DESORDEN CLIMÁTICO

ZV
/ 20 de noviembre de 2022
/ 12:56 am
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DESORDEN CLIMÁTICO

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NO se trata de un riesgo. Sino de una amenaza mundial, con repercusiones mayores en unas regiones más que en otras. Por eso es importante que se haya designado a Egipto como la sede de la “Cumbre Climática 27”. Egipto, como todos sabemos, es un país desértico atravesado, milagrosamente, por el Nilo, un extenso río que nace a la altura del Lago Victoria, cuyas aguas se desprenden lentamente desde una montaña de “nieves eternas”, que también corren el peligro de derretirse en forma brusca. En tiempos del paleolítico y del neolítico temprano, la zona de Egipto tuvo lagos y lagunas respetables que más tarde se secaron. Pero los egipcios antiguos construyeron canales con fines agrícolas y con el propósito de mover, por medio de las aguas, las enormes rocas que fueron la base de las grandes construcciones que aún subsisten, como las pirámides.

Una de las regiones que ha sido víctima directa del desorden climático continental y mundial, es la que configuran los países de Etiopía y Somalia, en el “Cuerno de África”, en la entrada sur del Mar Rojo. Ambos países han sufrido, en las últimas décadas, sequías y hambrunas espantosas, incluyendo las irracionales guerras civiles, que a veces parecieran interminables. La escasez de lluvias se debe, predominantemente, a que las nubes que empujan los vientos monzónicos desde el sur marítimo del continente africano, son demasiado delgadas y casi nunca desprenden gotas de agua, debido a la contaminación atmosférica que llega desde la industrializada Europa. De este fenómeno poco saben los europeos mismos, exceptuando a sus dirigentes políticos e industriales.

El caso de Bangladesh es diferente. Los monzones siempre han provocado inundaciones a lo largo de su historia. De tal modo que las lluvias monzónicas y las inundaciones son parte del paisaje atrasado de aquel país asiático, en donde por primera vez se fundó un banco popular exitoso con fondos semillas aportados por los mismos productores pobres. Sin embargo, el desorden climático ha afectado las “nieves eternas” del Himalaya, en donde nacen los grandes ríos de la India. Al subir la temperatura por encima del promedio, las montañas nevadas tienden a derretirse bruscamente, y a causar inundaciones desproporcionadas que dañan a un país (uno de los más poblados del mundo) cuya producción figura en el grupo de las economías emergentes.

Los mismos europeos han experimentado lluvias e inundaciones inesperadas y desproporcionadas que han penetrado a varias ciudades importantes que durante miles de años jamás habían padecido. Porque las cuatro estaciones han sido estables y bien delimitadas en el curso de la historia geográfica de Europa. Cerrar los ojos frente a estos problemas climáticos significaría que el ser humano moderno y posmoderno se ha convertido en un gigante mitológico propio de los monstruos de un solo ojo (de hecho miopes) que aparecen en la obra en verso la “Odisea”, la cual se le atribuye al insigne poeta Homero, de la Grecia heroica.

Aquí mismo, en nuestra región centroamericana, Honduras se ha convertido en uno de los países más vulnerables del globo terráqueo. Por ejemplo, un huracán categoría cinco como el “Mitch” que azotó a todo el país, jamás había ocurrido desde los tiempos coloniales en que se experimentó uno parecido, aunque poco documentado. Hace un par de años Honduras fue golpeada, nuevamente, por dos huracanes (Iota y Eta) casi simultáneos, en el curso de tres semanas, que dejaron nuestra economía por los suelos, con efectos económicos devastadores peores que la pandemia. Y este mismo año, 2022, hemos sufrido lluvias exageradas durante todo el verano, para que finalmente el huracán “Julia” viniera a evidenciar nuestra tremenda vulnerabilidad geológica y ausencia de prevención estratégica en el control de los ríos caudalosos. Hoy es el momento exacto para que los países más desarrollados e industrializados auxilien financieramente a los países más vulnerables del mundo. El camino expedito podría ser el auxilio directo (tipo Japón) sin ninguna tramitología burocrática, por aquello de la corrupción.

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