¿QUÉ ENSEÑAN?

ZV
/ 19 de septiembre de 2022
/ 12:02 am
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¿QUÉ ENSEÑAN?

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CIRCULÓ un jocoso interrogatorio a varios estudiantes del desfile, abordados al azar. La única respuesta que acertaron fue la de “Bad Bunny”. ¿Qué retrato de próceres o figuras relevantes aparecen en los billetes? Los ocupan para comprar chucherías, pero a ninguno, ni por curiosidad, le ha dado por fijarse en lo que andan en la bolsa, en la cartera o en el bolsillo –ya no se usa en los pantalones–que, con pasmosa regularidad, pasa de mano en mano. Ellos son expertos operadores de sus aparatitos inteligentes; y es en esos chunches, en la mayoría de los casos, que yace la inteligencia. No sueltan la incontrolable adicción que les capturó el cerebro; ¿y para qué ha de servir la ortografía si eso es necedad del obsoleto abecedario?, si es con pichingos que socializan y es con changoneta, de videos chabacanes y memes “matados de la risa” que se entretienen. Del manejo de ese artilugio y de una racha de frivolidades –de vida o muerte– que mandan y reciben por sus aplicaciones de mensajería, depende su febril existencia.

A ver ¿qué representan las franjas de la bandera y las cinco estrellas? ¿Para qué les dijeron que eran cinco? Dar el número es quemar la respuesta. Pero no. Ni con la pista dada de choto. ¿Podría ser –una de las franjas azules, hasta recién reparan en el pigmento– un mar que queda abajo y –la otra del mismo color– otro océano arriba del mapa? Pero ¿a saber cuáles?, ni que interese saberlo tampoco. Y eso de estrellas, si ya no ofrecen la materia de Moral y Cívica menos para que den clases de astronomía en las escuelas. ¿Tal vez un viaje a lo desconocido si no a lo esotérico si dieran cursos de astrología? Identificar el nombre de los países vecinos –“chivas, ¿o no?”– que sepa Judas a quien se le ocurrió meter en el blanco –eso sí, se sabe que representa la paz no el “bloque de nieve cruzado” del poeta– del pabellón nacional, ¡qué aburrido! Inviertan su tiempo en algo más conocido, digamos, como Bad Bunny. Si no saben, ni de chiripa, de qué poeta hondureño es la letra del himno, ni idea quién –de apellido alemán– compuso la música. A ver, ¿y ustedes están aquí por civismo o por los puntos extra? –Obvio, que a nadie le caen mal los puntos extra–, aunque “yo pasé todas mis clases”; pero ¿por qué hacen preguntas tan difíciles, y no lo que a uno le enseñan en la escuela? (¿Qué será –esta pregunta es nuestra y por supuesto preocupación del “colectivo”– lo que enseñan en las escuelas? Y por ese mismo camino –sin tomar tanto envión– habría que revisar el herrumbroso currículo académico de muchas universidades, desfasado a las necesidades del mercado laboral como del afán de ser competitivos, del país). ¿Dónde fusilaron y dónde está enterrado Morazán? ¿No será aquí en Honduras? Pues no. ¿Algunas palabras en salvadoreño? Y aquí las geniales salidas, muestra de lo despierto y de la viveza natural juvenil: “Yo que voy a saber si yo soy hondureña”. ¿Y cuántas clases lleva pasadas? –“Todas”. ¿Y cómo es que no contesta ninguna pregunta si las lleva todas pasadas”?– “Ah, es que en pandemia uno no aprendió nada”.

Hasta aquí. Pero en un cuestionario de cultura general –un poquito no tan elemental “Sherlock”, más universal– ni probar hacerlo, para no pasar por la vergüenza de enterarse cuántos docentes no saldrían aplazados. (En fin, no hay que agarrar de encargo a los maestros, ya que igual aplicaría la presunción a las esferas políticas y a otros sectores de influencia nacional). ¿Recuerdan la historia de aquel catedrático uruguayo que dejó de impartir clases hastiado que sus alumnos, a preguntas de cultura general, respondieran con el silencio? “Lamento –se quejaba– que los jóvenes no pueden dejar el celular, ni aún en clase”. “Conectar a gente tan desinformada con la materia que se imparte es complicado”. “Y entonces ver que a estos muchachos –que siguen teniendo la inteligencia, la simpatía y la calidez de siempre– los estafaron, que la culpa no es solo de ellos”. “Que la incultura, el desinterés y la ajenidad no les nacieron solos”. “Que les fueron matando la curiosidad y que, con cada maestra que dejó de corregirles las faltas de ortografía, les enseñaron que todo da más o menos lo mismo”. “Entonces, cuando uno comprende, que ellos también son víctimas, casi sin darse cuenta va bajando la guardia”. “Y lo malo termina siendo aprobado como mediocre; lo mediocre pasa por bueno; y lo bueno, las pocas veces que llega, se celebra como si fuera brillante”. “No quiero ser parte de ese círculo perverso”. Como ven, allá, siquiera, hay reconocimiento de este mal endémico que sufre la presente generación. Y en muchísimos países, conscientes que hoy golpea una nueva realidad que ha condenado obsoletos los planes de estudio, se han dado a la épica tarea de hacer reformas profundas a sus sistemas educativos. Se percataron hace tiempos que “educan para un mundo que ya no existe”. Sin embargo, un informe recién salido del horno de UNESCO, UNICEF Y CEPAL, coloca a Honduras en la cola de la cola de América Latina en el cumplimiento de los objetivos de educación del 2030. Y en las pruebas PISA –en matemáticas, español, ciencia– el puntaje del estudiantado local muestra un letargo de cuatro años de atraso en relación a la media mundial. Los pueblos que no logren adaptarse a la nueva realidad –opinión de los expertos– van a desaparecer. ¿Algo a fondo que se esté haciendo –aparte de la gazmoñería por la foto de palillonas en las portadas– respecto a la precaria calidad educativa y al reentrenamiento de la fuerza laboral? (“A propósito de la cola. Ni cabeza de ratón –resuella el Sisimite– ni cola de león”).

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