EL DETONANTE

MA
/ 21 de septiembre de 2022
/ 01:26 am
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EL DETONANTE

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“ES simple –un mensaje del secretario general de la ONU– los sistemas educativos de hoy no sacan alta nota”. “En la Cumbre “Transformando la Educación” –continúa diciendo– insté a los líderes mundiales a encontrar y apoyar soluciones para garantizar que todos pueden aprender, prosperar y soñar durante todas sus vidas”. Hizo un llamado a “una movilización global a los gobiernos, los jóvenes, sociedad civil, líderes empresariales y filántropos para que unan fuerzas con Naciones Unidas y sus instituciones como UNESCO, UNICEF, y nuestros equipos en el terreno” para alcanzar ese propósito. Todo eso, a tono con lo dicho en esta columna de opinión infinidad de veces –solo que como meterse a arar en el mar– sintetizado hoy en los dos últimos editoriales de LA TRIBUNA. La urgente necesidad del país –con años luz de rezago en estándares educativos respecto a otras sociedades– de abrir los dos ojos y percatarse del premonitorio aviso de las alarmas. Esta terrible crisis educativa es de vida o muerte; y de continuar desatendida, una condena a desaparecer, como pueblo y como nación.

Convengamos, pues, que es cuestión de una revisión profunda del disfuncional sistema educativo –que no da signos de asomar por ningún lado– y sus inútiles currículos académicos inadecuados al desafío de la nueva realidad, y su ruinosa metodología de enseñanza. Sin embargo, ¿quién sabe si allá en la ONU y en las instituciones de la burocrática organización encargadas de los temas de la educación, el aprendizaje y la enseñanza, les ha caído el veinte sobre cuál sea la verdadera naturaleza del problema? Ello es que no solo es cosa de reformas de los inservibles sistemas. Sino que no hay manera de educar con maestros que no pueden enseñar y estudiantes que no quieren aprender. Y este mal –endémico aquí y parecido en todos lados– tiene otro poderoso detonante que hasta ahora no se ha querido abordar. Nos referimos a los sensacionales cambios ocurridos en las últimas décadas. ¿Qué solución plantean a la invasión perversa de los gigantes tecnológicos sobre las sociedades? Capturando las mentes de los zombis robotizados de hoy. Pero también el alma. Alimentando –por medio de sus deformadores algoritmos– un voraz apetito por el conflicto, la superficialidad, la falacia, la desinformación; que hacen irresistible, no las ganas de aprender, sino que un ininterrumpido afán de entretenimiento. ¿Qué solución propone el secretario general, la UNESCO y UNICEF, y aquí de paso el PNUD, como remedio a este trastorno descomedido? La socialización de hoy día, ya no es un convivio personal, amigable, saludable, armonioso, amable, civilizado entre personas, sino esa forma fría, distante, impersonal –por medio de chunches transmitiendo pichingos– y destructiva del idioma y de la coexistencia humana. Prestando más atención al adictivo aparato que a la conversación.

Una peste que ha contagiado la presente generación a una velocidad supersónica; más viral que la pandemia sanitaria que paralizó el mundo. La tecnología debiese ser un factor coadyuvante a la capacidad de aprendizaje. Ninguna generación como la de hoy –los niños, jóvenes y adultos– ha contado con tantas herramientas tecnológicas –Internet, computadoras, aparatos digitales superiores, sistemas informáticos como extensión de la mente y de las manos– que posibilitan el acceso inmediato a cualquier contenido facilitando la tarea. Comunicación y transmisión al instante, con solo pulsar un botón, o poner el dedo sobre la pantalla. ¿Pero cómo se usan? ¿Cuánto de su portentoso caudal de formar positivamente e informar cosas ciertas se aprovecha? Muy poco y la mayoría de lo que obtienen y difunden es distorsión o changoneta. ¿Qué buen uso hacen de la tecnología disponible los estudiantes y los mismos profesores? ¿La ocupan de apoyo didáctico, como soporte pedagógico o la utilizan como recurso divertido para el frívolo entretenimiento y la divagación? ¿Nos vamos entendiendo? Imprescindible la reforma profunda de los sistemas, pero para lo mismo si no se cambian los comportamientos, los resabios, las adicciones que matan la posibilidad de enseñar y de aprender. Aquí que hay un raro embeleso hacia lo ajeno; la autoestima por los suelos que descalifica el talento propio; pero para enterarnos qué tan mal estamos no es necesario consultar afuera. No hay que pagar expertos importados –si nada han hecho allá, peor para que sepan qué hacer acá– que vengan de otro lado a asesorar sobre lo que, por lo visto, ignoran. Suficiente este diagnóstico. Además, sin costo alguno o malgastar en caras asesorías, aquí lo tienen de choto. (“Me lo contaron y lo olvidé –Winston citando a Confucio– lo vi y lo entendí, lo hice y lo aprendí”. “Aprender para entender –el Sisimite con Spinoza– porque entender es ser libre”).

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