CONCILIACIÓN

ZV
/ 23 de octubre de 2022
/ 12:31 am
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CONCILIACIÓN

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HAY un clamor de la sociedad civil hondureña, y del pueblo en general, en dirección a que se trabaje por la unidad de todos los factores productivos y humanísticos, con el objeto táctico y estratégico de sacar a Honduras del permanente atolladero histórico, y de la calamidad económica y emocional en que hoy se encuentra. Sobre todo en el amplio contexto de la pandemia y de los huracanes Eta, Iota y Julia, que han perjudicado gravemente la producción agropecuaria y la infraestructura física del país, con la triste secuela de damnificados que todos conocemos, especialmente en la capital, en el valle de Sula, en el departamento de Valle, y en algunos puntos estratégicos de la zona occidental de Honduras. Sin carreteras, sin puentes, sin caminos y sin lazos fraternos, es casi imposible que se muevan nuestros productos, incluyendo el café, el banano y los derivados de la palma africana, que son fuentes de empleos y divisas.

Desde tiempos inmemoriales los actos conciliatorios han producido alegría entre los vecinos mayoritarios de las comunidades (históricas y prehistóricas) que por diversos motivos, a veces inexplicables, han entrado en conflicto, paralizando el comercio y la buena voluntad de la gente con capacidad de raciocinio. Pero una vez que las aguas turbulentas han vuelto a sus cauces normales, los dirigentes y los simples pobladores han encontrado los mecanismos básicos que han facilitado la conciliación interna y externa con el fin de conseguir la estabilidad material y espiritual.

Los historiadores científicos y los aficionados a la historia universal de la cultura, conocen que, en la antigüedad, existieron civilizaciones que duraron miles de años resguardando el equilibrio interno (e incluso externo), que les permitió crear monumentales manifestaciones artísticas que ahora mismo impresionan a los estudiosos y a los simples turistas de ocasión. Es casi imposible crear producción espiritual (sea material o intangible) en medio de la inestabilidad y la anarquía. La sabiduría sumeria cayó en desgracia por las constantes invasiones de los pueblos vecinos, con la perversa intención de borrarlos del mapa, al grado que nada conocíamos de los sumerios hasta hace aproximadamente cien años. Pero los egipcios se mantuvieron casi intactos durante miles de años, por motivos y razones que deberíamos estudiar. Otro tanto ocurrió durante la larga “Edad Media” en Bizancio y en otros países del occidente europeo, principalmente en Francia, que gozaba de satisfactoria estabilidad. Además de esto sería preciso estudiar a la China milenaria, antes de caer en las convulsiones de los siglos diecinueve y veinte.

Tal parece que a partir del “Renacimiento”, o desde un poco antes, los europeos y otros pueblos adoptaron el camino de las guerras “interminables” y de las inestabilidades nacionales e internacionales, hasta que comprendieron que la tolerancia religiosa y política hacia los demás, es la columna vertebral, sin la estructuración de la cual es imposible desarrollarse con el esplendor que subyacía en las mentes más brillantes de aquella época, tanto en los niveles intelectuales, artísticos como industriales. La actual Unión Europea es la síntesis de un largo proceso de meditaciones y de ensayos concretos en busca de la soñada estabilidad contemporánea, a pesar de las amenazas recientes tanto adentro como afuera de tal mancomunidad.

Honduras, un país atrasado, o de “desarrollo medio” como dicen los informes del PNUD, coexiste en la periferia de sociedades mundiales altamente desarrolladas, que lograron alcanzar unos envidiables índices de desarrollo colectivo, en tanto que se reconciliaron hacia adentro con los diversos movimientos políticos y espirituales, lo mismo que hacia afuera de sus fronteras, con aperturas comerciales contundentes, con diversificación de la agricultura y con el pertinente desarrollo industrial, sumando a ello la libertad de prensa, la libre emisión del pensamiento, la libertad de cultos y otras libertades concomitantes. Ahora es el momento oportuno que los catrachos conciliemos nuestras voluntades, oponiéndonos a toda incitación a los conflictos bélicos.

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