La “Perrichola”

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/ 20 de noviembre de 2022
/ 12:02 am
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La “Perrichola”

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Por: Carlos Antonio Carrasco*

La Paz, Bolivia. Por enésima vez el Teatro de Champs Elysees presenta la famosa opereta de Jacques Offenbach (1819-1880), La Perichole (anagrama crudamente traducido como La perra chola). Esta bella pieza está inspirada en esa leyenda histórica acontecida a fines del siglo XVII en la entonces Lima virreinal cuando la actriz callejera Micaela de Villegas y Hurtado de Mendoza (1748- 1821), salta de las aceras al lecho del virrey, como su favorita más cotizada. En aquella época, como hasta ahora, el exotismo de esas mujeres mestizas atraía el apetito libidinoso de los colonizadores españoles, ávidos de conocer, ver y oler qué ocultan las amplias polleras de las cholas. La trama, imaginada por el creativo Offenbach, radica en la inefable troika del amor, pues la perrichola mantiene sinceros amoríos con un joven de su clase que no acepta -al inicio- integrar el menage a trois que los sacaría de la miseria. La sublime epopeya musical remata en un final feliz, acompañada de los sones orquestales que el público aplaude con denuedo.

Tanto los decorados limeños cuanto el vestuario de estilo nos transporta a los aires de tradición y nos hace sonreír al ver -por ejemplo- a militares ventrudos con aparatosos uniformes y medallitas, como escapados de algún cuadro de Botero. De vuelta al periodo de las luchas por la independencia del estridentemente llamado “yugo español”, en realidad, doña Micaela inmortalizada como la perrichola muere en 1821, dos años antes de la proclamación de la República del Perú.

En cuanto al célebre compositor recordemos que su condición de judío y su doble nacionalidad franco alemana le acarrearon no pocos inconvenientes en un tiempo en que las relaciones entre esos dos países estaban lejos de ser una entente cordiale. No obstante, sus composiciones ligeras y alegres endulzaban la vida de los parisinos que se deleitaban atisbando las bragas de las bailarinas del Moulin Rouge al son del picante can-can, otra de sus populares obras que inspiraron al pintor Toulose-Lautreac en sus más conocidos afiches y que, aun hoy en día, alegran las veladas en los cabarets de París.

En cambio, el itinerario de las cholas, al menos en Bolivia, ascendió raudamente primero con la Revolución Nacional y luego con el proceso de cambio, cuando se decidió que el término “chola” era peyorativo y se acuñó el vocablo “señora de pollera”, eufemismo de ridícula inserción en lo “políticamente correcto”. Ahora esas admirables mujeres no solo acaparan la atención en las festividades religiosas o carnavaleras por sus frondosos indumentos, sino también por su desteridad en el alpinismo de los Andes o su coraje en el cuadrilátero pugilístico de El Alto, sin olvidar su ingenio emprendedor. Pero la culminación de ese ascenso vertiginoso se dio hace pocos días cuando la afamada revista Time proclamó a la alcaldesa alteña Eva Copa como una de los 100 dirigentes más influyentes en el mundo, haciendo de ella la mejor embajadora de la gracia y el talento mediático de la cholita paceña cuyo atavío lució y difundió para las cámaras universales de Nueva York. Una distinción que muchos políticos y caudillos populares pugnan por alcanzar, en inútil empeño.

*Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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