ROSALILA

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/ 7 de agosto de 2022
/ 12:20 am
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ROSALILA

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DEBAJO de un montículo informe, todo derruido, en el complejo de la llamada “Acrópolis de Copán”, un arqueólogo hondureño encontró, en 1989, un hermoso templo que fue rebautizado en lengua española como “Rosalila”, por una especie de color rojo de matices suaves, como si se tratara de un tesoro escondido en las entrañas de la tierra.

En virtud que la élite y los reyes mayas del periodo clásico practicaban la costumbre incomprensible que cada vez que ascendía un nuevo gobernante destruían casi todos los monumentos que había construido el rey antecesor, el monumento de Rosalila, sin embargo, fue soterrado cuidadosamente, sin dañarle ninguna de sus partes arquitectónicas. Se limitaron a edificar una nueva pirámide encima del templo anterior, que el tiempo y la naturaleza del entorno se encargarían de deformar. Nadie podía sospechar, antes de 1989, que debajo de aquel feo montículo podría ocultarse una de las más hermosas manifestaciones del arte maya.

Conviene aclarar que durante la administración del rey “18-Conejo” (décimo tercer gobernante de la “Acrópolis”) la élite gobernante reconsideró las cosas y comenzó a conservar las grandes representaciones religiosas y artísticas de los gobernantes anteriores. Quizás por el amor indudable que “18-Conejo” expresaba hacia su señor padre. O quizás porque las cosas comenzaron a cambiar en casi todas las ciudades-Estado de aquella lejana época, casi al final del periodo clásico. Conviene también aclarar que cuando llegaron los primeros conquistadores españoles a estas tierras, la civilización maya del periodo clásico, había desaparecido, con antelación, desde hacía unos siete siglos, y que en consecuencia el mestizaje hispano-amerindio operó con las comunidades lencas sedentarias que eran poblacionalmente predominantes en el territorio que más tarde fue bautizado, a partir del año 1508, con el nombre de “Cabo de Honduras”, según las cartas de navegación de Juan Díaz de Solís y Vicente Yáñez Pinzón.

Los sobrevivientes de todas las ciudades mayas se desplazaron hacia la península de Yucatán, en donde se fusionaron con los toltecas, y a partir de aquel momento se construyeron grandes monumentos urbanísticos, como Chichén Itzá. A esta parte de la historia se le conoce, con propiedad, como “Civilización Maya-Tolteca”, del periodo postclásico. Pero es obligatorio aclarar, además, que cuando los españoles arribaron a Yucatán, las últimas élites maya-toltecas se habían liquidado unas a otras. O estaban en proceso de franca autoliquidación. En los momentos actuales sobreviven en Guatemala comunidades montañesas y rurales de la mezcla maya-quiché, desde cuyas expresiones religiosas y orales se recopilaron, tradujeron y transcribieron, unas tradiciones narrativas que en los tiempos contemporáneos son muy conocidas como “Popol Vuh”. (Todo esto sucedió durante el largo periodo colonial centroamericano).

Recapitulando el tema original. Es sorprendente y a la vez maravilloso que debajo de un montículo de escombros se haya encontrado el tempo de Rosalila, una de las más preciosas manifestaciones del arte maya copaneco del periodo clásico. Si otras ciudades mayas, especialmente en Guatemala y en la subregión sur de México, se caracterizan por su monumentalidad imponente, la “Acrópolis de Copán” en el occidente de Honduras se caracteriza, en cambio, por la finura de su arte, por su escritura jeroglífica y por su ciencia, incluyendo los grandes avances aritméticos. Es un lugar histórico, arqueológico y antropológico prehispánico que todo hondureño bien nacido debiera conocer, respetar y divulgar. El arqueólogo catracho que con ojo avizor pudo intuir y detectar que debajo de aquel montículo deforme se escondía un tesoro de la historia maya, ha venido a enseñarnos, una vez más, que nunca debieran despreciarse los conocimientos históricos concretos, aunque en apariencia se escondan en un mugroso basurero; o debajo de un montículo aparentemente despreciable. ¡Conozcamos Rosalila!

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