llama votiva que nadie puede apagar, ni con las peores borrascas imaginables.

En Honduras, pese a todas las caídas, encrucijadas y desilusiones, contamos con fortalezas y, desde luego, con limitaciones. Como casi siempre se destaca lo negativo, intentaremos exaltar los valores positivos que son propios del terruño. Es inocultable, por ejemplo, que en Honduras han nacido, o crecido, algunos de los cerebros más privilegiados de América Central y áreas circunvecinas, en distintas esferas del quehacer humano, tanto en lo intelectual como en lo material. Como corolario de esa afirmación se podría elaborar un catálogo puntual de grandes pensadores, ensayistas, misioneros, oradores, poetas, cuentistas, periodistas, pintores, escultores, novelistas, matemáticos, músicos, geógrafos, historiadores, héroes, economistas, microbiólogos y hombres y mujeres que se han destacado con buen suceso en otras áreas de la ciencia.

Desde el punto de vista de la geografía humana, a pesar de localizarnos en uno de los lugares más vulnerables del planeta dentro del capítulo de los grandes desórdenes climáticos, la riqueza potencial de nuestro país está como a la vista de cualquier viajero que posea una mirada penetrante. Somos los mismos hondureños los que nos negamos a percibir esas potencialidades en materia de recursos naturales y de ideas brillantes, tal vez porque existen personas poderosas, o de mirada corta, que se empeña en cultivar el modelo de la pobreza, con una agricultura rudimentaria y una ganadería extensiva que destruye hasta los valles fértiles, lo que significa una práctica negativa con la cual desaprovechamos las posibilidades de enriquecer a todos los hondureños sin excepción alguna. O por lo menos a la mayoría del conglomerado social.

Las riquezas potenciales de Honduras parecieran estar como a la vista de todos, razón por la cual resulta imposible que extraviemos la esperanza de un desarrollo integral, tanto en los campos de la agricultura moderna, la industria equilibrada y las exportaciones redituables, como también en el capítulo predominantemente intelectual.

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