El día en que García Márquez detuvo una guerra entre Honduras y Nicaragua

ZV
/ 17 de septiembre de 2022
/ 12:44 am
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El día en que García Márquez detuvo una guerra entre Honduras y Nicaragua
Gabriel García Márquez y Roberto Suazo Córdova.

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Luis Lezama

La mañana intranquila del Nobel
Hace 40 años, un 21 de octubre de 1982, Gabriel García Márquez se despertaba siendo el Premio Nobel de Literatura. Al salir de su casa aquel día, se tuvo que enfrentar a una multitud de periodistas afanados por grabar, escribir y reproducir las primeras palabras del nuevo paladín de las letras. Solo es imaginable la sorpresa que habrá sentido más de algún reportero cuando García Márquez —en vez de hablar de él, de Colombia, o del Nobel— habló de Nicaragua y de Honduras: «El 21 de octubre, cuando los periodistas me sacaron de la cama a las seis de la mañana en mi casa de México, yo tenía un tema en la punta de la lengua: la invasión inminente de Nicaragua desde el territorio de Honduras». La cita es de la nota «América Central, ¿ahora sí?», publicada el 20 de abril de 1983, un año después del Nobel.

Al instante se le acusó de estar hablando puros infundios, aprovechándose —decían— del aluvión del Nobel, que le estaría dando dimensión a su conocida defensa de la Revolución Sandinista en Nicaragua. Lo que olvidaban los que lo contradecían era que, antes de esa mañana, García Márquez ya era considerado el rey sin corona de la literatura mundial; y muy de izquierda, sí, pero dotado con un encanto sobrenatural que lo hacía tener contactos en cualquier país, ya fuera este de derecha, de izquierda, pequeño o gigante. Y es que la información que le había llegado no era de Nicaragua, sino de Estados Unidos; precisamente, del secretario de Estado estadounidense, George Shultz, a quien García Márquez describe como «una persona más preocupada que yo por la inminencia de esa agresión».

Según lo cuenta el colombiano, Shultz se había encontrado con el plan de esta invasión al asumir su puesto; un plan que había diseñado hasta el mínimo detalle su predecesor, el general Alexander Haig, y que este ya había dejado en manos de la CIA, y por lo cual poco o nada se podía hacer de parte de Shultz más que filtrar la información a uno de los reporteros más famosos del continente para que él, con ese poder o joder de las palabras, lograra detener una posible invasión de Honduras a Nicaragua en el contexto de la Revolución Sandinista.

Tan solo horas después de la denuncia, el hijo mayor de Aracataca descubriría que ser Premio Nobel no servía solo para no hacer filas, como él mismo decía a sus amigos cuando le preguntaban en qué carajos le cambió la vida después de aquel octubre de 1982. No. También ser Premio Nobel, parece, servía para evitar una invasión entre dos países hermanos, ya que, a raíz de su queja con los periodistas amontonados frente a su casa, ese mismo día el Newsweek y el New York Times publicaron el dichoso plan «hasta en sus detalles más ínfimos, y aún con fotografías a todo color de los preparativos que se adelantaban en el territorio de Honduras».

Honduras, después de verse retratado, tuvo que calmar su fuego.

¿Víctimas o victimarios?
Muchos años después, tres pilotos de la Fuerza Área Hondureña recordaron aquella madrugada en que fueron llevados a un cuarto, sin dejar que fueran vistos o pudieran hablar con alguien, y donde se les instruyó (el famoso briefing) sobre los detalles de aquella misión.

La memoria traiciona, vuelve las historias siempre más turbulentas —acaso mejores—; pero lo que recordaron, más de treinta y cinco años después de que ocurriera, fue que el plan existía y que estuvo a pocas horas de ser llevado a cabo. A ellos se les retuvo por más de ocho horas en aquel cuarto, sin poder salir, sin poder llamar a nadie, sin poder hacer nada contra ellos mismos. No vaya a ser que fueran a contar algo. O, peor, a arrepentirse. Y así vivieron aquellas horas eternas, sufriendo en sus cabezas, una y otra vez, aquella cruenta descarga de bombas ensayada en una pizarra blanca en aquel no-lugar en el que estaban encerrados. «Era un pueblo al que íbamos –decía uno–, no era la capital. Un pueblo donde se escondían muchos de los sandinistas. De haberse hecho, de aquel pueblo no quedaría nada seguro». «Llevábamos demasiadas bombas, y en aquel momento Honduras tenía la mejor Fuerza Aérea entre México y Colombia», decía otro más. El que más lo pensó, se confesó diciendo: «Yo no quería. Pero órdenes son órdenes. Me molestaba que nos hubieran entrenado para defender el país, no para atacar a otros».

Lo que dijeron refleja mucho de lo que nos pasa: el problema en Honduras es que somos víctimas de víctimas. Fue también Gabriel García Márquez el que se lamentaba de que Honduras fuera utilizada por Estados Unidos como base de sus intervenciones encubiertas en todo el ámbito de América Central: «Habría que recordar que este triste papel de portaaviones de tierra firme le ha sido impuesto a Honduras en otras ocasiones de rememoración ingrata». En otro libro a Honduras se le llama «U.S.S. Honduras», en alusión a como suelen ser llamados los portaaviones y buques de guerra yankees. Sin embargo, la más certera y lamentable de todas es la forma en que –se cuenta– nos llaman en los pasillos del pentágono los generales de alto rango estadounidenses: «Our central american whore» (nuestra puta centroamericana).

Rosuco
El 22 de diciembre de 2018, tres días antes de Navidad, falleció a los 91 años Roberto Suazo Córdoba, expresidente de Honduras de 1982 a 1986. A «Rosuco», como lo llamaban por sus siglas, se le recordará sobre todo por ser el primer presidente en esa «vuelta a la democracia». Pero esto solo porque el «periodismo» de los ochenta no supo cómo atrapar la esencia de aquel corpulento personaje de nuestra historia. Tampoco lo pudo el «periodismo» de este siglo, que durante la semana en la que se veló al expresidente alcanzó exitosamente altos grados de desinformación: ni una sola nota crítica de lo que en verdad fue el gobierno de Rosuco: un gobierno «títere» de los militares y que otorgó la concesión para que Estados Unidos instalara en Honduras una base militar (Palmerola) desde la que se pretende controlar militarmente la región. En algunos países, sobre todo los nuestros, la muerte tampoco hace justicia. ¿Temerán nuestros periódicos que Rosuco, al que se le atribuían dotes de brujo, los alcance más allá de su vida? O será solo que –anémicos de todo pensamiento crítico– se conforman con informar lo que todos sabemos, es decir, nada nuevo ni verdadero. Si se quiere entender quién fue Rosuco, más nos convendría leer el corto y genial reportaje de José Comas, periodista de El País, enviado especial a Tegucigalpa para cubrir los últimos días del mandato de Suazo Córdoba: «Rosuco, el patriarca de Honduras». Así fuera solo por las excéntricas anécdotas que cuenta de nuestro expresidente, fieles reflejos, como él señala, del subdesarrollo en el que vivíamos –y vivimos, si hay que ser justos–. Comas, con gracia, relata cómo “Rosuco” y sus partidarios se ufanaban de que hubiera pavimentado todas las calles de La Paz, de donde era oriundo, y como se le quejaron entonces todos los campesinos, quienes argumentaban que de qué valía pavimentar todas las calles si los campesinos van descalzos y el pavimento no hacía más que quemarles los pies.

Sin zapatos, sí, pero con razón.

El presidente sin presidencia
Suazo Córdoba era el flamante presidente de Honduras y Gabriel García Márquez, el Nobel. Así que después de hechas y retransmitidas las preocupaciones del colombiano más ilustre de todos, y después de que Honduras tuviera que sofocar el plan estadounidense, “Rosuco” le envió una carta «muy respetuosa», según García Márquez, donde lo invitaba a viajar a Honduras y comprobar él mismo, y sobre el terreno, la falsedad de sus declaraciones. La carta terminaba con una frase que –dice García Márquez– adquirió después una significación especial: «Honduras no levantará jamás un arma contra sus vecinos». No «un arma», pero sí tres aviones cargados de bombas.

García Márquez rechazó la invitación. Según él cuenta, consultó con varios periodistas más versados que él en «los misterios de la región y, sobre todo, algunos periodistas extranjeros que se la saben de memoria», quienes lo convencieron de que iba a meterse en la trampa de no encontrar nada en una frontera extensa y difícil (La Mosquitia), y a regresar a México –continúa diciendo García Márquez– con el compromiso ético de divulgarlo a los cuatro vientos. Pero más que aquello, lo que lo terminó de convencer fue la «rara unanimidad» en cuanto a los poderes reales del presidente Suazo Córdoba: «Nadie creía, y menos ahora —decía García Márquez—, que en realidad dispusiera de alguna facultad de decisión, pues había sido impuesto en unas elecciones de fantasía sólo para improvisar en Honduras una apariencia democrática (…)».

El Nobel culmina su larga reflexión acerca de Suazo Córdoba diciendo que él bien sabía que el verdadero poder en Honduras lo tenía y lo ejercía con puño de hierro el jefe del Estado Mayor, Gustavo Álvarez Martínez (quien fuera asesinado unos años después mientras iba a comprar una biblia), y que Suazo Córdoba «el presidente sin presidencia» entretenía sus ocios mandándole telegramas para despistar a los favorecidos por la Fundación Nobel.

Nuestra respuesta es la vida
Años después, es pertinente apreciar lo que hizo entonces Gabriel García Márquez por Centroamérica, esa casa de cinco cuartos donde todos viven encerrados sin preocuparse o hasta sin saber lo que sucede ahí tan cerca, del otro lado de la pared; haciéndonos cada vez más desconocidos, menos libres y más solitarios. Donde hoy en día tenemos cuatro países abismados, talludos, en donde los dictadores –de izquierda y de derecha– siguen asesinando, violando y burlándose de la gente sin que la multitud levante ya no al menos el dedo, sino que ni siquiera la cara.

Pero como decía García Márquez en su discurso del Nobel: «Frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida». O como me dijo aquel piloto hondureño ya retirado: «Qué bueno que después nos sacaron de aquel cuarto. Y que, al fin, quién sabe por qué, si fue por esa noticia de García Márquez, no se hizo la misión. A veces tengo ganas de visitar ese pueblo que íbamos a atacar –dice, y se queda pensando–. Había una iglesia blanca y muy hermosa que se miraba desde el cielo. Quisiera ir y caminar por ahí, ver a su gente, conversar con ellos, y entrar a aquella iglesia sabiendo y tratando de olvidar, tal vez, que yo pude acabar con todo eso».

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