“EL PECADO ORIGINAL”

MA
/ 11 de agosto de 2022
/ 12:25 am
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“EL PECADO ORIGINAL”

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VAN tres editoriales en línea desnudando lo arbitrario del obsoleto sistema arancelario del país, parto del mercado cautivo –cuando ya hace mucho que el mundo pasó a un esquema de libre intercambio– intrigados cómo eso ni siquiera sea motivo de debate nacional. (Bueno, ello no debe asombrar a nadie; aquí no hay discusión seria de los problemas del día a día –desocupación, éxodos migratorios a los que les va mal en la “rebusca”, escasez de todo, ingresos raquíticos, desplome del aparato productivo, anquilosado sistema educativo de pésima calidad, precaria salud, entre otros– que lastiman al hondureño. La atención –con la nociva complicidad de las redes sociales– la acapara el infernal bullicio político de divagaciones en asuntos pueriles). Ahora que el FMI anda quebrándose la cabeza qué hacer con el déficit fiscal, la ansiedad por ese problema específico amerita un abordaje integral. No que se ensañen en un asunto que solo es parte de un todo sin reparar en el bienestar colectivo de gente amolada, ni en la salud general del pintoresco paisaje acabado.

Quedamos que, si bien hay uso indebido y abuso de las franquicias, el verdadero problema es el enmarañado arancel. Que tasa injustamente maquinaria, materias primas e insumos que se importan para la manufactura de marcas nacionales, mientras exime del impuesto de introducción el producto terminado con el que empresas de afuera explotan el mercado local. Eso equivale a castigar lo hecho en casa, en detrimento de empresas y de trabajadores hondureños, premiando el lucro de empresas del exterior y subsidiando a sus trabajadores. Las dispensas –no son regalo ni sacrificio fiscal– son el instrumento utilizado para quitar lo mal puesto. ¿Quieren eliminarlas? Pues revisen y arreglen primero el pecado original de la criatura; el berenjenal de ese arbitrario y contradictorio arancel. Lo otro que quedó claro fue que el TLC introdujo mayor estropicio al mercado. Allí sí hay sacrificio fiscal porque el país importa libre, al amparo de listados privilegiados, onerosos artículos innecesarios, con que alimentar el apetito de un consumo dispendioso. Una afrenta al necesitado estado de subsistencia de la mayoría. Lo beneficioso para el país –lo que diversificó el sistema productivo y generó empleo– fue el acceso al mercado norteamericano durante se gozó de los beneficios de la Iniciativa de la Cuenca del Caribe. El comercio libre en una vía, de aquí para allá. Con la suscripción del TLC –los negociadores en el cuarto adjunto– no solo blindaron ciertos negocios, dejando otros desprotegidos al misericordioso amparo de Dios, mientras condenaban las actividades del campo a la ruina, sino que desvencijaron los mercados.

Trastornaron las reglas de la libre competencia. Introdujeron disparidades. Competencias desleales, entre los que se esfuerzan en hacer las cosas aquí en Honduras, compitiendo en desventaja con lo que llega del exterior. De forma tal que, a un pueblo en la lipidia, que carece de lo básico, le meten, libre de impuestos arancelarios, artículos suntuosos. Para que el poco recurso que haya se gaste en lujo. Mientras gente luchadora que tuvo que vender sus bienes, empeñar sus haberes, gastar los ahorros de toda una vida, cerrar sus empresas, golpeados por la severa ingratitud de la pandemia, hace milagros por volverse a levantar. Y en la “rebusca”, desafiando el aterrador acecho del fracaso, montan su negocito. (Bien sea de comida, o de comprar y vender mercadería, con ingenio creativo adaptándose a la nueva realidad). Se enjaranan con el banco, dan trabajo, piden al cielo que les lleguen clientes, persisten en la difícil faena, pagando la grosera carga impositiva, sorteando escollos y escabullendo obstáculos, cumpliendo con su deber de hacer Patria a como dé lugar. Se lanzan a la aventura de competir con lo que ingresa de afuera, libre de impuesto de introducción, elaborado en otros países con más tecnología, financiamiento más barato, favorecidos por las economías de escala, y sin tanta traba como acá. (A propósito de suntuario. “Dime lo que decantas –sale el Sisimite con otro de sus dichos– y te diré lo que te falta”. Winston se lo sabe de otra forma: “Dime qué presumes, y te diré lo que careces”).

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