Solidaridad y gratitud

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/ 14 de agosto de 2022
/ 12:12 am
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Solidaridad y gratitud
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Mario Hernán Ramírez
Presidente vitalicio Consejo Hondureño de la Cultura Juan Ramón Molina

Independientemente de cualquier especulación al respecto, me declaro un hombre afortunado.
A veces es de mal gusto autoproclamarse en tal sentido, sin embargo, haré una síntesis de mi ya larga existencia en este mundo, en la que a veces mi cuerpo se cansa y mi mente se fatiga, pero que, haciendo énfasis en la recomendación de que, ánimo y acción son las palabras mágicas, saco fuerzas de flaqueza y con entusiasmo y gratitud trato de darle rienda suelta a mis inquietudes, sobre todo cuando guardo una deuda permanente, en primer lugar con el Hacedor del Universo y en segundo lugar con una gran cantidad de personas que transitan por diferentes puertos del planeta.

Debo confesar que tengo alrededor de 53 años de haber enderezado las riendas de mi cabalgar por este mundo, al haberme alejado definitivamente de la adicción al alcohol y al cigarrillo, dos elementos sumamente perjudiciales para la salud del individuo, en todas sus formas.

Empero, en esa mitad del siglo, con el correr de los meses han aparecido también, una serie de avatares y perjuicios que sin duda son propios del ser humano, porque, no todo puede ser color de rosa.
Enfermedades a granel, desde altas cirugías, derrames cerebrales, complicaciones cardíacas, renales, arteriales, auditivas y visuales, que he venido sorteando con serenidad, resignación, estoicismo y valentía, valiéndome para ello, por supuesto del apoyo y la cooperación de personas generosas que me han abierto sus corazones y sus mentes para que pueda dar este testimonio, merced a la generosidad de los ejecutivos de este gran Diario, que a mi juicio y con absoluta propiedad considero como el más completo, prestigioso y mejor periódico del país: LA TRIBUNA.

Hoy 14 de agosto de 2022, hace exactamente cinco meses fui sometido a la más delicada intervención quirúrgica, pues mi pierna derecha estuvo al borde de ser amputada, dado los severos daños que me agobiaban, al extremo de no poder dar un paso, teniendo que arrastrarme o utilizar una silla de ruedas para poder movilizarme.

Fue la genial idea de mi esposa Elsa la que encendió la antorcha de la solidaridad; primero a nivel nacional y después internacional a través de mis hijas Olguita y Gabriela, residentes en EEUU, las que utilizando las técnicas del modernismo, lograron captar una buena cantidad de dinero para poder ingresar a un prestigioso hospital capitalino, y someterme a ese procedimiento quirúrgico que me produjo días después un nuevo derrame cerebral hemorrágico que aumentó los coágulos en el cerebro y me arrebató la poca visión que me quedaba, causándome como es lógico la pérdida completa de la vista y con ello la disminución auditiva y un cambio casi radical de mi voz que por más de sesenta años me sirvió de soporte para alcanzar algunos éxitos dentro de la radiodifusión nacional como locutor.

Por otro lado, en el mismo período, líneas arriba señalado, logré la edición de 15 libros y trabajar con solvencia y dignidad en los principales medios de comunicación escritos y televisivos. Esa es la razón por la cual me considero un hombre afortunado.

Algunos poetas de gran cartel y fama mundiales como los autores de Reír llorando, Verdades amargas, Canción de la vida profunda, Nocturno a Rosario y José María Vargas Vila con su pensamiento de que: “Cuando la vida es un martirio, el suicidio es un deber”. Posiblemente estos admirados y aplaudidos pensadores de la rima y el verso, cuando escribieron sus célebres poemas se encontraban inmersos en la más profunda depresión; porque, en cambio, José Martí nos levanta el espíritu cuando dice: “… Y para el cruel que me arranca el corazón con que vivo, cardos ni ortigas cultivo, cultivo una rosa blanca” y aquí en nuestra hibueras, Alfonso Guillén Zelaya nos termina de levantar el ánimo con su excelso Lo esencial.

Eso quiere decir, sencillamente, que, así como hay espigas de oro, así también, emergen del fango abominables criaturas.
Entonces, llegamos a la conclusión de que no todo está perdido, porque abunda el altruismo, solidaridad, servicio, amor y filantropía, fenómenos que he disfrutado a plenitud y por lo cual puedo gritar a todo pulmón ¡viva la vida!
Todo lo anteriormente descrito es producto de una profunda meditación, porque sé que en el mundo hay personas que solo abrojos y espinas han tenido que soportar desde su nacimiento, cuando sus ojos vieron la luz del sol.

Claro que he sufrido, y mucho, en situaciones de calamidad doméstica, enfermedades, amores, decepciones, frustraciones y mucho más que no son otra cosa que el conjunto de variedades que producen que el ser humano no se aburra, saboreando solamente lo dulce que la vida otorga; hay momentos y hasta temporadas largas con sabor a hiel, que sirven para templar con mucha más fuerza nuestra conducta.

Esta experiencia narrada sin tapujos ni ambages de ninguna naturaleza, constituye la versión más clara de una persona que casi a sus 89 años ha querido patentizar su eterna gratitud a todas y todos los que en su momento me extendieron sus manos generosas, llenas de bondad y altruismo, como para poder seguir dando fe, si Dios así lo permite, de buenas nuevas en este rotativo en el que dominicalmente se nos permite hacerlo, pero que también en el mismo hemos dejado plasmado nuestro pensamiento casi desde que apareció este medio escrito, hace ya cerca de medio siglo.

En resumen, además de considerarme un hombre afortunado, creo sinceramente que soy un milagro de Dios, esto último para aquellos que no creen en los milagros.

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