GOTAS DEL SABER (85)

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/ 10 de septiembre de 2022
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GOTAS DEL SABER (85)
Vicente Mejía Colindres a Carías Andino: “DESEO QUE EN ESTE CARGO SEAS MENOS INFORTUNADO QUE YO”

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Juan Ramón Martínez

I
El general José María Medina, que había llegado al poder apoyado por los conservadores, una vez en el gobierno rompió con ellos y algunos de sus líderes más vitriólicos, los encero en el castillo San Fernando de Omoa. De forma que estos, empezaron a conspirar en su contra, fomentando rebeliones en diferentes partes del país, especialmente en Olancho.” A pesar de las medidas dictadas, le fue imposible evitar la alteración de la paz. El partido conservador estaba resuelto a combatirlo; y para esto fomento y dirigió el levantamiento de los pueblos del departamento de Olancho, pero como la campaña llevara trazas de prolongarse mucho, y esto no convenía al gobierno, el presidente Medina resolvió dirigir en persona las fuerzas que llevarían a cabo el sometimiento de los rebeldes, y al efecto, el 15 de mayo de dicho año de 1865, deposito el Poder Ejecutivo en el senador Consejero licenciado con Crescencio Gómez; y antes de marchar con las tropas al teatro de operaciones, se dirigió al pueblo hondureño, en el cual “expresó entre otras ideas: las leyes de la guerra son terribles, pero necesarias para salvar la nación y devolver a las gentes el alivio de la paz. Lo creo así porque quiero, puedo y se cómo destruirlos” (Alexis de Oliva, Gobernantes Hondureños Siglos XIX y XX, Tomo I, 1996, 134). En efecto, los dos medinas, Medina el presidente y Medinita el jefe expedicionario, llenaron de espanto, miedo y sangre la campiña olanchana. Muchos dejaron sus pueblos y junto a sus familias, se dirigieron hacia Olanchito. Huyendo de una campaña despiadada y cruel. José Sarmiento, en su Historia de Olancho, dice que entonces, colgaron a quinientas personas adultas, fusiladas sumariamente, en arboles situados en los abandonados caminos del departamento de Olancho. “El presidente Medina en su expedición llego hasta Salamá (antigua Salamanca); y dando por terminado el sometimiento de los rebeldes, regreso a Comayagua y después de un viaje a Gracias, volvió al ejercicio de la Presidencia, el 1 de septiembre de del mencionado año de 1865” (Alexis de Oliva, 135).

II
No es cierto, que los gobernantes anteriores, fueron los peores y que los nuevos, serán superiores. Por lo menos, algunos tramos de la historia nacional, así lo confirman. Por ejemplo, el 1 de septiembre de 1837, Juan José Herrera, jefe de Estado de Honduras, afirmando que la estadística es la primera base de la administración, decreto la creación de “organismos encargados de hacerla y llevarla cumplidamente, de acuerdo con disposiciones claramente delimitadas”. De acuerdo a la decisión, tomada en cada departamento, entonces eran siete en los que estaba dividido el territorio nacional, se organizaron juntas de estadística, “la cual se integraba con el jefe intendente del departamento o el alcalde primero; el padre cura; dos individuos de la municipalidad electos por ella misma, y vecinos poseedores de conocimientos designados por los anteriores. Había un secretario a cargo del que se hallaba el archivo de la junta y quien redactaba acuerdos, arreglaba la correspondencia, dividía los materiales en orden de sus ramos y llevaba separadamente las pertenencias de cada pueblo” (Cáceres Lara, 297).

III
En la sección “La Tribuna del Pueblo” del diario “La Tribuna”, de Tegucigalpa, el lector Ángel Dubón, en fecha 25 de agosto de 1977, escribió que había leído “que el 24 de este mes estaría cumpliendo 18 años el jovencito Camilo Girón, asesinado en unión de otro amigo suyo, Júnior Kafaty, por tres delincuentes. Mientras los dos jóvenes duermen el sueño eterno sus asesinos están en la Penitenciaría Central donde gozan de privilegios, están como huéspedes con toda comodidad. Pero pronto saldrán de ahí a cometer más fechorías. ¿Quiénes irán a ser sus próximas víctimas?, puede ser algún hijo mío o algún hijo tuyo, lector. Puede ser cualquier buen muchacho que aquellos bandidos seleccionen para asesinarlo. Habrá pánico en Tegucigalpa cuando esos pícaros anden sueltos en las calles buscando a quien mandar al otro mundo, como hicieron con los infortunados Júnior y Camilo. Ángel Dubón, barrio La Hoya, Tegucigalpa. (Suyapa Girón Vallecillo, El Lado Obscuro de la Ley, 259).

IV
“El 2 de septiembre de 1904, una Asamblea Constituyente reunida en Tegucigalpa, por convocatoria del Poder Ejecutivo, emitió la que vino a ser la séptima Constitución Política, la cual derogaba la Carta del 14 de octubre de 1894, emitida durante el ejercicio presidencial provisorio del doctor Policarpo Bonilla. Gobernaba ahora el presidente general Manuel Bonilla, quien tras de dar el indisculpable golpe de Estado del 8 de febrero de 1904, convoco a una Asamblea Constituyente que se instaló en Tegucigalpa el 1 de junio de ese año con el directorio siguiente: Presidente, doctor Fausto Dávila; vicepresidente, don José Manuel Zelaya; secretarios doctores Juan Bustillo Rivera y Audato Muñoz y vicesecretarios, licenciado Jerónimo J. Reina y P.M. y coronel, Pilar Martínez” (Cáceres Lara, 298). El de 1904, es el primer golpe de Estado de la historia nacional. Los protagonistas del mismo, encabezados por el presidente Manuel Bonilla que encarcela a los diputados de la oposición y disuelve el Congreso Nacional, empiezan a integrar la lista de los golpistas de la historia nacional. Y el acto, configura la naturaleza exacta de los que es un golpe de Estado, diferenciándolo de lo que ocurrió en el 2009, en que en Honduras se produjo una sucesión presidencial, en Manuel Zelaya Rosales, castigado por la Corte Suprema de Justicia fue despojado de la titularidad del ejecutivo y sustituido legalmente por Roberto Micheletti Bain.

V
En Honduras henos tenido gobiernos muy breves. El de Felipe Nery Medina, duro dos días. Le sigue el del coronel Salvador Cruz que ejerció el Ejecutivo por acefalía, entre el 30 de agosto y el 5 de septiembre de 1876. Cuando aceptó ejercer el mando, ignoraba que Marco Aurelio Soto, por decisión de los gobernantes de El Salvador y Guatemala, había jurado la presidencia de la República ante el alcalde municipal de Puerto de Amapala. Enterado Cruz de tal acto, con fecha 5 de septiembre de 1876, le escribió a Soto la carta que citamos textualmente: “Señor, Con el respeto que corresponde, contesto su apreciable oficio del próximo 31 del próximo pasado. Por necesidades imperiosas que exigía la pública seguridad del Estado en los departamentos interiores, asumí el mando supremo de la República, ínterin aparecía su gobierno proclamando universalmente. Hoy ha cesado mi gobierno accidental, como lo verá usted por las publicaciones que le adjunto. Las responsabilidades consiguientes a la actitud a la que me hice responsable, las enfrento gustosamente, y estoy listo con los documentos respectivos, para dar cuenta ante usted cumplidamente. Algunas susceptibilidades nimias se consideran heridas en su ascetismo republicano, pero la franqueza de mi carácter público, desafía el egoísmo, y el veredicto de todos los jefes que me acompañan me pone a cubierto de acusaciones injustas. Esto sin perjuicio de mi cuenta oficial. He cumplido fielmente con sus órdenes en lo que toca a la economía fiscal, esta provincia ya la había puesto en práctica desde el principio, por honra de usted y de la revolución. Al señor licenciado Arias le incluyo la contestación de don Juan Ramón Valenzuela y por ella vera lo que vale justamente cada uno en su puesto como amigo. El intendente nombrado don Trinidad Hernández no se encuentra, ni en esta ciudad, ni en ninguna parte, nadie da noticia cierta de su paradero. Mis fuerzas no tienen sueldo, y el Estado Mayor, desde el 17 de agosto, no recibe ni un centavo. En este Estado y para mandar cerca de usted al patriota coronel don Joaquín Cerna con la comisión que se ha conferido este día, he tenido que pedir bajo mi garantía personal diez pesos prestados para habilitarlo. Como este gasto son todos los que he hecho en nombre del gobierno. Con toda consideración y respeto, me firmo su muy atento servidor. (f) SALVADOR CRUZ (rubrica). (Alexis Gonzales de Oliva, Gobernantes Hondureños siglos XIX y XX. Pág. 2001 y 2002).

VI
El 6 de septiembre de 1961, durante el gobierno de Ramón Villeda Morales, “un grupo de 11 hombres, que luego se supo eran activistas del Partido Nacional y seguidores de Armando Velásquez Cerrato, fueron detenidos en diferentes lugares de la ciudad y aparecieron muertos en la zona de Los Laureles, ejecutados con armas de fuego. Según el reporte oficial, los servicios de inteligencia de la guardia Civil, bajo la dirección de Marcelino Ponce Martínez, descubrieron un grupo de conspiradores que se trasladaban al sector de Los Laureles, con el propósito de recoger unas armas que iban a ser entregadas por cómplices suyos del Primer Batallón de Infantería para derrocar al gobierno. Una patrulla al mando del capitán Rafael Padilla, delegado departamental de la Guardia Civil, dice el reporte oficial, llegaron al sitio para detener a los conjurados a medida que llegaran, pero que el grupo presentó resistencia, de la que no hubo siguiera un herido aparte de los supuestos subversivos. Dos sobrevivientes, Benjamín Solano y Adán Zelaya Galindo, a quienes se les dio por muertos en el campo de los hechos, explicaron a la prensa el día 13 de ese mismo mes como ocurrieron exactamente los hechos. Entre los ajusticiados se menciona al mayor ( ®) Francisco Coello, Alberto Sierra Lagos, magistrado del Consejo Nacional de Elecciones. También fueron detenidos, Jorge Carías, Darío Scott, Luis Mendoza Fugón, general Pedro F. Triminio. Secundino Valladares Barahona, Carlos Vicente Galindo, Joaquín Rivera Méndez, Tiburcio Membreño Aguilar y Raúl Alonso Díaz” (JH Zamora Bados).

VII
“Con fecha 14 de septiembre de 1893, el Congreso Nacional, en decreto No. 26 y con presencia del cuadro general del escrutinio de elecciones practicadas en los días 27, 28 y 29 de agosto anterior lo declararon electo presidente de la República, al general Domingo Vásquez, para el período de 4 años y tomo posesión el 15 de septiembre de dicho año, ante el Congreso Nacional. El 30 de octubre el Congreso Nacional expidió el decreto facultando al Ejecutivo para declarar y hacer la guerra al gobierno de Nicaragua, en el momento mismo en que alterara la paz en esta República, por cualquier invasión procedente de aquella. Este paso impolítico del Congreso de Honduras, instigado por el general Vásquez, fue el que produjo su caída” (Oliva, 233). El gobierno de Nicaragua, ante el error anterior, encontró justificación para apoyar a los liberales de Policarpo Bonilla y Manuel Bonilla, los que derribaron en febrero del año siguiente, al gobierno del presidente Domingo Vásquez.

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