“HASTA EL ÚLTIMO TICTAC”

ZV
/ 9 de septiembre de 2022
/ 12:22 am
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“HASTA EL ÚLTIMO TICTAC”

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EL nerviosismo de los rumores: “La Reina agoniza, son sus últimos minutos”. Casi al mediodía –hora de Tegucigalpa– la BBC de Londres rompe el silencio. El anuncio procede del Palacio de Buckingham. La Reina Isabel II, la cabeza de la monarquía constitucional del Reino Unido que reinó durante 70 años, mucho más que cualquiera de sus antecesores, ha fallecido en paz, a la edad de 96 años en su residencia de Balmoral. Como testimonio de su incansable vocación de servicio al país, al Commonwealth y a su gente, resuenan los ecos perdurables de aquel histórico mensaje transmitido por la radio el día de su 21 cumpleaños. Allí se ganó el cariño y se robó el corazón de sus coterráneos. Palabras a las que, convertidas en su propio manifiesto, se apegó con abnegada fidelidad durante su longeva existencia; hasta el último tictac de sus horas finales: “Declaro ante todos ustedes, –prometió– que toda mi vida, ya sea larga o corta, la dedicaré a su servicio y al servicio de la gran familia imperial a la que todos pertenecemos”.

Durante las siete décadas en el trono vio desfilar casi la docena y media de primeros ministros. Incluso, logró despedirse de Boris Johnson y pedir a Liz Truss, en el tradicional besamanos –no en Buckingham Palace sino en el castillo de Balmoral en Escocia donde la monarca pasaría sus últimas vacaciones– la formación de un nuevo gobierno. No nació siendo heredera del trono. Ocupaba el tercer puesto en la línea de sucesión. Sin embargo, ocurrió que su tío, Eduardo VIII, renunció voluntariamente al trono en 1936, sin siquiera haber sido ungido rey, para contraer nupcias con una estadounidense, divorciada en dos ocasiones. La escandalosa abdicación de su hermano obligó a su padre Jorge VI –renuente y sorprendido–, segundo en la línea de sucesión a asumir la responsabilidad del cetro real. Sin embargo, el monarca –tartamudo e inseguro– venciendo sus falencias logra superar las más intrigantes expectativas. Y lo hace en el preciso instante que la isla imperial –pero para ser exactos, el mundo entero– más necesitaban de él. Fue la Gran Bretaña de Jorge II y de Winston Churchill –solos, en su espantosa soledad– que desafiaron al Tercer Reich y sus endemoniados planes de conquista terrenal. Sí, ya cuando la segunda guerra mundial la tenían ganada los aliados, quienes en sus inicios sostuvieron la peña, habían perdido influencia. Estados Unidos no entró a la guerra hasta la invasión de Pearl Harbor por el imperio japonés. Y la Unión Soviética tenía un pacto de no agresión con Hitler; roto cuando el dictador nazi –incapaz de someter el espíritu inglés con sus demoledores ataques aéreos– enrumbó su Blitzkrieg, con el grueso de sus unidades Panzer y de la poderosa Luftwaffe, hacia Moscú. Allí topó brutalidad contra brutalidad.

Ya en la Conferencia de Yalta, donde “los tres grandes” se dividieron Europa, Josif Stalin jugó enchute con sus socios. Para evitar que le cayeran en vaca, hábilmente propuso a Roosevelt como mediador. El gran líder estadounidense tuvo que soportar largas negociaciones enfermo y agotado. Churchill con su influencia disminuida –refunfuñando y pataleando por la distribución– casi que fue un espectador. Semanas después los apesarados norteamericanos acudieron, por millares, a las honras fúnebres de su venerado líder. El consagrado Rey, triunfante, pudo presenciar el final de la segunda guerra mundial. Su muerte temprana entregó la corona a su joven hija. La cabeza de la monarquía inglesa –por encima de las diferencias políticas, sociales, económicas de gobernantes y gobernados– ha actuado como una especie de adhesivo de unidad. Y el reinado de esta mujer excepcional –el trabajo más difícil es no hacer nada, solo que, en su caso, no haciendo nada con su conducta ejemplar y como símbolo de algo más alto que fue, hizo maravillas– sin asomo de dudas deja un vacío insondable. La tristeza por la ausencia –de ese emblemático ser que estuvo tanto tiempo entre ellos y lo hizo tan bien– trascenderá los días y semanas de duelo. (Cada vez que la prisa de la vida de hoy, al detenerse por instantes, entre en sosiego, –así piensa este Winston– añorarán más lo que por años unos dieron como valor descontado y otros como algo permanente. El Sisimite entonando el himno real: “Dios salve a la Reina”).

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