LOS BUENOS SE ESTÁN YENDO

ZV
/ 29 de octubre de 2022
/ 05:57 am
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LOS BUENOS SE ESTÁN YENDO
Fotografía tomada en Olanchito. En ella aparecen los ocho hijos de don Cecilio Zelaya y Francisca Lozano, en el centro Emilson Adalberto Zelaya Lozano, recientemente fallecido.

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Óscar Aníbal Puerto Posas

Octubre, 2022, cubrió de sombras el cielo de Honduras. El país perdió el mismo día: 17 del mes citado, dos de sus mejores hijos. Me refiero a René Velásquez Días y a Emilson Zelaya Lozano. Su valía no deviene de los títulos que ostentaron; si bien honraron sus respectivas profesiones, sino más bien por su entrañable amor a Honduras y su identificación con nuestros compatriotas que subyacen en la oscura miseria. Tengo la impresión que no se conocieron. Transitaron veredas profesionales distintas. Pero, son contemporáneos, son coetáneos y sus vidas transcurrieron para servir a los más necesitados. Ajenos a la elegante opulencia de los que viven del sudor ajeno. No heredaron a sus hijos riquezas; les heredaron manos limpias. Ahora, por el orden de mención me referiré a cada uno de ellos.

RENÉ VELÁSQUEZ DÍAZ. Nació en el seno de una familia de modestos recursos. A base de sacrificios ímprobos, él y sus hermanos lograron superarse. Luis, empresario maderero y Max, brillantísimo abogado, político y diplomático. René, a la temprana edad de 32 años, se graduó de abogado por la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH). Entró a trabajar al prestigioso bufete de su hermano, sito en el casco histórico de Tegucigalpa. Allí alternaría con Isaac Ferrera y con el abogado Álvaro Raúl Matute Canizales, para quien René guardó siempre respeto reverencial. “Él me enseñó Derecho”, me dijo un día.

Don Álvaro, adusto como un jurisconsulto romano, vio en el muchacho, un hijo. Siempre lo llamó por su diminutivo: “Renecito”. Todo iba bien, incluso el amor asomó su rostro: René Velásquez, conoció a una gran mujer: Rosario Márquez Palada (hoy licenciada en psicología, entonces cursante de esa carrera). Se casaron. Construyeron un hogar ejemplar. Procrearon 3 hijos (todos ellos, hoy día profesionales, forjados en la fragua de honestidad que les inculcaron sus padres). Todo iba bien, decíamos, hasta que asomó sus garras, la perversa y criminal “Doctrina de la Seguridad Nacional”, concebida en los Sótanos del Pentágono. La DSN, “made in USA”. Fue en la década de los tenebrosos años ochenta del siglo pasado. Comenzaron a desaparecer personas, hondureñas y de otras nacionalidades. A raíz de ello se fundó el CODEH. Abro un paréntesis para sacar del olvido al Doctor Ramón Custodio, mi compadre. Pero, antes de que el CODEH surgiera, sólo un abogado interponía Recursos de Habeas Corpus, René Velásquez Díaz, el hombre que acaba de morir. Tuvo su precio, él mismo fue secuestrado, ocurrió el 1 de junio de 1982. Durante 5 días fue cruelmente torturado. Los hechos los denunció ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, en la Audiencia Pública celebrada el día 2 de octubre de 1982. El lector puede recoger la información del caso en el valiente libro “Los hechos hablan por sí mismos”; no es un panfleto político; es un documento jurídico serio, editado por el Comisionado Nacional de Protección de los Derechos Humanos, cuando este organismo era rectorado por una figura prócer: Leo Rodrigo Valladares Lanza (me cuentan que su salud flaquea; espero se recupere). Ese libro le sale al paso a las patrañas de los represores: “En el gobierno constitucional y democrático del doctor Roberto Suazo Córdova no hay desaparecidos”, gritaba el canciller Edgardo Paz Barnica”. En tanto, la prensa alquilada decía: “Son inventos de los «ñángaras»”. Entrecomillo el vocablo porque no sé su significado. Asumo que pertenece al argot de la delincuencia. Lo trajeron a Honduras, los cubanos anticastristas. La Real Academia Española no ha admitido este término, que desfigura nuestra hermosa lengua. Solo lo utilizan los obtusos. René Velásquez interpuso 10 recursos de Exhibición Personal. Casi todos fallidos. Pero rescató una vida, la de la licenciada Sandra Núñez. Era el único abogado que se atrevía a hacerlo. Por ello, casi pierde su propia vida. Lo rescataron las influencias de sus hermanos. A nivel interno Luis, que moviliza sus influencias ante empresarios locales y Max, a la sazón embajador en Canadá, mueve los hilos de las organizaciones internacionales de petición a los derechos humanos: Amnistía Internacional, Wola en Washington y en la misma ciudad, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Lo ponen libre luego de cinco días de brutales torturas. Así tratan los uniformados a los hombres buenos. Lo ponen a la orden del juzgado correspondiente. Es célebre la frase que dijo ante la prensa: “Hasta ahora se inicia mi causa”. Sentaba un principio: los militares no son los llamados a juzgar, sino los Tribunales de Justicia. Parece que están aprendiendo la lección. Salido de este embrollo, volvió al ejercicio de su profesión. Fue un ejemplo de ética en su noble apostolado. En los últimos años de su existencia, además de su frecuente visita a los tribunales, iluminó las mentes de jóvenes estudiantes, ejerciendo la docencia en la Facultad de Derecho de una de las universidades de Tegucigalpa. Un cáncer le arrebató la vida, a sus 76 años. Estuve en sus honras fúnebres. A través del cristal, instalado en su ataúd, vi su rostro sereno. El rostro de un hombre justo. Asistí a la misa de cuerpo presente. Allí descubrí su segundo nombre: “Descanse en paz René Cipriano”, dijo el sacerdote. Me uno a los votos del señor cura.

EMILSON ZELAYA LOZANO. Era oriundo de la épica ciudad cívica de Olanchito. Su padre a base de un trabajo, arduo y duro, se elevó de la pobreza hasta obtener la categoría de campesino relativamente rico. Los hermanos Zelaya Lozano, son un caso irrepetible quizá en el contexto histórico de Honduras. Cinco hermanos con profesiones universitarias y todos ellos, por demás notables: Cecilio, licenciado en Ciencias Económicas, decano de la Facultad donde obtuvo el título; después rector de la Universidad Autónoma de Honduras. Lucas, abogado de los tribunales de la República, Procurador General de la República, en el gobierno constitucional del general Oswaldo López Arellano (1965-1971). Jacinto, egresado en Pedagogía por la benemérita Universidad de San Carlos de Borromeo, fundador del Instituto “Alfonso Guillén Zelaya” (centro educativo con más de 50 años de existencia); Emilson, médico por la Universidad de La Habana y Amílcar, abogado; instaló su escritorio jurídico en Olanchito, exitosamente. Nunca quiso salir a otros confines, ahí lo sorprendió la muerte. En el Instituto Central fui compañero de Emilson y de Amílcar. Con Emilson, anudé una fuerte amistad, a la cual pasaré a referirme.

Tres mozalbetes, con sangre de Olanchito, Emilson, “Douglas” Ramírez (hoy conocido como Livio; poeta de alto rango). Éramos los dirigentes estudiantiles, en un colegio de más de mil estudiantes. Ello no obligó cultivar la oratoria… y a descuidar los estudios formales.

El 6 de septiembre de 1959, aconteció un grave hecho que sacudió a la sociedad. Ese día, efectivos del Ejército capturaron a los estudiantes Carlos Oquelí y Enrique Vargas -quienes habían sido arrestados por la Guardia Civil- a raíz de la muerte de un subteniente en un confuso incidente acaecido en un centro de expendio de bebidas alcohólicas. Ambos fueron conducidos al Primer Batallón de Infantería donde los fusilaron de manera sumaria. El comandante de esa unidad, mayor Gregorio García Gómez, impartió la orden de ejecución, mientras que el coronel López Arellano, dio la autorización. Este asesinato concitó la indignación de la sociedad civil. Nosotros, Emilson, “Douglas” y yo, intentamos lanzar a las calles a los mil y tanto estudiantes del Instituto Central; convocamos a una Asamblea General en el patio, con la anuencia del profesor Saúl Zelaya Jiménez, liberal de convicciones, y como tal, indignado, por el atropello castrense a la institucionalidad civil. No logramos nuestro objetivo. Pese a la pasión oratoria de Emilson y la mía, la actitud de “Douglas”, fue menos intensa. El presidente del Consejo Central de Estudiante, Aníbal Murillo Castro, se hizo a un costado. Nosotros, los tres, dirigimos la Asamblea. Frisábamos los 16 años. Han pasado tantos años que hoy podemos hacer un balance sereno de nuestras actuaciones. ¿Qué hubiera sucedido si hubiéramos movilizados las masas estudiantiles? Posiblemente nuestras vidas hubieran sido tronchadas en plena adolescencia. Han pasado 63 años y sigo condenando el crimen y a los criminales.

Terminamos el bachillerato. Emilson partió becado por la Revolución Cubana, a estudiar Medicina en la Universidad de La Habana. Yo me quedé en Honduras, estudié Derecho. No era lo mío. Para entonces la UNAH, no ofrecía carreras humanísticas, ni siquiera la Escuela de Periodismo existía. “Mincho”, el nombre familiar, conque era conocido, regresó graduado. Nos vimos en la casa de Lucas su hermano. Fue una tarde encantadora, bajo el embrujo de la Tegucigalpa antañona. Me habló de la Revolución Cubana y de sus héroes clásicos. Camilo y el Ché. Emilson estuvo confundido entre la multitud que vio llorar a Fidel Castro, cuando anunció la muerte del Che Guevara. También, oyó el poema de Nicolás Guillén: “Che comandante, amigo”. Sabía algunas estrofas. Las puso en mis oídos. El día languidecía. El abogado Lucas Zelaya Lozano, manejando él mismo su carro, me llevó a mi casa. Era nada más y nada menos, que el Procurador General de la República, bajó del vehículo para saludar a mi padre, el también abogado don Florencio Puerto. Fue sólido el abrazo. Solo los hombres de Olanchito, son tan afectuosos cuando saludan.

Emilson abrió su clínica en su ciudad natal. Tuvo muchos problemas. En Cuba, le enseñaron que la medicina es gratuita. Emilson no sabía cobrar consultas médicas. Sobre todo, si el paciente era un obrero. “Págueme lo que no afecte su presupuesto familiar”. Solía decirles. Si le extendían un billete de cincuenta lempiras, daba vuelto. Su primer conflicto fue con su esposa. “Pero Mincho, tenemos que vivir”. Después con sus colegas. “Mincho, vas a botar la profesión”, decían. El clímax llegó cuando pretendió montar una farmacia, anexa a su clínica, para ofrecer los medicamentos a bajo costo. Dos dueños de farmacias, había en Olanchito (omito sus nombres por respeto a sus descendientes). Ellos iniciaron la feroz campaña contra Emilson Zelaya. Los más feroces, los del Padre Moore, desde el púlpito de la iglesia San Jorge. Emilson, indefenso, tuvo que emigrar rumbo a Tegucigalpa. Aquí no abrió clínica. Juró no volver jamás al ejercicio privado de la medicina y lo cumplió. Obtuvo una colocación en el Instituto Hondureño de Seguridad Social (IHSS). Allí laboró largos años. Al llegar la vejez se jubiló. Se trasladó a vivir a una aldea, próxima a Tegucigalpa. Tres pasiones agitaron el corazón de Mincho Zelaya; en este orden: la lucha social para sacar de su oscura miseria a los más desfavorecidos; la medicina y el ambiente rural. Amó las plantas y más aún a los campesinos.

Cuando se implantó en Honduras, la ignominia de la Doctrina de la Seguridad Nacional, dos hondureños Ramón Abad Custodio y yo, desafiamos a sus ejecutores. Fueron días sombríos. Fui perseguido día y noche y amenazado de muerte, por teléfono y por escrito. Por primera vez confieso que el enemigo logró trastornar mi sistema nervioso. Mincho, estuvo pendiente de mi salud. Lo mismo, otro gran hondureño, el doctor Daniel Herrera. Lograron recuperarme y aquí estoy.

Me han dolido estas dos muertes. Sabiendo que nadie -que yo sepa- llenará su vacío.

Fuentes:
1. Argueta, Mario, “Ramón Villeda Morales” (Luces y sombras de una Primavera Política), Editorial Guaymuras, Tegucigalpa, Honduras, 2009.
2. Comisionado Nacional de los Derechos Humanos, “Los hechos hablan por sí mismos”, Editorial Guaymuras, 1ª edición, enero de 1994.

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