CN: ¿la hora de las pandillas?

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/ 2 de agosto de 2022
/ 12:17 am
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CN: ¿la hora de las pandillas?

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Juan Ramón Martínez

En el curso de la historia política, las directivas y los legisladores, han estado sometidos al Poder Ejecutivo. Las excepciones, muy pocas. Solo recordamos la legislatura de 1928 a 1932, en que el Partido Nacional controlaba el Congreso, mientras el liberal Vicente Mejía Colindres presidía el Ejecutivo. En tiempos recientes, las actitudes independientes de Pineda Ponce en contra de Carlos Flores, imponiendo reglas para las transferencias presupuestarias que, obligaba al Ejecutivo a pedir permiso al Congreso. Ello posiblemente contribuyó a que Pineda Ponce perdiera las elecciones frente a Ricardo Maduro. Durante la gestión liberal de Manuel Zelaya, sus correligionarios se opusieron a la dirección que llevaba el Ejecutivo, lo que, en represalia, hizo que Zelaya no enviara, durante dos años, el presupuesto nacional. El resto del tiempo, los diputados de la mayoría operaron dentro de la mayor formalidad, respetando la ley. Y asumiendo las juntas directivas y los legisladores, las conductas coherentes con las formalidades que exige la conducta de un legislador.

Sin embargo, todo cambió con la llegada de Libre al hemiciclo. Se rompieron las reglas; se irrespetaron las normas de vestir; las formas morales del comportamiento ciudadano y la imagen del Legislativo empezó a descolorarse. Pareció que los legisladores, habían sido sustituidos por los jefes de pandillas que, iracundos, convirtieron al Congreso en un escenario para exhibir las peores costumbres de un ser humano, constituyendo el hemiciclo en un espacio para las peores barbaridades. Salvó a la anterior legislatura, el desempeño de Mauricio Oliva y sus compañeros en la directiva que, siempre trataron de minimizar los daños que le infería a la institucionalidad el comportamiento de los diputados más malcriados de toda la historia.

Ahora, el problema es mayor, cuando Libre dirige el Congreso. No solo hay una directiva ilegal, sino que su conducción está en manos de un hombre de escasa conciencia histórica, de muy reducida cultura jurídica; y de una probada incapacidad para el manejo de las discrepancias. Observar a la junta directiva, sin excepción, enviando mensajes telefónicos, sin mostrar respeto por los diputados mientras hacen sus intervenciones, es una muestra de indecencia que, nunca lo habíamos visto aquí. Y en ningún Congreso del mundo. Ni siquiera en Haití y mucho menos en Nicaragua. Pero lo peor, es la conducta del presidente Redondo que mientras hablaba Mauricio Villeda Bermúdez, le dio la espalda, en forma grosera e inconsecuente. Villeda Bermúdez se merece el mayor respeto, no solo por su condición de diputado, sino que, además, por su calidad humana y por la paciencia que mostrara durante media hora solicitando la palabra.

El deterioro del Congreso Nacional, que ha caído en lo más profundo del irrespeto a sí mismo y a la democracia, constituye un peligro, tanto para la institucionalidad, y la obligada convivencia armónica dentro de las diferencias políticas, que obliga al manteniendo de la paz. El que la embajadora de los Estados Unidos, a quien Redondo le prestó como corresponde atención y obediencia, les haya leído la cartilla, es muestra de debilidad de la junta directiva. También que los incluidos en la Lista Engel organicen manifestaciones en los bajos del Legislativo para mostrar su “fortaleza”, ante las embestidas contra la corrupción por parte del Secretario de Estado de Washington, nos debe preocupar a todos. Porque esta situación hace pensar que las pandillas han llevado a sus representantes al primer poder del Estado y que, en cumplimiento de su comportamiento antisistema, pretenden destruirlo desde adentro. Lo peor es que, por primera vez, tenemos en Honduras, a los líderes de las maras y las pandillas sosteniendo a un partido que, además ha logrado alcanzar el poder en forma legítima, para los próximos cuatro años. Lo que significa que su actitud antisistema, seguirá avanzando utilizando los medios legítimos para destruir el sistema democrático que, aunque frágil, es la única esperanza que tenemos. Porque hay que reconocer que el escaso desarrollo nacional, es fruto de nuestra incapacidad colectiva para crear, cuidar y perfeccionar, una democracia confiable que anime al respeto desde afuera y hacia adentro, orientando a los mejores a prestar sus servicios.

No quisiéramos pensar que el objetivo que anime a Libre sea la destrucción del Estado, estableciendo una oligarquía política que nos empuje a la destrucción de la convivencia como está ocurriendo en Haití. Es necesario rectificar.

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