CON LA COLA…

MA
/ 20 de septiembre de 2022
/ 12:25 am
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CON LA COLA…

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LA prodigiosa ignorancia de estudiantes respondiendo a preguntas sencillas de cultura general debiese ser motivo de alarma. ¿Qué enseñan –preguntaba el editorial de ayer– en las escuelas y en las universidades? “Los analfabetos del siglo XXI –vaticinaba Alvin Toffler– no serán los que no sepan leer y escribir, sino aquellos qué sabiendo, no sepan aprender, desaprender y reaprender”. Infinidad de veces nos hemos preguntado ¿si lo que se enseña, si el plan de estudios para escuelas, colegios e institutos públicos y privados, y el currículo académico de las universidades –en fin, comprendido a todos los niveles del sistema educativo– es todavía relevante al mercado laboral? Yendo más allá, ¿si los planes de enseñanza de la actualidad –la naturaleza de las asignaturas para las profesiones que se ofrecen, y la índole de los títulos que se entregan– van a colocar al país en un nivel de ventaja o desventaja respecto a los demás. Ya no de aspirar competir en el mundo, tan solo superar la condena tercermundista. Esta inquietud, sobre la que ni siquiera hay debate nacional, ni al interior de los centros educativos, ni liderazgo alguno que, como iniciativa propia, hayan tomado los centros de enseñanza, es de vida o muerte. Figura al centro de la encrucijada de si vamos a subsistir o perecer como pueblo y como nación. Mucho más a la luz de crisis recurrentes que se han venido padeciendo.

Lo anterior –meses atrás– lo expusimos como tema de discusión en un conversatorio con rectores universitarios. Fue invitada, pero no se conectó al zoom, la entonces autoridad educativa. Los asistentes prepararon un documento. Tenemos entendido que lo entregaron al sector oficial, sin que después supiésemos qué fin tuvo. La formación del individuo es obra que inicia en el hogar, prosigue en las escuelas y continua –a lo largo de toda la vida– moldeada por cada uno, si existe apetito de superación. Dejemos sentadas algunas premisas. Aun con los esfuerzos que hayan hecho estos países de aumentar el acceso a la educación, “estar en la escuela no es lo mismo que aprender”. En todo el mundo –revela un informe del BM– cientos de millones de niños “llegan a la edad adulta sin siquiera tener las habilidades más básicas”, como realizar un cálculo aritmético, leer las instrucciones de un médico, comprender simples directrices de faenas rutinarias y “mucho menos forjarse una carrera satisfactoria o educar a sus hijos”. “La crisis de aprendizaje es, en esencia, una crisis de enseñanza”. “Para que los alumnos aprendan necesitan buenos profesores”. Hay maestros dedicados y entusiastas que sorteando obstáculos honran el llamado de su noble vocación. ¿Pero cuántos son? ¿Qué pasión hay por mejorar desafiando las pavorosas deficiencias de la cátedra y la pobre calidad educativa? ¿Qué entusiasmo ponen al desempeño, aparte de las usuales aspiraciones de interés gremial?

Ahora entrando a los sensacionales cambios ocurridos en las últimas décadas. La tecnología debiese ser un factor coadyuvante a la capacidad de aprendizaje. Ninguna generación como la de hoy –los niños, jóvenes y adultos– ha contado con tantas herramientas tecnológicas –Internet, computadoras, aparatos digitales superiores, sistemas informáticos como extensión de la mente y de las manos, que posibilitan el acceso inmediato a cualquier contenido facilitando la tarea–. Comunicación y transmisión al instante, con solo pulsar un botón, o poner el dedo sobre la pantalla. ¿Pero cómo se usan? ¿Cuánto de su portentoso caudal de formar positivamente e informar cosas ciertas se aprovecha? Muy poco y la mayoría de lo que obtienen y difunden es distorsión o changoneta. ¿Qué buen uso hacen de la tecnología disponible los estudiantes y los mismos profesores? ¿La ocupan de apoyo didáctico, como soporte pedagógico o la utilizan como recurso divertido para el frívolo entretenimiento y la divagación? Sin duda las urgencias nacionales que precisan acciones son la intolerable tasa de desempleados –un famélico cuerpo enfermo vaciándose por la hemorragia de los éxodos migratorios — y el estancamiento –ya no sería parálisis, sino que hundimiento– que le causa al país la deplorable calidad educativa. Para que las reformas educativas sean exitosas es imperativo una revisión a fondo de las fallas, acertado diseño de las políticas, mentes actualizadas que asimilen la magnitud del deterioro sufrido, y del ingenio suficiente que alcance entender la complicada dimensión de la nueva realidad. Paralelamente, no habrá forma de competir con otros que ya nos superan con creces, si a la par no se empeñan al reentrenamiento, en todos los campos, de la fuerza laboral. (No solo estamos en la cola de la cola –resopla el Sisimite– en calidad educativa se anda “con la cola entre las patas”).

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