BARLOVENTO: Prudencia mundial indispensable

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/ 20 de octubre de 2022
/ 12:58 am
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BARLOVENTO: Prudencia mundial indispensable

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Por: Segisfredo Infante

Nadie ha solicitado nuestras opiniones sobre el acontecer internacional, en tanto que pareciéramos insignificantes al margen de la toma de terribles decisiones. Pero como ciudadanos del mundo, y como sujetos fotopensantes, tenemos el derecho de opinar y de pronunciarnos sobre aquellos fenómenos accidentales o permanentes que afectan la vida de todos los pueblos que circundan la faz de la Tierra. No podemos ni debemos esconder las cabezas de somormujos en los agujeros locales, ignorando la gravedad de las guerras regionales, como la que ahora mismo se está escenificando sobre el territorio de Ucrania y sus alrededores, con peligrosas consecuencias económicas, políticas, financieras y militares para el resto de la humanidad.

Enredados en los problemas internos de cada país, corremos el riesgo de oscurecer aquellos acontecimientos internacionales que ponen en entredicho nuestra capacidad de seres racionales, al dejarnos llevar por las corrientes polarizadoras que de antemano rechazan cualquier otra interpretación o solución alternativa. La salida diplomática y estratégica correcta frente al conflicto entre la Federación Rusa y Ucrania, la facilitó el historiador Henry Kissinger durante año 2014. Pero como se trata de un anciano retirado de la vida política y diplomática, casi nadie le prestó atención, olvidando sus enormes conocimientos de geopolítica, acumulados, en sus múltiples estudios, desde las guerras napoleónicas hasta la presente fecha. Kissinger ha aconsejado que en ciertos momentos hay que saber retirarse, o replegarse, táctica o estratégicamente. Lo demostró con el tema de la guerra en Vietnam y luego en los conflictos del Cercano Oriente, siempre buscando la salida diplomática y pacífica, con el fin de respirar oxígeno y reponer las fuerzas perdidas en cada circunstancia, con el equilibrio geopolítico como norte magnético en todo análisis de los aconteceres bélicos.

Mucho antes del librepensamiento de Henry Kissinger, el ideólogo marxista ruso Vladimir Ilich Lenin, presionó en dirección a neutralizar y a finalizar la “Primera Gran Guerra”, frente a los desgarradores acontecimientos producidos por la carnicería de trincheras. Lenin propuso al interior de su propio partido político y del nuevo gobierno, la “Paz de Brest-Litovsk” (de marzo de 1918) con el propósito de superar el estancamiento de la guerra. La mayoría de sus camaradas bolcheviques se opusieron con fiereza (incluyendo a León Trotski) a la negociación diplomática con el “Imperio Alemán”, y a la retirada estratégica de territorios que parecían innegociables desde la perspectiva rusa. Pero V.I. Lenin, al margen de su ideología rígida, más allá de todo era un hombre realista, con gran intuición y flexibilidad política, como poquísimos marxistas han existido en los últimos ciento cincuenta años. Finalmente Trotski accedió y le dio su voto de confianza a la propuesta de Lenin, y entonces las cosas marcharon sobre rieles, con el mismo León Trotski como negociador de aquel “Tratado” táctico-estratégico con los alemanes. (Los dirigentes de los bandos enzarzados en la pugna actual, agregando al aparentemente inflexible Vladímir Putin, han olvidado aquella lección histórica).

Ninguna ideología, por muy coherente y bonita que parezca, debe colocarse por encima de los intereses de la humanidad, que suelen ser distintos de los intereses inmediatistas de aquellos que dirigen a las grandes potencias. A mi juicio el derecho a sobrevivir de la especie del “Homo Sapiens Sapiens” es el derecho más sagrado, que los hombres, mujeres y niños del mundo han conseguido con un trabajo tesonero de muchos miles de años de evolución consciente, neutralizando los desafíos de la naturaleza y los instintos guerreristas que, por diferentes motivos, han alzado la cabeza despiadada en el curso de la “Historia”. Frente al instinto destructor y autodestructor de los guerreros, al final ha prevalecido el antiguo principio de cooperación entre los hombres, el cual es el principio cocreador y continuador de las verdaderas civilizaciones. Sin cooperación es casi imposible la creación de “algo”.

Pienso que los seres humanos, de cualquier parte del globo, devenimos obligados a oponernos, pacíficamente, a todo discurso de destrucción de nuestra especie, en tanto que es sabido que, desde hace varias décadas, al desatarse una guerra termonuclear, nadie vencería a nadie. De repente moriríamos todos los hombres, mujeres y niños. Y entonces la esfera terráquea quedaría vacía, sin ningún sentido. Por eso hay que exigir a los dirigentes de los bandos en pugna, que aplaquen sus discursos y acciones inmediatamente, y que adopten la prudencia indispensable a nivel mundial.

Si acaso me pidieran la adhesión a uno de los bloques enzarzados en la terrible guerra ucraniana, amén de que soy occidental, yo les contestaría que estoy de lado de la sobrevivencia de la especie humana, con la convicción que se trata de los más altos intereses vitales de este pequeño y grandioso rincón del Universo.

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