Dos maneras de extraer la riqueza de un país

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/ 19 de octubre de 2022
/ 12:21 am
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Dos maneras de extraer la riqueza de un país

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**Héctor A. Martínez (Sociólogo)

Los que creen que Putin invade Ucrania en nombre del patriotismo y la añoranza nacionalista, se equivocan. Putin invade Ucrania porque necesita los recursos de ese país para mantenerse en el poder y para subir de categoría a la rezagada economía rusa. La historia lo demuestra a lo largo de los hechos que la marcan, desde los hunos hasta la Unión Soviética, pasando por el siempre mal recordado Adolf Hitler: las guerras son la razón irracional para obtener los recursos de un país, a costa del saqueo y la muerte. Entre Putin y Genghis Khan no hay diferencia alguna, salvo el saco y la corbata.

Hay dos maneras de extraer los recursos: haciendo la guerra o quitárselos a los que generan la riqueza. Si no es posible hacer la guerra, entonces los recursos pueden obtenerse por otra vía más “pacífica” a través del invento social, económico y político más grande y adulterado del siglo XX: el llamado Estado Benefactor, una quimera diseñada para “ayudar” a los más pobres transfiriéndoles parte del dinero de los contribuyentes. El Estado Benefactor funciona a la manera de una agencia de captación de recursos, que serán utilizados para suplir -a medias- con servicios de bajo coste como la educación pública, servicios médicos y seguridad ciudadana. Hasta ahí nada parece irregular.

El problema surge cuando la empresa privada no expande operaciones, y las inversiones extranjeras brillan por su ausencia o son insuficientes. El mercado deja de crecer, la productividad se comporta como una montaña rusa, con bajones y alzas repentinas, reflejadas en estadísticas que se maquillan, que solo sirven para propósitos propagandísticos. El sector productivo nacional deja de crecer porque los empresarios más fuertes se acostumbran a explotar los mercados internos en condición de monopolios, protegidos por el mismo Estado a través de subsidios, exenciones y otras regalías. Una vez llegados al límite de su crecimiento, sobreviene el desempleo y la pobreza. Es de esperarse que llega el día en que los votantes -sobre todo los de la clase media- se exasperaran al ver su consumo disminuido y la calidad de vida empobrecida. Esa es la verdadera situación de Honduras desde hace más de diez años.

Bajo ese calamitoso estado, los recursos escasean, la demanda de empleo aumenta, mientras la oferta se ve disminuida. Es lógico suponer, que una vez llegados al poder, los gobiernos hacen de tripas, corazones; cuando tienen buenas intenciones, o sea, nunca. El presupuesto debe estirarse o recortarse en algunas líneas, o bien se pide prestado irresponsablemente, total: serán otros los que pagarán mañana. En suma: el Estado Benefactor de marras, fracasa en su misión originaria.

Pero la tragedia no termina ahí. La distorsión final del Estado Benefactor es el Estado concentrador del poder, el mismo que anunciaba Chávez, y ahora lo hacen con buen pie, Bukele, Ortega y otros de por aquí. Es la “pirracha” del fracasado Estado Benefactor, del cual solo queda el nombre y su fantasma que deambula por toda Latinoamérica. ¿Cómo hacer para obtener los recursos perdidos y mantener esa estrepitosa burocracia plagada de activistas y empleados que no agregan más valor que el de ofrecer voto y logística en tiempos de elecciones? Se acude al préstamo internacional, a la amistad bilateral o al “pordioserismo” tercermundista. Se endeudan “hasta la madre”, como dice el vulgo.

La tragedia entra a su última escena con la aparición estelar de los partidos de izquierdas, que ven en el Estado y en sus escasos recursos la posibilidad de salir de la pobreza personal de sus dirigentes. Lo de la economía planificada es solo para ilusionar a los ingenuos de boinas verdes con estrellas rojas. El poder concentrador se enemista con los empresarios, nacionaliza y expropia, para quedarse con los recursos, en nombre del pueblo. Pero todo llega a su fin. Para cuando la élite “socialista” se ha enriquecido, ante el fracaso político y la miseria popular, sus líderes comienzan a vender los activos del Estado al sector privado. ¡Necesitamos capitalizar! dijo Nicolás Maduro no hace mucho.

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