Corsarios hispanos en el Caribe hondureño ¿defensores contra las trasgresiones inglesas?

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/ 28 de octubre de 2022
/ 12:36 am
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Corsarios hispanos en el Caribe hondureño ¿defensores contra las trasgresiones inglesas?

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Por: Jorge Raffo

“(…) Varios bajeles (ingleses) han sido cogidos por un corsario español comandado por don Joseph de Palma y como estoy informado han sido llevados al puerto de Omoa” (extracto de la queja de Henry Moore, gobernador de Jamaica, 1757).

El denominado Golfo de Honduras -que abarca desde la parte suroriental de la península de Yucatán, el Golfo Dulce y el litoral del Caribe hondureño y nicaragüense hasta la Costa de los Mosquitos- fue escenario de numerosos encuentros navales y ataques terrestres que afectaron tanto a las posesiones españolas como a las no españolas -inglesas, francesas, holandesas- del Caribe. Con el afán de recuperar hegemonía en esa zona y combatir el comercio ilícito, la corona levantó la prohibición sobre una vieja práctica que otras testas coronadas europeas autorizaban con regularidad: las patentes de corso. El 22 de febrero de 1674 se dictó la primera Ordenanza de Corso para los súbditos de la América española. Así, “José Patiño Rosales, primer intendente de la marina española, se destacó por la promoción del corso español, sobre todo en Hispanoamérica” (Reichert, 2012).

Surgen las figuras de Miguel Enríquez, puertorriqueño; Vicente Antonio de Icuza, caraqueño; Felipe López, Francisco Mateo de la Guerra y Juan de Vera, hondureños; Gabriel Franco, Pedro Felipe de Sarriola y Esteban de la Barca, de Campeche; Antonio Palma, Domingo Martín del Rosario y Pedro de la Puente, de Bacalar; Ignacio Olavarría, Domingo Coímbra, Andrés González, Juan Bustillos, Francisco Roldan, Manuel Bosque, Juan Bautista de la Mota, Francisco Cierto, Juan de Cañas, Cosme de Sigarán, Pedro de Garaicoechea, Antonio Chaulier, Diego de Prado y Francisco de Cáceres, cubanos, entre otros. Todos los citados fueron corsos hispanos, pero se tiene el caso del francés Juan Chevallier, corso al servicio de España que operó en el Golfo de México. Alrededor de la isla Roatán navegó y apresó naves el corsario Martín de Bergara y Ortega -que vino desde la Metrópoli- mientras que el corsario cubano Cosme de Sigarán gustaba de “cobrar presas” en las costas de Honduras y llevar sus capturas a Omoa (AGCA, A2.1, Capitanía
General, Asuntos Generales, legajo 31, expediente 1, 1753, citado por Reichert, 2017).

Algunos corsarios hispanos actuaron de geógrafos como Joseph Rejón de Silva (1749) que recorrió las costas del Caribe hondureño en detalle y construyó una goleta en la desembocadura del río Motagua que después actuaría como guardacostas. “Sin embargo, el más conocido corsario del Golfo de Honduras fue Joseph de Palma, el capitán del bergantín llamado San Joseph, matriculado en Omoa, quien en múltiples ocasiones realizó patrullajes (de cacería) entre dicho puerto y la desembocadura del río Matina” (Pérez, 1992).

Las dos últimas décadas del s. XVII y las primeras seis décadas del s. XVIII fueron testigos de la virulencia de los ataques de los corsos hispanos en aguas caribeñas resultado de haber otorgado a los gobernadores indianos el poder para expedir tales patentes (Reichert, 2017). Desde sus bases en Cuba, Puerto Rico, Campeche, Bacalar y Omoa combatían la navegación británica en el Golfo de Honduras.

Los contrabandistas ingleses tenían socios para el transporte del índigo, el añil y el palo de tinte que sus talleres requerían. “Los contrabandistas españoles utilizaban sobre todo la ruta vía Tegucigalpa, donde todavía adquirían ciertas cantidades de plata y oro, para seguir hacia Olancho el Viejo y después rumbo a Trujillo, puerto que en aquellos tiempos estaba prácticamente abandonado” (Herrera, 1743, citado por Reichert, 2019).

Capturadas las presas por los corsarios hispanos ¿dónde terminaban las embarcaciones y su contenido? ¿qué sucedía con las tripulaciones prisioneras? ¿y con aquellos que resultaban heridos en la refriega? Las naves capturadas eran rematadas en los grandes puertos del Caribe a donde eran conducidas en grupos reducidos, sin embargo, si el botín era de esclavos, este era vendido en pequeños números en cada localidad aliada que la nave corsaria arribase. Cuando la carga capturada eran especies u otras -como ropa, maderas, tinte o añil- el corsario buscaba rematarlas al mejor y primer postor ya que su interés era contar con circulante para repartirlo entre la dotación del buque una vez depositado el Quinto Real.

Se aplicaba un rígido código de conducta respecto a los heridos en batalla cuando se trataba de los propios, así, si sobrevenía una incapacidad al tripulante, la indemnización se calculaba usando una tabla que tenía registrado el valor de cada parte del cuerpo. Si se trataba de los heridos rivales, se les atendía hasta donde era posible y eran depositados en el primer poblado donde pudieran hacerse cargo de ellos. Se trataba de evitar su muerte, no de asegurar que fueran capturados por las autoridades (Azcárraga y Bustamante, 1950).

Visiones globales de diversos especialistas coinciden en señalar que los corsarios americanos fueron parte de una estrategia dictada desde la Metrópoli para intentar frenar las trasgresiones comerciales y territoriales de otras naciones europeas, principalmente la inglesa. Algunos de ellos se convirtieron en leyendas como De Icuza de quien se afirma que apresó más de ciento veinte naves. Sin embargo, recogiendo las preocupaciones de Pérez (1992), Rodríguez (2015) y Reichert (2017) faltarían trabajos puntuales para explorar nuevas facetas, como conocer si mulatos e indígenas formaban parte de las tripulaciones corsarias del Caribe centroamericano. Una fascinante ventana por abrir.

*Embajador del Perú en Honduras

 

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