BARLOVENTO: Vida, pensamiento y producción

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/ 27 de octubre de 2022
/ 12:09 am
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BARLOVENTO: Vida, pensamiento y producción

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Por: Segisfredo Infante

Cada quien puede formular su propio logaritmo en ligamen con diversos temas humanos y tecnológicos. Pero me parece que después de haber observado el discurrir de la “Historia” durante diez mil años aproximados, podemos establecer algunas prioridades centrales, en un orden consecutivo. Ante todo y por sobre todo está la vida humana, la cual es esencial; sin ella es imposible que exista una inteligencia superior fundadora de culturas y civilizaciones de diversos tipos. Tal inteligencia cerebral es la base del pensamiento creativo, el cual se proyecta en múltiples direcciones más o menos lógicas, tanto para recolectar y producir alimentos como para construir los primeros centros urbanos que los historiadores y arqueólogos conocen perfectamente. Con el pensamiento creativo fue posible la invención del arte, de los primeros números contables y del proceso de escritura sofisticada en general, hasta alcanzar altos niveles de abstracción perceptiva y especulativa, como la “Filosofía” y las matemáticas simbólicas, sin desdeñar jamás otras percepciones y abstracciones respetables.

Si comprendemos a fondo lo anterior, concluiremos que el respeto a la vida humana está por encima de las demás prioridades. El verbo respetar incluye el derecho sacrosanto de que sea salvaguardada la dignidad de la vida de hombres, mujeres, niños y ancianos, por muy humildes o marginales que estos sean. Pues desde las marginalidades prehistóricas, antiguas, medievales y modernas, han emergido las grandes civilizaciones, con triunfos, derrotas, decaimientos y renacimientos. En ausencia de la vida humana, el pensamiento creador sería inexistente. Y sin inteligencia racional, cualquier actividad productiva, en caso remoto de haberla, luciría como algo fantasmal o aleatorio.

Cuando aquí hablamos de “producción” nos referimos a todas las actividades económicas, comerciales, tecnológicas y financieras, encaminadas a producir valores de uso y de intercambio, que son el manantial del sustento de las vidas individuales y colectivas del mundo. Por eso considero que algo extraordinariamente brutal, desde un ángulo puramente negativo, es que se haya pretendido elevar la producción material exagerando cifras, o destruyendo vidas humanas de colectividades y nacionalidades enteras, con tal de alcanzar unos objetivos extraños. Tal cosa ha ocurrido en cualquier momento histórico, pero sobre todo en el luminoso y oscuro siglo veinte, cuando ciertos dirigentes utilizaron argumentos destructivos aparentemente “lógicos”, pero antihumanos y podridos en sus almas concupiscibles y en sus entrañas más íntimas, concretando un desdén inenarrable hacia el resto de la humanidad.

No puede haber producción material ni espiritual en ausencia de los pensamientos creativos más o menos coherentes. Tampoco podría existir la inteligencia superior (base del pensamiento) en ausencia de la vida humana. De tal modo que vida, pensamiento y producción, son tres conceptos vitales correlativos, en donde la vida humana es el eje central de todo lo cultural y civilizatorio. Es más, en ausencia del “Hombre” biológico y racional, la misma “inteligencia artificial” sería un completo absurdo.

Para que cualquier civilización sea factible, además de la vida pensante se requiere la producción de un “excedente” económico, que facilite la solvencia social y moral de los individuos y colectividades. Pero para producir tal excedente se necesita que aquellos que dirigen el “Estado” conozcan las leyes económicas específicas de cada momento evolutivo. Es decir, las posibilidades y los límites de las fuerzas productivas, tanto si han sido liberadas, o si se encuentran estancadas por atraso o por desconocimiento fatal de las probabilidades reales. Tales leyes conectan con dos conceptos básicos: 1) la producción del “excedente” o sobrante económico colectivo; 2) la creación del mecanismo de “incentivos” individuales, regulados y permanentes. Ambas cosas se correlacionan con el nivel de subsistencia; con vínculos interdependientes respecto de otras naciones; con factores geográficos cuasi determinantes; con la circulación monetaria y sus respaldos (o la ausencia de respaldos monetarios); y con la mano de obra creativa.

En nuestro tiempo, por regla general, las sociedades económicas son ricas en unos aspectos y muy deficitarias en otros. Cuando el nivel del déficit, la distorsión de datos, la sobrevaloración de los productos (o mercancías) y la insolvencia rebasan los límites racionales, entonces estallan las crisis que la mayoría de nosotros conocemos. Un enorme problema es cuando se pretende ocultar o negar la verdadera crisis, pues tal actitud conduce a la ruina financiera, a la indignidad y a las hambrunas descomunales. Pero lo peor de todo es cuando aquellos que devienen obligados a dirigir, se quedan de brazos cruzados sin ninguna iniciativa realista, encaminada a salvaguardar la vida, la base económica tradicional y la producción innovadora. En todo caso jamás deberá olvidarse la producción de víveres y medicamentos para los nuestros y los ajenos.

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