¿SABOR AMARGO?

ZV
/ 20 de octubre de 2022
/ 12:37 am
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¿SABOR AMARGO?

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NO pueden quejarse. Si la afición siente estéril el pugilato entre aliados durante la campaña electoral –hoy distanciados en el poder– solo es de voltear la mirada para encontrar consuelo. No hay que ir muy lejos a percatarse de la dureza del maltrato que se dispensa la clase política en naciones que presumen ser menos atrasadas y más educadas. Una muestra de ello sería el debate presidencial de este fin de semana en Brasil, entre los dos candidatos –un presidente de derecha sentado en la silla con intención de repetir y un expresidente izquierdista que quiere regresar– que prefirieron cautivar al público no con propuestas de gobierno, ni con salidas esperanzadoras a la crisis que aflige a los brasileños, sino con insultos y recíprocas acusaciones. Bien pudo haber sido –a la luz de los resultados que arrojan las encuestas a dos semanas de la elección de segunda vuelta, favorables al opositor– que quien va adelante prefiere no arriesgar terreno ganado en otro explosivo encuentro. El equipo de campaña del Partido de los Trabajadores canceló la participación de su candidato al último debate previsto a una semana antes del día del juicio final.

El canal que transmite los intercambios no tuvo de otras que programar una entrevista de una hora con el actual inquilino de la casa de gobierno ya que este sí confirmó su asistencia al espectáculo montado. Relata la prensa que tanto Bolsonaro como Lula jugaron sucio en el debate del pasado domingo. El formato acordado permitió largos cruces dialécticos –sin mayores interrupciones– entre los contrincantes, que derivaron en repetidos enfrentamientos, “los golpes bajos, las mentiras, insultos y hasta palabras soeces”. Se atropellaron sin mayores interrupciones –con contados llamados al orden de los moderadores– que hubo un momento cuando Lula dirigiéndose a su rival le preguntó: “¿Acabó?” –“Sí acabé”–respondió Bolsonaro. “Pues déjeme contarle algo”, prosiguió Lula con su alegato. Lula cargó contra Bolsonaro por “su incompetencia en el manejo de la pandemia”, echándole en cara los 660 mil muertos, se dice que “dos tercios atribuibles al retraso en la compra de las vacunas”, la grave situación económica que golpea al segmento más pobre de la población, y la destrucción de la selva amazónica. “El tiempo –respondió Bolsonaro– se encargará de darme la razón”. Ambos, al sentirse acorralados con las punzantes acusaciones que intercambiaban, buscaban desviar la atención hacia otros temas. Bolsonaro encendió el surtidor de suciedad que salpicó a Lula durante su gestión gubernamental: “Petrobras fue el mayor escándalo de corrupción de la humanidad; saquearon 90 mil millones de reales (18 mil millones de dólares) y usted se metió el dinero en el trasero y lo repartió con sus amigos –espetó Bolsonaro– Lula quédate en casa y no intentes volver a la escena del crimen”. Lula, reconociendo que hubo corrupción, justificó que esta se descubrió y salió a flote por “la transparencia de su gobierno”.

Otro tema espinoso fue la liga que hizo Bolsonaro de Lula con otros gobernantes de izquierda –el comandante nicaragüense y el inamovible venezolano, el colombiano y el argentino–enfatizando en la persecución de Ortega y encarcelamiento de sus opositores, periodistas y la detención de sacerdotes, el cierre de iglesias y de medios de comunicación. “Si alguien se cree imprescindible, está naciendo un dictador –ripostó Lula– pero si Ortega está equivocándose, que el pueblo nicaragüense lo castigue; si Maduro está equivocándose, que el pueblo venezolano lo castigue”. (Como si allá hubiese posibilidad del desquite democrático). Entre las linduras que se dedicaron: Lula llamó a su oponente “pequeño dictadorcito”, “mentiroso” y “la cara de piedra de este tipo”, mientras que Bolsonaro le correspondió los cumplidos tachándolo de ser “una vergüenza nacional” y un “ladrón”. ¿Qué tanto influyó el debate en la concurrencia? Posiblemente mínimo, aparte del sabor amargo –de gente afligida por su futuro– por la falta de respeto de sus líderes políticos de discutir con elegancia cosas de Estado. (“El castigo del embustero –el Sisimite con Aristóteles– es no ser creído aun cuando diga la verdad”. “Como nada es más hermoso que conocer la verdad –Winston con Cicerón– nada es más vergonzoso que aprobar la mentira y tomarla por verdad”).

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