La toma de la CCIC por el Movimiento Cinchonero en 1982

ZV
/ 19 de noviembre de 2022
/ 12:57 am
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La toma de la CCIC por el Movimiento Cinchonero en 1982

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No conozco el escrito 1/2 de don Juan Ramón Martínez, correspondiente al inicio de la historia sobre la captura por cuatro guerrilleros de más de 100 dirigentes empresariales que se reunirían con representantes del área económica del gobierno del Presidente Suazo Córdova en 1982.

Así que cumplo con relatar el pequeño papel que me tocó jugar como presidente en aquel entonces de la Asociación Nacional de Industriales, a la que estaban afiliadas muchas de las empresas pertenecientes a los dirigentes industriales que fueron secuestrados.

Fue así que lo primero que hice fue llamar por teléfono a don Rafael Pastor Zelaya, presidente de la CCIC y quien era uno de los secuestrados.

Afortunadamente me pudo contestar, me agradeció por haberlo llamado y me informó detalladamente de la situación y, en especial, de que el industrial Emin Abufele había sido herido de gravedad accidentalmente al ingresar los guerrilleros y que urgía sacarlo y llevarlo a un hospital.

“Según el registro de asistentes, estamos unas cien personas entre los más importantes dirigentes empresariales de la Costa Norte, el presidente del Banco Central y los ministros de Hacienda y de Economía, más los cuatro señores guerrilleros. Algunos son mujeres y otras personas de edad avanzada. Ellos han hecho énfasis en que no quisieran que se pierda ni una vida, y lo de Abufele fue un lamentable accidente y están autorizando que usted haga que venga la Cruz Roja y lo lleven a un hospital. Pero ellos vienen con una causa y un claro objetivo en mente y es que se liberen a unos guerrilleros salvadoreños que se encuentran en cárceles de este país; y que prefieren morir y, lamentablemente, que tengan que morir otras personas, si en Honduras continúan interfiriendo en la lucha por la liberación de El Salvador”.

A continuación, don Rafael me dijo que estaban viendo, muy alarmados, que se habían colocado un gran número de soldados alrededor de la Cámara en posición de ataque, lo que temían que se pudiera intentar con grave peligro para los presentes.

Después me dijo, “Tal vez usted sabrá que yo pelié en la Segunda Guerra Mundial y que conozco lo que son las armas de guerra. Bien. Quiero que sepa que le estoy contestando su llamada con autorización del jefe de los guerrilleros, quien está aquí presente y escuchando nuestra conversación y quien quiere que le explique a usted, en detalle, cómo es que están equipados con armamentos y cuánta sería la posible pérdida de vidas si el Gobierno ataca las instalaciones de la Cámara”.

Después de describirme con todo detalle cuántas y de qué clase de armas, granadas, etc., portaban, don Rafael me enfatizó nuevamente, “Ellos están preparados para morir por su causa y el Gobierno nunca se recuperará del impacto que ocasionaría la muerte de más de cien personalidades del país por la incapacidad o la impericia del Gobierno en la manera como manejen esta situación”.

Corrí entonces a Casa Presidencial, me identifiqué, pedí ver de la mayor urgencia al Presidente Suazo Córdova con motivo de la conversación que acababa de tener con el presidente de la CCIC. Consultaron y me permitieron ingresar sin más demora.

Llegue al sitio donde estaba el Presidente precisamente en momentos cuando el jefe de las Fuerzas Armadas, general Gustavo Álvarez Martínez, le estaba dando los últimos detalles sobre el ataque que iba a lanzar sobre la Cámara, inmediatamente que finalizara su informe. Impulsivamente, le grité al señor Presidente, “Cuidado señor con autorizar semejante acto de idiotez. Vengo de hablar con el presidente de la Cámara y un ataque armado sería la muerte de más de cien personas entre los más importantes empresarios de la Costa Norte y de cuatro de sus ministros. Usted y su Gobierno quedarían por siempre desprestigiados por no poder manejar con inteligencia y pacíficamente esta situación”.

Inmediatamente vino la reacción violenta del general Álvarez contra mi persona, alegando que, por el contrario, el país, nunca recobraría su prestigio prestándose a darle gusto a unos cuantos terroristas. Viendo la supuesta debilidad del Gobierno “en dejarse mangonear por estos comunistas, mañana se pueden tomar el Congreso y exigir todo lo que quieran”.

Y, por último, dijo, “¿Señor Presidente y cómo es que permite usted que venga este señor, quien no es más que un representante de los secuestradores y que entre tranquilamente a Casa Presidencial para insultarnos y pretender detener a las Fuerzas Armadas en el cumplimiento del mandato constitucional, que nos obliga a defender al Estado?”.

Ya más calmado, me dirigí al Presidente Suazo, a quien veía con evidente nerviosismo al general y después a mí y viceversa, y le expliqué en detalle todo lo que había hablado con el señor Rafael Pastor Zelaya, concluyendo con el pedido especial de que se permitiera que la Cruz Roja sacara a la persona herida de gravedad accidentalmente y la llevara de inmediato al hospital.

Cuando vi que el doctor Suazo daba la orden correspondiente, respiré y di gracias a Dios por utilizarme como instrumento para detener una masacre.

Efectivamente, le dijo al general, “Detenga el ataque, vamos a estudiar otras opciones,” y a mí, “don Adolfo, gracias por haber venido a transmitirnos el mensaje de mi amigo, don Rafael Pastor. Ahora bien, tiene usted alguna sugerencia sobre cómo debemos proceder”.

Yo le dije que no era ningún experto en la materia, pero, en primer lugar, yo pensaba hablar con don Rafael Pastor e informarle que el ataque militar estaba en suspenso y que usted ya había ordenado pedirle a la Cruz Roja que sacaran al herido y lo llevaran a un hospital. En segundo lugar, yo pensaba que se le podía ir por “accidente” un tiro a alguno de los militares y destruir la unidad de A/C y, aunque afectaría un tanto la moral de los retenidos, contribuiría a desmoralizar a los señores guerrilleros que la respuesta no era inmediata y que ellos tendrían que poner de su parte alguna disposición para una negociación. En tercer lugar, yo iba a ir a San Pedro Sula y organizar una manifestación frente a la Cámara repudiando todo acto terrorista. En último lugar, yo pensaba que sería bueno solicitar la ayuda de alguna persona, preferiblemente de alguna organización respetable del exterior, para servir de Mediador”.

Me preguntó entonces el doctor, algo sonriente, después de haberse quitado un gran peso de encima, “¿Me parece excelente… y me imagino que usted ya tendría para ahora alguna idea de quién podría servir de Mediador?”.

“Efectivamente”, le respondí, “Señor Presidente, hace unos días conocí al nuevo Nuncio Papal, Andrea Cordero Lanza di Montezemolo, un diplomático y persona muy inteligente y quien me parece adecuado para emprender esta tarea”, lo cual aceptó el señor Presidente. Yo no sé cómo se agregó después a monseñor Brufau, lo que me pareció buena idea, posiblemente gracias a alguna sugerencia del señor Nuncio.

En todo caso, yo cumplí con lo que le había prometido al Señor Presidente, hablé con don Rafael Pastor, quien me dijo que ya estaba la Cruz Roja allí llevándose a don Emin Abufele, organicé una gran manifestación frente a la Cámara y hablé con el Nuncio Papal quien me dijo que aceptaba, pero que hubiera preferido que le hablara a él primero.

Aunque el Gobierno haya anunciado que no cumplió con ninguna demanda de los guerrilleros, yo me enteré que no había sido así y que se liberó a los guerrilleros salvadoreños capturados y metidos a la cárcel en Honduras.

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