China, potencia al estilo chino

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/ 25 de octubre de 2022
/ 12:28 am
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China, potencia al estilo chino

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Juan Ramón Martínez

Crecimos bajo la idea que China era “un tigre de papel”. Y que la potencia futura que disputaría la hegemonía, sería Japón. El más firme creyente de este vaticinio era nuestro profesor Modesto Herrera. Habíamos leído una entrevista entre Mao y un periodista inglés en 1950. Este con mucha arrogancia le preguntó a Mao, cuál era el fin de su revolución. Este, le respondió: “hablar con ustedes viéndoles a los ojos”. Entonces los chinos eran bajos, famélicos y mal vestidos. Los ingleses altos, atléticos y altaneros. La finalidad era muy clara; el inglés no la entendió. En 1972, Kissinger le preguntó a Deng Xiaoping, si China, tenía planes de llegar a ser una potencia. Respondió negándolo y el estadounidense y sus colegas, le creyeron. Pero China desde entonces, tenía como máxima, “no llamar la atención, para ganar tiempo”. El pragmatismo de la generación posterior a Mao, les permitió crecer económicamente apoyados por Occidente, mientras preservaban su sistema político.

Ahora, con la continuidad de Xi-Jinping, está muy claro que China se muestra arrogante; se quita la máscara, porque “ha llegado su tiempo”. Y en forma clara, en el discurso que pronunciara, ha dicho que China se mantiene a la izquierda del leninismo en economía, a la izquierda del marxismo en política interna y a la derecha en política exterior. Es decir que seguirá con su capitalismo de Estado, con su modelo autoritario y en política exterior, buscará un nuevo orden internacional, con dos claras diferencias: nuevos conceptos de los que es la democracia y definiciones propias sobre lo que son los derechos humanos. En términos absolutos, que, en 2049, a cien años de la revolución de Mao, serían la primera potencia mundial. Y para confirmarlo, anuncia que, para anexar Taiwán, no renunciarán al uso de la fuerza, concepto que Xi-Jinping ha venido repitiendo en estos últimos dos años, dentro del concepto incluso de una China con dos sistemas que, ahora con las declaraciones de Xi-Jinping no tiene sentido. Taiwán, sería tomada y sus libertades, instituciones democráticas desmontadas; y, los derechos humanos de su población, suprimidos por el iracundo conquistador.

El mundo ha conocido diferentes potencias económicas y políticas. Ninguna ha dominado por siempre. De modo que la sucesión o sustitución, de una establecida por otra emergente, ha sido frecuente. En casi todos los casos, las transiciones han sido violentas, precedidas por una guerra. Solo en el caso del Reino Unido y Estados Unidos, la transición, fue pacífica, sin una gran guerra previa; pero sí en el curso de dos guerras. La de 1918 y la de 1945. Y en un caso, la potencia emergente -la Unión Soviética- perdió pie, en el pulso retador por sus debilidades económicas. Es decir que las potencias desaparecen, más que por sus fracasos militares que son lo más evidente; por sus debilidades económicas. China, en este sentido, tiene fuerza económica -aunque su crecimiento se ha ralentizado en los últimos cinco años-, un modelo político que le permite controlar su inmensa población; y una fuerza militar creciente que amenaza la superioridad de los Estados Unidos. Este país, tiene como ventaja, la capacidad del capitalismo y la fuerza de la democracia, para inventar soluciones frente a las crisis cíclicas del sistema económico que, igualmente afecta como lo estamos viendo, a China también. Al fin y al cabo, su modelo es capitalista, nada más que sin libertad; y, sin la imaginación creativa suficiente, para reinventarse.
China, tiene hace tiempo una política exterior destinada a mejorar la imagen suya. Informes publicados esta semana, señalan que China ha pagado, en muchos países, a formadores de opinión, personalidades influyentes en la cultura, para que modelen y mejoren la percepción de China: “menos impositiva que la estadounidense, respetuosa de los modelos internos y poco interesada si los sistemas políticos respetan la democracia y la libertad”. Con bastante éxito.

Sin embargo, la experiencia demuestra que China, en términos económicos, presta, pero el que no le paga, lo acogota y le quita los puertos, táctica que usa de manera natural. De modo que, sí ha llegado su tiempo, nosotros, tenemos que diseñar frente a China, una política exterior realista en que, en principio no renunciemos, al aliado antiguo, pasando al otro -como intentó Fidel Castro- creyendo que, el cambio será para mejorar. Porque, podemos perder todo.

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