Nos gobierna la politiquería

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/ 3 de agosto de 2022
/ 12:56 am
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Nos gobierna la politiquería
Esperanza para los hondureños

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Por: Héctor A. Martínez

Tomemos nota de lo siguiente y nunca olvidemos estas palabras: la política y la politiquería son dos cosas muy diferentes, y diametralmente opuestas. En casi todos los países, incluyendo a Honduras, se utiliza la segunda. Mientras la política -como ciencia-, procura poner en orden las instituciones al servicio de los ciudadanos, la politiquería -una degeneración de la primera-, tiene como fin primordial alcanzar el poder para favorecer a familiares y amigos, utilizando los mismos mecanismos de la democracia participativa. La política organiza la sociedad para distribuir los escasos recursos, mientras la segunda se concentra en la repartición de privilegios institucionales para favorecer a grupos y gremios a cambio de afinidad y patrocinio popular.

En los países pobres y culturalmente atrasados, donde la corrupción está adherida como la hiedra a los gremios, partidos e instituciones del Estado, el mejor negocio para quienes detentan el poder es echar mano de la politiquería, por dos razones bastante comprensibles desde el punto de vista del politiquero. La primera se llama “El esfuerzo improductivo”, y dice así: dado que deslomarse todos los días para que millones de desconocidos lleven una vida más decorosa, mientras el funcionario deba conformarse con un salario miserable, no resulta muy justo que digamos. La segunda le pone la tapa al pomo y se denomina “La lógica de la mediocridad”. Para aplicar la política hay que devanarse los sesos diseñando estrategias para reducir la pobreza y alcanzar el progreso económico y social, lo cual exige conocimientos especiales, tiempo y esfuerzo. Esa es la razón por la cual, un montón de ignorantes se afilian a los partidos, porque estudiar a Rousseau, Hobbes, Locke o Montesquieu, quita un tiempo precioso que bien puede utilizarse para hacer politiquería en las calles.

Los politiqueros de izquierdas son un poquito más instruidos, aunque nunca pasan de los pasquines exprés que diseñan los revolucionarios que diariamente frecuentan los cafetines. Los gobiernos de izquierdas ejercen una forma de politiquería un tanto más sofisticada que la derecha, y aunque presumen de repartir la riqueza de manera equitativa, los escasos recursos distribuidos vienen siendo una bagatela que no alcanza para las millones de bocas que debe mantener el Estado, mientras los miembros de la nomenklatura imitan el estilo de vida de las estrellas hollywoodenses. Nicolás Maduro, Daniel Ortega & Compañía, son los mejores ejemplos.

En vista de que la democracia exige transparencia institucional y un examen diario del proceder de los funcionarios, a los políticos corruptos se les ocurrió un día que era mejor inventarse un sistema paralelo donde no se cuestionasen sus decisiones. El sistema paralelo funciona en base a los enredos legales y las trampas legislativas, echando mano de un discurso vacío e improductivo, decorado con el lustre de la justicia y equidad. Si el camino de la politiquería es el más fácil de tomar y el más deleitable ¿para qué meterse en líos tratando de resolver los descomunales problemas de los pobres, que desbordan la capacidad operativa de cualquier gobierno? Para eso existen los programas de “reducción de la pobreza”, una ficción asistencialista tan infértil como las mulas, pero que deja buenos réditos en términos de opinión pública favorable.

Para justificar el fracaso, los politiqueros machacan con el cuento del pasado nefasto, culpando de las desgracias de la sociedad a los partidos que gobernaron antes que ellos. O bien, buscan un enemigo externo mientras tejen con denuedo su estrategia politiquera para consolidarse en el poder, sin importarles un pepino la opinión pública. Bukele le tira los dardos envenenados al FMLN y a ARENA, y Ortega hace las del desfasado antiyanqui de los años 60.

Eso me recuerda a los padres de la fundación de los Estados Unidos que no creían en la democracia, pero le pusieron las trancas a la Constitución para evitar que los politiqueros que pretendiesen reinar en absolutismo, no se apropiaran eternamente de la silla del poder. Los nuestros tampoco creen en la democracia, pero jamás dejarán de lado la politiquería, porque no hay mejor artimaña para hacer negocios que esta.

(Sociólogo)

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