Ignominia

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/ 22 de septiembre de 2022
/ 12:33 am
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Ignominia

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Carolina Alduvín

La fanaticada liebre ha protagonizado junto a sus amos el mayor de los ridículos, además de exhibir sin pudor alguno su naturaleza irrespetuosa, majadera, desconsiderada y autoritaria; no solo afectando los valores cívicos, sino también a nuestro mejor recurso: los jóvenes en proceso formativo, de colegios públicos y privados, al limitar, postergar, boicotear y hasta frustrar su esperada participación en el tradicional desfile con el que culminan las festividades patrias. Por fortuna, pudimos apreciar el deterioro de su supuesta popularidad; que no es tal, porque la masiva votación merced a la cual el familión se hizo con el poder, en pequeña proporción se origina de simpatía por alguno de sus miembros, la confusa ideología que representan o su pésimo desempeño. No olvidemos que los obtenidos, son votos de repudio a la anterior administración, misma en la que se recuestan para tratar de justificar su inoperancia, ausencia de empatía y desprecio por los votantes a quienes se deben.
Es absolutamente injusto el trato despectivo recibido por nuestros colegiales, quienes luego de estarse preparando durante semanas, para ejecutar de la mejor manera sus instrumentos musicales, exhibir sus mejores pasos y suertes durante la marcha cívica y que, sus padres patrocinaran los vistoso uniformes de gala que portan durante los desfiles, se les dejara durante horas, bajo el inclemente sol matutino en las calles aledañas al estadio, para dar paso a las turbas amaestradas y grupos de choque, que desde los días de la sucesión constitucional acompañan al bigotón en sus manifestaciones, relajos, tomas de vías públicas y destrucción de locales comerciales privados, afectando en gran medida a los trabajadores que se ganan la vida y dependen de que esos negocios sigan operando.

Tampoco pudieron ocultar que su participación, así como la de algunos empleados públicos, se controla y hasta remunera con parte de nuestros ingresos; ya que, dada la subyacente impopularidad del régimen a defender, sus autoridades deben recurrir a amenazas, coerción y hasta prácticas mercenarias para aparentar poder de convocatoria. Para evidenciarlo, nativos y extranjeros, vimos el inocultable grado de repudio, patente en cada botella con agua, desechos nitrogenados, otros líquidos y proyectiles disponibles, que les fueran arrojados a su paso por las tribunas, dejando el recinto más sucio que de costumbre.

Y para rematar, la esencia de la vulgaridad y el mal gusto, al poner totalmente fuera de lugar, una burda imitación del siempre principal atractivo visual del desfile de colegios. No se trata de homofobia, sino de que es una festividad cívica, que celebra la emancipación de una antigua metrópoli y del inicio de nuestra vida republicana. La usurpación del lugar de nuestros estudiantes del nivel medio, por personas exhibicionistas, que disponen de otras fechas para celebrar sus preferencias, habla más de un engaño a la ciudadanía, a quien mentirosamente se le dijo que esos grupos no participarían y mucho menos, que iban a desplazar a quienes se prepararon debidamente, tirando por la borda el entusiasmo de docentes, padres de familia y los mismos estudiantes en formación, que cada vez tienen menos alicientes para superarse.

En los pasados 200 años, jamás se vio mayor irrespeto y trastocamiento de los valores y símbolos patrios. El Foro Sao Paulo, claramente recomienda la destrucción de los símbolos nacionales, con el objetivo de que las nuevas generaciones, además de apáticas, se conviertan en apátridas, vean con agrado la desintegración de la familia y de todo tipo de pertenencia, para que el único panorama al alcance sea la pervertida doctrina autoritaria que van deslizando al ritmo de las circunstancias. Un triste espectáculo para los pocos que siguen apoyando a este nefasto gobierno y para los representantes de los gobiernos amigos que aún están con nosotros.
En las tribunas, las cosas no lucieron mejor, alguien se tomó la molestia de divulgar el momento en que la de los votos prestados recibe una sustancia blanca de parte de un uniformado con tres estrellas en sus charreteras y, a su diestra, el ilegítimo presidente impuesto de otro poder del Estado. Que pudiera ser un montaje, ese dictamen se lo dejo a los expertos, aunque así fuera, habla muy bien del poco respeto al que se ha hecho acreedora la protocolaria ocupante de la primera magistratura, que se cumple uno u otros caprichos, pero incapaz de gobernar.

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