La promesa que no llegará

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/ 14 de septiembre de 2022
/ 12:48 am
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La promesa que no llegará

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Héctor A. Martínez (Sociólogo)

Cada vez que veo los noticiarios, no puedo dejar de pensar en los miles de hondureños que luchan por sus destinos, tratando de sobrevivir con las escasas posibilidades que les ofrece este desventurado terruño que los vio nacer. Mientras el ciudadano común y corriente se enfrasca ardoroso en la oficina, en los campos labrantíos o en la fábrica, los políticos apenas tienen vida pensando en la próxima jugada que les permitirá hacer negocios sin impedimentos de ninguna especie. O en cómo eliminar a sus enemigos. O en cómo asestar el siguiente golpe legislativo haciendo que las cosas ilegales e inmorales se cubran con el manto de la licitud y la probidad, que es exactamente el deporte nacional por excelencia.

Por negocios en política entendemos toda acción que, a través de un decreto de carácter social, un grupo de bribones allegados al poder, se aprovechan de las alturas para sumar réditos sin que la sociedad ni los entes fiscalizadores del Estado se enteren de sus retorcidos movimientos. Y, si por alguna razón se destapan las fechorías de los trujamanes, las argucias legales siempre estarán disponibles para que sus nombres aparezcan intachables. De todas maneras, eso poco importa: en la política “catracha”, el honor y el prestigio no forman parte de la contabilidad personal.

Muchos dicen que somos un país muy rico, pero no estoy tan seguro de eso. Esa cantaleta ideológica solo sirve como promesa de campaña y de cobertura de los insulsos anuncios publicitarios que hablan sobre las maravillas de nuestro país. Mientras los recursos permanezcan dormidos, sirviendo de promesa sobre un futuro que nadie conoce, de nada sirve repetir esa parrafada que no guarda correspondencia con la realidad.
Pues bien: la eterna oferta del político adocenado -de derechas y de izquierdas-, cuando anda en sus correrías por todo el país, es esa: que el progreso llegará solamente a través de su partido, porque es ahí donde se guarda la llave maestra que permitirá abrir la puerta hacia la felicidad de todos. Es decir, a estas alturas de la historia todavía nos siguen vendiendo esa irrealidad politiquera que ya atraviesa las dos o tres generaciones, desde aquel año de 1982.

Como en Honduras estamos acostumbrados a andarnos por las ramas para llamar a las cosas por su nombre, yo creo, por el contrario, que, para comenzar a refundar – ¡tremenda palabreja! -, este hermoso país, debemos ser francos y decirnos a la cara lo que otros prefieren edulcorar con conceptos baratos, como “justicia para todos y todas”, “bien común”, “equidad”, y otros artificios carentes de sustancia terrenal. Los ciudadanos todavía creemos en las promesas de un mundo mejor, mientras los políticos saben que la prosperidad nunca será posible, por perversión y por restricciones. Por eso prefieren callar antes de aceptar esta fatalidad que significaría el fin de la política y del gran negocio de los políticos de derechas y de izquierdas, que luchan encarnizadamente por llegar a la silla imperial, mientras los ciudadanos luchan contra las dificultades, en las calles y en los mercados.

Los políticos avivan la esperanza de que las cosas cambiarán para mejor, pero ¡qué va! apenas somos una pieza -eso sí, la más significativa-, para que funcione la máquina del poder: somos el poder pasivo, en realidad, y por eso nos llaman “el soberano pueblo”, aunque nada bueno pasará más allá de esta centenaria mentira. La promesa de que el progreso llegará, debemos comenzar a desecharla; sobre todo porque nuestra potencia como país, esto es, la sumatoria de los recursos naturales, el capital humano, la capacidad innovadora, el sentido tecnológico y científico, la visión educativa en todos los niveles, no puede ir más allá de lo que hasta hoy -mal que bien-, hemos construido. Todavía podemos ir a la mejora, es verdad, pero debemos aceptar que con lo que disponemos, jamás llegaremos a ser lo que los políticos nos obligan a creer.

Suena feo, pero es como decía Ortega y Gasset: “Seamos en perfección lo que imperfectamente somos por naturaleza”. Y es verdad.

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