LA MARAÑA

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/ 9 de agosto de 2022
/ 12:25 am
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LA MARAÑA

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¿POR QUÉ decimos que una revisión del sistema de franquicias va de la mano con la revisión del arancel? Un poco de historia. Décadas atrás, quienes dictaban la política económica nacional se fueron por el mercado cautivo. El instrumento utilizado para ese fin fue el arancel. Partidas arancelarias, dispuestas al antojo, arbitrariamente fijando altos impuestos de introducción a las importaciones. Con ello, supusieron, protegerían la insipiente producción doméstica. El mercado de entonces, dependiente de las actividades del comercio –comprar barato y vender caro– con poca inversión industrial y sin la fuerza de una iniciativa privada agresiva. El reducido ingreso obtenido de los rubros de exportación –los mismos contados productos tradicionales– insuficiente para pagar importaciones que abastecían el consumo local. El feriado conmemorativo a Morazán todavía no era un largo asueto turístico de una semana. Sin embargo, como Europa estaba en proceso de consolidarse en un bloque comercial, aquí –no se sabe si por inspiración morazánica– dispusieron ensayar la integración. La región –con la siempre cautelosa reserva de los ticos; mejor promoverse solos que mezclados con las Cenicientas– hizo lo propio.

Corría el año de 1960. Suscriben el instrumento jurídico del denominado Mercado Común Centroamericano. Se crea una zona de libre comercio y un arancel externo común, que sienta las bases para una Unión Aduanera Regional. En otras palabras, comercio libre entre los países miembros, pero mercado cautivo para la región. Honduras –alegando su atraso relativo a los demás– siempre reclamó trato preferencial. Nunca se lo dieron. El chunche funcionaba de la siguiente manera. El país podía abastecerse de los vecinos, importando libre de impuestos lo que aquellos elaboraban. Todos protegidos por un arancel que gravaba prohibitivamente lo importado fuera de la zona. Afloraron las dispensas. Se trataba de fomentar un sistema –recomendaban los economistas estrellas de aquellos días– de sustitución de importaciones. Así que, al amparo de franquicias para importar materia prima de afuera, surgieron empresas locales maquiladoras. El mercado común –como la integración, legado del prócer– no prosperó y a los años, colorín colorado, lo desmontaron. De aquel parto, toda institución –con excepción del BCIE– quedó inútil o inservible. En el proceso, los vecinos diversificaron sus sistemas productivos. Pero el hondureño –que pagó el costo de servir de mercado consumidor a los demás sin producir mucho de nada– permaneció relativamente estancado. La diversificación productiva del país vino a raíz de la Iniciativa de los Beneficios de la Cuenca del Caribe. Cuando los norteamericanos decidieron abrir su gran mercado –libre de impuestos de introducción– a todo lo que les vendiera CA.

Eso, dicho sea de paso, explica el desarrollo de la industria maquiladora en las zonas libres. Y cuando el bíblico huracán, se obtuvo la ampliación de esos beneficios de la Iniciativa de la Cuenca del Caribe. Todo beneficioso para el país porque el comercio libre de impuestos era en una sola vía. De aquí para allá. Hasta que sustituyeron aquel mecanismo –en una administración nacionalista– por el TLC. De allí en adelante el comercio libre fue en doble vía. La teoría de los mercados cautivos fue declarada ruinosa y obsoleta. Y otra cosa cambió. Los ingresos fiscales dejaron de depender de los cobros del arancel, gracias a la pluralidad de las fuentes. El país se comprometió a una desgravación progresiva a las importaciones del listado contenido en el TLC. Al amparo de ese tratado muchos comercios, para la venta al consumidor, todo lo traen de afuera, hasta lo que pudieran comprar localmente. Allí metieron desde cosas básicas hasta lo suntuario. Así que de afuera ingresa, sin pagar impuestos parte de lo necesario, pero también lo superfluo. ¿Y a eso no le dicen sacrificio fiscal? Ahora bien, ya explicamos que el arancel es una maraña. Tasa materia prima para fabricar artículos elaborados localmente. Con la contradicción que el producto terminado que viene de afuera, tiene cero arancel. Las dispensas son para quitar lo mal puesto, ya que se trata de gravámenes a las materias primas. ¿Cuál sería entonces el despropósito de permitir que entre el producto terminado libre y la materia prima pagando impuesto de introducción? Premiar las empresas de afuera y a sus trabajadores y castigar a las empresas domésticas, condenando a los trabajadores hondureños al desempleo. ¿Con esta desocupación escalofriante, con esas caravanas imparables, con la producción nacional golpeada, quitar lo que permite que operen empresas y contraten trabajadores, para terminarla de arruinar? Conclusión: –para que la digiera el FMI– no se trata –yéndose por lo barato– de volarse de tajo las franquicias dizque para resolver el déficit fiscal. Lo que van a hacer es cerrar empresas, tirar trabajadores a la calle y cuando eso suceda se darán cuenta que se trataba de un cálculo de ingresos inexistentes. Lo urgente es revisar el berenjenal de ese arancel caduco y desfasado y adecuarlo a lo correcto. (“Lo barato –les recuerda el Sisimite– sale caro”).

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