1982: LA TOMA VIOLENTA DE LA CÁMARA DE COMERCIO E INDUSTRIAS DE CORTÉS, 2/2

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/ 12 de noviembre de 2022
/ 12:36 am
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1982: LA TOMA VIOLENTA DE LA CÁMARA DE COMERCIO E INDUSTRIAS DE CORTÉS, 2/2

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Juan Ramón Martínez

Para el jueves, 23 de septiembre de 1982, después de sufrir cerca de ocho días de cautiverio, la capacidad de resistencia de los retenidos, había disminuido enormemente. Aunque sus temores de ser ajusticiados por los secuestradores habían disminuido, todavía era una preocupante posibilidad que murieran en un fuego cruzado si se producía un ataque del Ejército. Pero los más optimistas empezaron a calcular que el final estaba próximo. Todavía, quedaban en la instalación de la Cámara de Comercio en San Pedro Sula, 39 rehenes: los funcionarios públicos, los líderes de las organizaciones empresariales de la Costa Norte y el coronel Miguel Ángel García, líder de la organización de prevención. Los secuestradores, habían retenido a los que, eran más representativos, para presionar las negociaciones finales. Cálix Suazo, dice que “observo que los rehenes que quedamos se encuentran ya cansados y aburridos, incluyendo a Mario Belot, que desde temprano camina de un lugar a otro por la sala. Yo, sin embargo, aún mantengo mi auto control y espero confiado en que pronto hoy, o mañana o el lunes, estaré junto a los míos, y que aún podría aguantar un poco más de forzada reclusión” (Cálix Suazo, 263). Algunos otros, basaban sus esperanzas en que el día anterior, jueves, fueron puestos en libertad 21 personas; y que, por ello era previsible que los restantes pudieran salir ese día o mañana. Sin embargo, los rehenes no tenían información exacta sobre la marcha de las negociaciones. La infinidad de detalles, los tira y afloja entre las pretensiones de los secuestradores y las minuciosas negociaciones con Panamá que ha aceptado ser el actor final para la salida de estos y la libertad de los rehenes, había tomado más tiempo del esperado. Pero terminó el jueves y la esperanza se trasladó para el viernes, día en que cumplían ocho días de violenta retención. Y aunque los más fuertes siguen creyendo que pronto terminará todo, no dejan de notarse rostros decaídos, ojos tristes y boca fruncida, indicación que, la fe y la confianza en una solución, por algunos momentos, flaquean.

El viernes 24 de septiembre, por la mañana, desde la frustración del día anterior, se forja nuevamente la esperanza que el viernes terminará el cautiverio y que serán puestos en libertad. La esperanza se consolida, cuando ven aparecer a dos nuevos secuestradores. “Cuando los vemos entrar recuerda Cálix Suazo, cubiertos de la misma manera, que vienen a relevar a sus compañeros de guardia, para estos a su vez, se marchen, a las piezas interiores, probablemente a confeccionarse sus nuevos antifaces.” (Cálix Suazo, 264). Algunos de los rehenes, se cambian de ropa, listos para ponerse presentables al momento del reencuentro con sus familiares y las inevitables entrevistas que imaginan con los medios de comunicación. El más entusiasta es Mario Belot que dice, “Miren, creo que hoy nos vamos, por eso me he puesto a negociar mi pistola, una vareta, que según le he dicho a “Uno”, me la regalo mi padre, por lo que para mí tiene un valor afectivo, aunque la verdad es que yo mismo me la compre, aunque no acepto que me la quiten de esa manera”. Pese a las esperanzas, transcurren las horas de ese viernes doloroso y al final de la tarde, desencantados, los que ya se habían puesto ropas limpias, se las quitan, las acomodan convenientemente dobladas, en los respaldares de las sillas, en las que la mayoría se acomoda, para dormir. Es evidente que la desilusión de nuevo acompañara el sueño de hombres que, aunque fuertes, empiezan a mostrar las señales inevitables de la fatiga y la ansiedad. En un momento el coronel García que ha logrado aumentar un poco la confianza y la atención de “Jefatura Uno”, le pregunta cómo se protegerán cuando salgan de la Cámara de Comercio y aborden el bus que ya saben que los conducirá al aeropuerto en donde abordarán el avión que les llevará al exterior. El líder del comando de los secuestradores, se interesa en el asunto y García, explica la forma en que todos, harán dos filas, unidos por las manos, bajo las cuales se moverían los secuestradores, protegidos de cualquiera operación de francotiradores que, en estos casos, son una tentación para las autoridades. Los secuestradores aceptan participar en las prácticas; y ello, reduce la tensión que es obvia entre unos y otros. García consolida su menguado liderazgo de militar prisionero; y da órdenes con natural seguridad. Después de las 4:30 pm, la Comisión Mediadora, logra que los secuestradores le permitan salir a Gabriel y Tony Kattán, padre e hijo (Cálix Suazo, 273). Al final del día, duermen, seguros que el día siguiente –el sábado–, ocho días después del inicio de su cautiverio, se producirá su liberación. Después de las 9 de la noche, cada quien, en su lugar, se acomoda y duerme. O finge dormir.

El sábado, el día del principio del fin.
“El sábado comenzó con un sino expectante y de pánico, pues a eso de las 4 de la madrugada hubo intercambio de disparos de ametralladora entre los guerrilleros y efectivos del Ejército. La movilización militar se fue haciendo notoria a medida que avanzaba el tiempo y todo estaba dejando entender que el desenlace estaba próximo. A las 8 y 35 de la mañana la Comisión Mediadora integrada por monseñor Jaime Brufau y el nuncio apostólico Andrés Cordero Lanza ingresa a la Cámara de Comercio de donde salió a las 9 y 38 y se alejó del lugar. A las 11:25 llegó nuevamente a la Cámara de Comercio; y tres minutos después se estacionó un autobús frente al edificio. A las 11 y 32 una ambulancia de la Cruz Roja Hondureña también se ubicó en la Avenida Circunvalación, frente al edificio y cinco minutos después (11:37) sale Brufau del inmueble. Tras dialogar con el mayor Armando Calidonio G2 del Tercer Batallón de Infantería quien andaba de civil, Brufau se sienta en la primera silla del autobús. A unos 500 metros se encontraban los periodistas, a quienes se les puso un cerco militar difícil de romper porque estaba formado por soldados con bayoneta calada. A las 11:40, a petición de los guerrilleros, el bus es estacionado cerca de la puerta de la Cámara y un minuto después los dos miembros de la Comisión Mediadora ingresaron al mismo. A las 11:43 salen del edificio, en pequeños grupos, los rehenes, quienes llevan abrazados a los guerrilleros e inmediatamente ingresan al autobús, los rehenes son ubicados en los laterales y en la parte trasera y delantera, mientras los guerrilleros se sitúan en la parte media del bus, sin que nadie pueda mirarlos. A las 11:46 el autobús comienza a moverse y sale lentamente con los 34 rehenes, los 12 guerrilleros, el nuncio apostólico y monseñor Brufau, de la Cámara remonta por la Avenida de Circunvalación hacia el norte. El recorrido dura solo 26 minutos pues a las 12:12 de la tarde el autobús llegó al aeropuerto, que se encontraba bien custodiado por soldados. Entró hasta la pista de carreteo y en gran velocidad se ubicó en la pista principal, muy cerca del avión de la Fuerza Aérea Panameña, que desde hacía hora y media aguardaba su llegada. A las 12:33 parte de los rehenes forman una “barra humana” entre el pequeño espacio que había entre el bus y el avión y comienzan a pasar hacia la nave los guerrilleros, agachados y con sus ametralladoras en sus manos. A los periodistas no se les dejó llegar cerca del avión, por lo cual tuvieron que observar todo desde la pista de descarga. A las 12:36, cuando ya el último de los guerrilleros había abordado el avión panameño, todos los rehenes ingresan al autobús, inmediatamente, se alejan en la unidad del centro de la pista del aeropuerto. Los periodistas y sus parientes los aguardan, pero el bus se dirige hacia San Pedro Sula, mientras los rehenes gritan “¡Gracias a Dios!”. A las 12:38 el avión panameño despega del aeropuerto… el drama llegó a su fin. (Adelmo Argueta, La Tribuna, lunes 27 septiembre de 1982, pág. 2). La versión de Cálix Suazo, es complementaria. “Casi al instante en que el bus termina de estacionarse, el embajador de Panamá, señor Salvador de la Iglesia Arias, viene hasta la puerta y después de presentarse, empieza a ordenar a los guerrilleros: Señores, por disposición del gobierno de mi país, ustedes tendrán que entregar las armas, que les serán devueltas tan pronto hayan llegado a Panamá. El nuncio, en forma muy enérgica interviene y dice: Un momento, señor embajador, aquí en Honduras las órdenes las doy yo, y allá en Panamá, usted, de manera que la transferencia de los señores del Comando se hará como se ha convenido por el Gobierno de Honduras y los señores jefes guerrilleros. Primero, uno de los jefes del Comando, el Número Dos, saldrá a revisar el avión y hasta que él esté satisfecho comenzarán a salir los demás, guardando cada quien sus armas, que son su salvaguarda, por entre las dos filas de rehenes, que se formarán entre la puerta del bus y el avión.” El embajador panameño, respondió al nuncio diciéndole: “Muy bien, señor nuncio, así se hará; lo que sucede es que nuestro gobierno, cuando se trasladan militares, establece que estos, depositen sus armas en determinado punto del avión” (Cálix Suazo, 296,297). Después, el nuncio cuenta a los guerrilleros y estos entran en el avión. El autor citado, refiere que una vez que el bus viaja hacia el centro de la ciudad, Mario Belot sugirió que “antes de bajarnos entonemos el Himno Nacional”. Al llegar a su destino, sube al bus el mayor Calidonio que les dice: “Señores soy el mayor Calidonio, que a nombre de las Fuerzas Armadas me permito darle la bienvenida a la libertad. Solamente vamos a entretenerlos unos breves instantes para llenar un formulario y de allí ustedes irán a sus casas, con excepción de los funcionarios públicos, que por orden del Presidente de la República, tendrán que quedarse 24 horas en la Clínica Bendaña. Desciendan entonces, por favor” (Cálix Suazo, 300). Por supuesto no todos cumplieron la orden. No sabemos cuántos lo hicieron. Los que regresaron en el bus desde el aeropuerto, fueron conducidos a la brigada 101, en donde el psiquiatra Kennet Vitetoe, los escuchó y aconsejó sobre la forma como asimilar la carga emocional de lo ocurrido. No tenemos datos sobre quienes fueron atendidos por el psiquiatra mencionado. Miguel Cálix Suazo, escribió que él se separó del grupo y que, buscó a sus familiares, –cosa que hicieron todos los capitalinos especialmente– ansiosos por reunirse con sus hijos y esposas.

Según el Gobierno, no cedió en nada… y ganó todo.
La Oficina de Información Internacional de Casa Presidencial, a cargo de Amílcar Santamaría, emitió un pronunciamiento muy amplio, del cual copiamos la parte final. “La firmeza del señor Presidente de la República, la seriedad de las autoridades militares que lo respaldaron en este conflicto, la ponderación, tacto y diligencia de la comisión de contacto integrada por monseñores Andréa Cordero Lanza y Jaime Brufau y el respaldo masivo del pueblo que se manifestó masiva y espontáneamente en apoyo del gobierno democrático, fueron factores decisivos en esta victoria de la nación. Los extremistas no lograron absolutamente ninguna de sus exigencias y tuvieron que conformarse con la libertad en el extranjero, dado que su vida nunca estuvo en peligro, pues este es un país donde no existe la pena de muerte, ni las ejecuciones al margen de la ley. Al informar sobre lo serio de este dramático episodio con un éxito total para el pueblo y su gobierno, invitamos a todos los hondureños a redoblar nuestros esfuerzos en pro del desarrollo, la justicia, la libertad, la paz, la seguridad en la certeza de que, si continuamos unidos como hasta hoy e incrementamos nuestra lucha por un progreso compartido, a las acechanzas de los enemigos de la democracia (sean de extrema izquierda o extrema derecha), jamás podrán florecer. San Pedro Sula, 25 de septiembre de 1982. Oficina de Información Internacional de la Presidencia de la República. (La Tribuna, lunes 12 septiembre de 1982, pág. 2). En efecto, el Gobierno manejó muy bien la crisis. No se cometieron errores; ni las autoridades policiales o militares, se involucraron en acciones arbitrarias. Por lo menos en forma pública. Pero lo que sí es cierto es que el Gobierno de Suazo Córdova, manejó la escena pública y recibió el respaldo de la opinión ciudadana. La mayoría de las más emblemáticas organizaciones, empresariales, políticas y gremiales, publicaron sendos pronunciamientos respaldando la gestión del gobierno y rechazando la violencia como forma de obtener resultados, dentro de un sistema democrático que exige el respeto a la ley. Incluso, los partidos políticos cerraron filas alrededor del gobierno. El 20 de septiembre, La Tribuna, editorializo bajo el título “De nuevo el terrorismo”, en los términos siguientes: “El pueblo hondureño nuevamente ha sido sacudido en sus fibras más íntimas con el acto de terrorismo escenificado en San Pedro Sula por un comando que se hace llamar “Patria o Muerte” de la organización “Cinchonero”, la que, como recordarán nuestros lectores, se adjudicó en el pasado el secuestro de un avión de la empresa SAHSA. La audaz acción realizada por estos delincuentes (que se dicen defensores del pueblo) tuvo lugar en el local que ocupa la Cámara de Comercio e Industrias de Cortés, en el preciso momento en que un grupo de empresarios y los ministros de Hacienda y Crédito Público, Economía y Comercio, el presidente del Banco Central de Honduras y otros altos funcionarios, (que hacían un total de 105 personas) realizaban una importante reunión con el objeto de analizar la situación económica del país y las medidas que tanto el sector público como el privado pueden poner en marcha para superar la angustiosa situación que vive el pueblo hondureño. En el acto perpetrado por la barbarie terrorista se han registrado hasta el momento dos heridos, mientras los restantes rehenes están bajo la amenaza de ser ejecutados, si el gobierno no satisface sus demandas. Últimamente el comando terrorista accedió a liberar a los heridos y a otros rehenes, incluyendo mujeres que, presas de pánico, han narrado la pesadilla vivida. A una pregunta formulada por la vía telefónica al jefe sedicioso por el Encargado de la Redacción de este diario en San Pedro Sula sobre qué medidas tomarán en caso de que no haya anuencia del gobierno a sus demandas, este contestó: “Tal como reza el nombre de nuestra organización, “Patria o Muerte”, estamos dispuestos a llegar hasta la muerte y todo dependerá de la respuesta del gobierno liberal y de las Fuerzas Armadas”. No hay que poner en duda que esa gente desalmada, intoxicada por el odio, cumpla sus amenazas. Su desprecio a este país y a la sociedad puede llevar a esos delincuentes a cometer las acciones más execrables. Los hechos vienen a confirmar que los agentes del terrorismo y el exterminio están dispuestos a sembrar el caos y la violencia en Honduras. Estos grupos, indoctrinados para matar, no actúan por su propia cuenta, sino siguiendo las órdenes que le son impartidas por el eje La Habana-Managua. (La Tribuna, 20 de septiembre de 1982). Uno de los columnistas de este diario, publico un artículo sobre los resultados finales del acto terrorista, valorando las oportunidades que el gobierno había aprovechado muy bien, para comentar su prestigio y la forma como dirigía al país, incluso logrando disimular mucho sus prácticas poco ortodoxas y además, logrado demostrar a la opinión pública mundial que era víctima de acoso por parte del terrorismo internacional, por lo cual, debía recibir apoyo de todas las democracias, especialmente la de los Estados Unidos. El columnista citado, se refiere a la conducta de los empresarios tomados como rehenes, en la forma siguiente: “Finalmente, en cuanto a los empresarios tomados en rehenes se refiere, es notable señalar que no se nota en ellos ni histerismo ni amargura. Ellos – con una habilidad que me sorprende– han entendido, especialmente Pastor Zelaya, que, pese a la intranquilidad del asalto a la Cámara de Comercio, es mucho lo que podemos aprender para evitar que en Honduras perdamos en forma definitiva la batalla por la paz. En este sentido, si aprendemos la lección; si nos convencemos que no hay armas suficientes para defendernos de un ataque en las sombras, como los que acostumbran los terroristas centroamericanos, y que por ello lo que debemos hacer es fortalecer el diálogo entre los hondureños, evitar el sectarismo propiciando la unidad, los terroristas no nos habrán ganado la partida. Si lo hacemos, es casi seguro, es así seguro que todos habremos salido ganando. No solo el gobierno —como parece apuntar los resultados— sino que todos los hondureños” (Juan Ramón Martínez, El Asalto terrorista: apuntes para un balance, en “La Transición política, del autoritarismo militar a la democracia electoral”, 2004, 47)

El fin de los secuestradores
Después de llegar a Panamá, en donde las autoridades del gobierno les dieron refugio temporal, aunque no se publicó ningún boletín oficial, circuló la especie que los secuestradores viajaron a Cuba. Se ignora cuántos lo hicieron y cuánto tiempo se quedaron en Cuba. Tampoco cuántos regresaron a Honduras. El aparato de seguridad del Estado de Honduras, desde el primer momento de la toma de la Cámara de Comercio, identificó a algunos miembros del comando que se responsabilizó por el acto delictivo. Armando Calidonio, entonces G—2 de la Brigada 101, declaró que el jefe del Comando de secuestradores, era “Toribio” que había secuestrado el avión de Sahsa que volaba de La Ceiba a Tegucigalpa. Hay que suponer entonces que, varios fueron identificados y que algunos de ellos –o todos, quien sabe, porque no hay información documental al respecto, hasta ahora, –fueron ajusticiados en forma extra oficial. Los observadores de este tiempo de desaparecidos, no dejaron de sorprenderse del creciente número de personas que, eran capturadas; y sus familiares nunca volvieron a saber nada de ellas. A nosotros, nos llamó mucho la atención la muerte de un comerciante ambulante de zapatos que fue muerto en Sabá, Colón, sin que los autores le robaran, dinero o el producto que conducía en un pick–up. El hecho ocurrió un tiempo después de los incidentes que venimos relatando.

Los mediadores
La labor de monseñor Jaime Brufau, obispo de la Diócesis de San Pedro Sula, del diplomático venezolano Hugo Alvares Pifano y la del nuncio apostólico de la Santa Sede en Tegucigalpa, monseñor Andrea Lanza Cordero, no fue reconocida por nadie. Los hondureños somos un poco disimulados. Ahora, aprovechamos para reconocer sus valiosos servicios y establecer que estamos obligados a honrar su humanitario desempeño, su paciencia y su fraternidad, en un momento tan tenso como el que se vivió en San Pedro Sula, Honduras, en septiembre de 1982.

40 años después
Varios lectores, y algunos protagonistas de aquellos hechos, nos han llamado. Uno de ellos, Rubén Darío Paz, dice que es importante que se aclaren cada día los hechos. Otro, desde la Costa Norte, Luis Zavala, me informa que está escribiendo al respecto; y que cree que aportará nueva información desconocida por nosotros. Ricardo Flores, fraterno compañero y especial amigo, me escribió, precisando algunos nombres que la crónica periodística confundió: “Hugo Álvarez Pifano, Claudio Guell Bográn, Arnulfo Bobadilla Gutiérrez y Rafael Pastor Zelaya”. Emin Abufele, nos llamó para informarme que estuvo hospitalizado 60 días por el balazo que recibiera en la espalda y que estuvo a punto de causarle la muerte. Me indica que visitará Tegucigalpa y quiere que nos reunamos para hablar sobre aquel doloroso acontecimiento que los años, le han permitido, colocarlos en su justa perspectiva.

Bibliografía:
1. Diario La Tribuna, Colección del periódico
2. Miguel Cálix Suazo, Cárcel de Horizontes, primera edición 1984, Fondo JRM, Biblioteca Universidad Pedagógica Nacional, Tegucigalpa.
3. Juan Ramón Martínez, La Transición Política, del autoritarismo militar a la democracia electoral, Tomo I, Fondo JRM, Biblioteca Universidad Pedagógica Nacional, Tegucigalpa.

 

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