De mi reciente obra “Ese soy yo”…

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/ 16 de octubre de 2022
/ 12:02 am
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De mi reciente obra “Ese soy yo”…
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Por: Mario Hernán Ramírez*

Estamos compartiendo con nuestros queridos lectores dominicales, algunos retazos de mi obra reciente “Ese soy yo”.

Por muchos años tuvimos la oportunidad de ver y admirar a ciudadanos como el profesor Toribio Bustillo, doctor Jorge Fidel Durón, abogado Eliseo Pérez Cadalso, profesor Joaquín Bográn Fiallos, el de igual título José Zerón h., el maestro del deporte Lurio Martínez, profesor Francisco Lagos h., y algunos otros personajes que a su paso por las calles de la vieja Tegucigalpa saludaban a diestra y siniestra rindiéndole el sombrero a cualquier parroquiano que les dijera adiós. De esa estirpe ya solo queda el recuerdo, pues ahora la mayor parte de la gente pasa desapercibido a los demás transeúntes.

Hablando de los incendios recordamos un tanque cisterna que tenía la municipalidad el cual servía para regar agua en las principales calles polvorientas de aquella época y cuando se presentaba algún incendio era el único auxiliar conque contaban ciudadanos como Tomás Martínez (Kakita), Terencio Z. Amador, Natalio Quílico y otros que participaron heroicamente en conflagraciones como la del Restaurante y Aplanchaduría Lastra, Farmacia Unión, El Mundo Elegante, el propio cine Hispano, Bazar Unión y más acá en el tiempo en la Dirección General de Aduanas, Cuartel General de la Policía Nacional, Mercado San Isidro y el edificio Los Corredores de la familia Midence Soto.

Por aquél tiempo admirábamos la presencia de compatriotas como el doctor Alejo Lara Lardizábal que desde el centro de Tegucigalpa llegaba hasta su trabajo en el recién fundado Centro de Salud Alonso Suazo, recorrido que hacía de ida y regreso a pie, subiendo toda la cuesta de La Isla, lo que le dio la ventaja de haber fallecido a la edad de 103 años; también era muy común ver al arquitecto Fernando Pineda Ugarte con su característico casco de explorador, bajar y subir a diario la cuesta de Buenos Aires hasta su lugar de trabajo en el centro, a pie, lo que le valió haber alcanzado la respetable edad de 100 años; contemporáneamente hablando, otro de esos capitalinos distinguidos que casi nunca usó coche para su traslado desde la colonia Miraflores hasta su bufete en el centro de la ciudad era el abogado Miguel Rodrigo Ortega quien dejó de existir a la respetable edad de 99 años, y por qué no recordar a nuestro dilecto amigo periodista y escritor Enrique Gómez que también desde la colonia Quezada hasta la redacción de diario El Día realizaba su jornada a puro “pincel” y Quique como cariñosamente le llamábamos o “El Bambino de Oro” como le decían las muchachas periodistas de su tiempo, por su exquisita simpatía. Quique Gómez sobrepasó los 90 años.

Vienen a mi mente, los recuerdos de los fogones construidos de ladrillo rafón y barro, lo que le daba una consistencia sólida para resistir los trabajos a que eran sometidos los mismos; pero también, había en los solares de aquellas antiguas casas los llamados hornos que servían para preparar exquisitos panes elaborados generalmente con manteca de cerdo; estos fogones y hornos eran alimentados con leña de ocote y de roble que se vendía en las pulperías de los barrios citadinos a tres centavos el de roble y dos el de ocote, por lo que con cinco o diez centavos podían cocinar nuestras amas de casa todo el día. Era una bellezada saborear aquellas deliciosas tortillas abombadas que desde muy temprano las cocineras preparaban para acompañar los desayunos, las que eran cocinadas en comales de barro y los frijoles en ollas del mismo material, de igual forma los sartenes para otros alimentos; casi toda esta artesanía provenía de Ojojona, F.M., hubo una señora de gratos recuerdos que comercializó esta industria del barro con el nombre de “Típicos Ojojona”, llamada Guillermina Cerrato de Díaz Zelaya (la famosa Tía Mina).

En los años veinte, contaba mi madre, habían llegado a Tegucigalpa unos inmigrantes italianos conocidos como los hermanos Rossoto, quienes montaron un taller industrial en el que entre otras cosas comenzaron a fabricar estufas de hierro, las que funcionaban con leña y tenían unas enormes chimeneas, para lo cual también existió un personaje a quien todos llamaban “Motión” y que el “Tío Margarito” y el escritor Toño Rosa en uno de sus gustados artículos de antaño recuerda pormenorizadamente, por qué era el hombre que se encargaba de limpiar las chimeneas y como consecuencia lógica toda la vida andaba lleno de hollín su cuerpo y su ropa, sabrá Dios como resistía aquel estigma, porque no usaba mascarillas ni guantes.

Posteriormente llegaron las estufas de gas, de las cuales recordamos a finales de los años cincuenta a nuestros buenos amigos René Durón y Roberto Abadie quienes fueron los primeros en traer a Tegucigalpa las hoy famosas estufas Tropigas; habiendo vendido el negocio a una empresa fuerte y dedicados ellos a otros menesteres; René Durón, se fue para Comayagua y se hizo de tierras y ganado, por lo que se convirtió en uno de los grandes productores de leche, Roberto en cambio, terminó su carrera de ingeniero civil e ingresó al benemérito Cuerpo de Bomberos hasta llegar a ser su comandante con el grado de general.

Más acá en el tiempo aparecieron las estufas eléctricas, las que naturalmente eran compradas por la gente adinerada, ya que era una verdadera novedad aquel artefacto que trajo consigo las refrigeradoras, neveras y toda una gama de electrodomésticos que desplazaron a las fábricas de hielo y otras empresas dedicadas a este rubro. Estos relatos continuarán…

*Presidente vitalicio “Consejo Hondureño de la Cultura Juan Ramón Molina”.

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