Inolvidables recuerdos de Villas Telamar

ZV
/ 10 de septiembre de 2022
/ 12:47 am
Síguenos
01234
Inolvidables recuerdos de Villas Telamar

Más

Roberto Ortiz Escalan

Se aproximaba el fin de semana y ya se sentía la emoción, nos íbamos para Tela.

Siempre llevábamos invitados. Ya sea familia de Tegucigalpa o amigos de todas las edades.

Por más temprano que nos levantáramos no lográbamos salir temprano.

Primero, tratando de acomodar todo en el carro. Las hieleras, las maletas, flotadores, grabadora, televisor, microwave y a veces hasta alguna que otra bicicleta. Parecíamos gitanos. Hasta en la parrilla del techo llevábamos cosas.

Salíamos de la casa directo al Fransen, a comprar cosas de última hora.

Todos esperando en el carro, con los vidrios abajo, viendo quién entraba y salía del súper.

Mis hermanas con sus trajecitos de playa y sus trajes de baño abajo, yo con mi calzoneta y mi camiseta sin mangas.

Siguiente parada, el depósito en barrio Suyapa. Ya llevábamos las cajas de envases vacíos. Se bajaba mi papá y decía: 1 de Coca y la otra variada con Tropical, Soda, Quina y Ginger Ale.

Ahora sí, ya parecía que nos íbamos. Bajábamos el boulevard, pasábamos por el estadio, él Prisa, Sogerin, la municipalidad, El Sula, la Catedral y pasábamos la línea. Ahí sí ya sentía que salíamos de San Pedro.

Ya cuando me estaba dando sueño, una parada más, en Calpules, a comprar quesillo. Otra vez esperando en el carro y ya salía mi mamá con su par de bolsitas.

Ya íbamos en carretera. No sentía el aeropuerto ni La Lima porque ya iba dormido, solo sentía que bajábamos la velocidad cuando íbamos pasando por El Progreso. De repente, el carro se detenía. Yo pensaba que se había arruinado, pero no. A mi mamá le gustaba la fotografía y en una recta había una palmera que había crecido sobre un árbol. Nos parecía increíble ese fenómeno. Después de un par de fotos volvíamos a arrancar.

Ya acercándonos, otra parada obligatoria, Conos Pulito. Unos suaves deliciosos. Ahí ya revivíamos, por el cono y porque ya sentíamos cerca Tela. Yo, ya desesperado, le preguntaba a mí mamá: ya vamos a llegar, y ella me respondía: ya vamos a llegar a Pénjamo… a Pénjamo… Y yo pensaba: ¿Penjamón?

Ya se veían todas las palmeras en la carretera y llegábamos a la Texaco donde se doblaba para entrar. Ahí nos parábamos a inflar los flotadores.

Pasábamos por el centro y nos poníamos a cantar: Tela, Tela, Tela, Te la voa quitar… Y, sin saber por qué, le cambiaba la letra por Tela Tela Tela, Tela walkie talkie…

Antes de pasar el puente para Tela Nueva, hacíamos la última parada en un depósito a comprar hielo.

Y por fin, llegábamos a Telamar.

Nos estacionábamos frente a la oficina. Mi papá se bajaba y lo atendía Marla, una muchacha amable, alta, delgada. Siempre nos dejaba escoger casa. Creo que estuvimos en todas las villas por lo menos una vez.

Íbamos los fines de semana, las Semana Santas donde nos escondían huevitos en el jardín, años nuevos donde había fiesta en el club al lado de las canchas de tenis y hasta en exámenes, donde llevaba los libros a pasear.

Telamar era como entrar en otro mundo. Casas de madera, sobre polines, con un olor característico por la madera, sin muros ni portones.

Calles bonitas con aceras amplias y engramado alrededor.

Una playa blanca, amplia y limpia.

La casa que más nos gustaba era la 101. Esa era la que había sido del gerente de la compañía. La primera de la izquierda frente a la playa.

Una casa grande, con cuartos con aire acondicionado y una amplia sala.

Bajábamos todo del carro a mil para poder ir a la playa.

Para ir a la playa mi mamá llevaba una gran colcha de manta dura. La ponía sobre la arena bajo una carpa que nos daba un poco de sombra. Llevaba una hielera roja, redonda que al abrir tenía vasitos y platitos.

De repente aparecían unos niños descalzos, con unos baldes, unas latas de pintura amarradas a un palo de escoba y preguntaban que si nos tocaban una canción. Y se ponían a tocar, con gran ritmo, La Avispa o Apágame la Vela María.

Mi mamá compraba pan de coco calientito (por el sol) y tableta.

Me embadurnaban de bloqueador.

Por más palitas, rastrillos y cubetas con forma de torre que tuviera no podía hacer castillos de arena. A lo más que llegaba era a hacer un túnel por donde metía el brazo hasta que venía una ola y me lo inundaba.

Una vez me compraron una balsa bien bonita, con remos y todo. Mi papá me tenía agarrado y yo montado en la balsa. En eso vi que mi mamá se levantaba y se sacudía la arena para entrar al mar. Yo le dije a mi papá:

– ¡Ay no! Ahí viene mi mami.

– ¿Y qué tiene hijo?

– Me va a quitar la balsa.

– No hijo, cómo va a creer, se la compramos a usted.

– Ya va a ver.

Cuando venía como a 1 metro de distancia se zambulló bajo de agua con las manos juntas. Yo trataba de encontrarla bajo el agua y de repente sentí una fuerza descomunal debajo de mí que le daba vuelta a la balsa. Salí volando y quedé bajo de agua. Cuando asomé la cabeza vi a mi mamá acostada boca abajo en la balsa, flotando con los brazos adentro del agua.

– Vio que le dije papi…

Mi papá hacía un gran esfuerzo por meterse al mar con nosotros. No le gusta el mar ni llenarse de arena. En la mañanita mojaba el traje de baño en el lavamanos y lo colgaba en la baranda de afuera para decir que había madrugado a meterse al mar y así ya no lo molestaran.

A él le gustaba andar en calcetines en el piso de madera, sentarse en la sala y agarrar su radio multi bandas para escuchar estaciones de radio de todo el mundo o buscar la señal del tiempo, una emisora donde solo se escuchaba bip, bip, bip, beeeep para poner la hora exacta en el reloj.

Mis papás nos llevaban de todo para divertimos: larga vistas (binoculares), ondas, barriletes, boomerangs, la net para volley y bádminton, pelotas de fútbol, raquetas de tenis y patines.

Patinábamos adentro de la casa. Un día, mi papá decidió ponerse los patines y comenzó a patinar. Pero entre puerta y puerta había unas tablitas levantadas en el suelo. Mi papá pegó en una de esas y se cayó. Todo el mundo se puso a reír. Y él acostado en el suelo solo esperaba que nos calláramos.

Cuando al fin nos calmamos nos dijo: me quebré. Ahí nomás terminó ese fin de semana.

Comíamos delicioso, solo chucherías. Mi mamá nos hacía la comida más rica. Llevaba su olla eléctrica y nos hacía panqueques (mi mamá hace los mejores panqueques del mundo). Nos hacía hot dogs con pringles a los lados. Sándwich de Spam o de carne del diablo. Hamburguesas con su salsita secreta, galletas, churros.

Durante el día mi mamá se iba a la cancha de tenis por mientras nosotros nos íbamos a alquilar bicicletas al lobby. Andábamos por todas las calles y senderos, con mucho cuidado de no caer en los grandes canales a los lados de las calles.

También alquilábamos caballos y cómo íbamos tantos, hasta le sabía el nombre (picardía) y le llevaba cuadritos de azúcar.

Nos metíamos a la piscina. Primero en la pequeña en forma de 1/2 luna con un tubo cromado en medio para ayudar a bajar las graditas donde yo me pasaba colgando, flotando, jugando a que era Spiderman. Y la grande, rectangular, con azulejitos en las paredes y de casi una sola profundidad.

Buscábamos una mesa de esas redondas de vidrio mate, con las sillas de tubo con tiras de hule anchas formando una cuadrícula. Igual las de tomar el sol de tiras horizontales de hule, que al pararse quedaban marcadas en la piel.

Comíamos poco en el restaurante porque se tardaban mucho.

Siempre nos encontrábamos con mucha gente de Tegucigalpa.

En las noches, nos íbamos a la playa a hacer fogatas y a comer “marshmallows” cocinados en palitos de pinchos sobre el fuego. Veíamos las estrellas y la luna con los binoculares y escuchábamos música en la grabadora.

Cuando llegábamos a la casa, me bañaba para quitarme la arena, ya podía sentir el ardor en los hombros y en la nariz de la quemada del sol.

Acostado en la cama escuchaba las olas que estaban grabadas en mis oídos y al cerrar los ojos aún sentía el movimiento de las olas en mi cuerpo.

©2022 La Tribuna - Una voluntad al servicio de la patria. Honduras Centro América