¿CAMISA DE ONCE VARAS?

MA
/ 10 de agosto de 2022
/ 12:25 am
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¿CAMISA DE ONCE VARAS?

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AYER dimos un ligero bosquejo del génisis del obsoleto arancel –con partidas arancelarias dispuestas al antojo, arbitrariamente fijando altos impuestos de introducción a las importaciones– hecho a la medida del mercado cautivo. Lo que el FMI debe incluir en la ecuación –para que le cuadren los cálculos– es que el mentado arancel común centroamericano sirvió para hacer la ronda en las fronteras –tasando todas las importaciones fuera de la región– durante hubo Mercado Común Centroamericano. El país se abastecía de los vecinos, importando libre de impuestos lo que aquellos elaboraban. Todos diversificaron sus sistemas productivos, solo que el hondureño –por su atraso relativo y la negativa de darle el trato preferencial, pagó el costo de servir de mercado consumidor a los demás sin producir mucho de nada– permaneció relativamente estancado. La diversificación productiva del país vino a raíz de la Iniciativa de los Beneficios de la Cuenca del Caribe. Cuando los norteamericanos decidieron abrir su gran mercado –libre de impuestos de introducción– a todo lo que les vendiera CA.

Durante funcionaron los beneficios de la Cuenca del Caribe –el comercio libre en una vía, de acá para allá– Honduras, al fin, pudo avanzar ensanchando su infraestructura productiva. No solo por el crecimiento y el empleo generado en el sector maquilador sino en multiplicar los productos no tradicionales de exportación. Luego, durante el bíblico huracán, se ampliaron los beneficios de la bienaventurada iniciativa. Pero aquello –en una administración nacionalista– tuvo su fin. Negociaron un TLC con los Estados Unidos. En un denominado cuarto adjunto, metieron novicios a hacer los mandados de ciertos sectores empresariales que salieron premiados en las listas de importaciones eximidas de impuesto. En detrimento de las actividades del campo condenadas a la ruina después de vencido un regular período de gracia. Concluido el ciclo de las cláusulas de salvaguarda, entra libre de allá para acá todo producto agropecuario que campesinos y agricultores –con sus arcaicos sistemas, sin tecnología y financiamiento barato– no van a poder producir a precios competitivos con lo que ingrese de afuera, sin cuotas y libre de gravámenes. Allí –en ese cuarto adjunto– los inexpertos negociadores hondureños se dejaron embaucar. Sin embargo, consiguieron la protección de ciertos negocios. Metieron todos sus insumos al padrón de la libre importación, tanto básicos como suntuarios, para explotación del mercado nacional. Eso sí es sacrificio fiscal. Mientras unos quedaron bien protegidos en el TLC, otros quedaron topados por el maldito arancel. Esa maraña de arancel –obsoleto y desfasado– engendro del mercado cautivo, tasa materias primas y maquinaria que ocupa la industria local para surtir el mercado doméstico de marcas nacionales.

Pero le pone cero impuesto de introducción a los mismos artículos terminados elaborados en el exterior. O sea, castiga a la empresa hondureña y condena a sus trabajadores al desempleo, mientras subsidia empresas del exterior y a sus trabajadores que, libre de impuesto de introducción, meten y venden sus artículos en el mercado local. Ese berenjenal es lo que debe revisarse. Cierto que hay abuso de las franquicias. De empresas que meten no solo los insumos inherentes al proceso de producción, sino que mucho de lo que perfectamente podrían comprar en el comercio local. Pero otra parte del sistema de franquicias –las que no deben eliminar– lo que hace es quitar lo mal puesto. Eso no es nada que regalan. Es dispensar el insumo esencial traído del exterior –porque no se produce localmente– para que opere la industria nacional que, si le cobran ese disparate que el arancel encarama a su materia prima, cierra. La arruinan. Así que esos millonarios cálculos que sacan –del supuesto sacrificio fiscal que ello dizque representa– para avergonzar empresarios, son cifras quiméricas. Para hacer escándalo de algo que no es tal. Es recaudación inexistente ya que una empresa cerrada, o una que no abre operaciones si no es que la eximen del abusivo impuesto de introducción de su materia prima, no contribuye con nada. Bueno sería que el FMI tenga noción –por esa tirria de corregir desequilibrios fiscales con recetas lesivas al bienestar general– de la camisa de once varas en que mete al país. Propinando más lesión a un sector productivo lastimado, agravando la escalofriante desocupación, mandando trabajadores a la calle. (¿Qué tan desfasado estará ese arancel? Si bien dice el Sisimite: “Lo más nuevo y más completo, pronto se torna obsoleto”).

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