“LA BOLA DE CRISTAL”

ZV
/ 22 de noviembre de 2022
/ 12:19 am
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“LA BOLA DE CRISTAL”

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¿PARA adónde vamos?, pregunta un miembro del colectivo de Winston y el Sisimite. No es el primero –de los mensajes recibidos– pidiendo consultar la bola de cristal. Presumiblemente alusivo a la preocupación de muchos sobre el rumbo del país. Si se trata de adivinar lo que pueda suceder a inmediato, corto o mediano plazo –aparte que la interrogante no es específica sobre la naturaleza de la inquietud, si económica, política, al éxodo migratorio del país y por la desocupación, o si referida a asuntos generales– la respuesta que pudiésemos darles quien sabe si satisfaga. Lo aconsejable más bien sería mantenerse en prudente expectativa. Sin embargo –a lo Nostradamus– echando una mirada más distante, digamos, dilatando el tiempo a un futuro indeterminado, nada se pierde con hacer el ejercicio. ¿A dónde vamos? Pues, veamos de dónde venimos. De épocas pretéritas cuando el peso específico de la persona –y en su conjunto, los liderazgos nacionales– descansaba en su formación, en su vasta cultura, en su apetito por el estudio y la lectura, en su interés de saber y hablar con la verdad, en el respeto ganado en la sociedad, en su conducta ética, la palabra sellada con un apretón de manos bastaba para el contrato, con el trato amable y solidario hacia los demás, entre otras cualidades.

Mejor ni hablar del enchape de las personas, de la cultura y de la calidad educativa, hoy en día. Érase una vez, cuando los valores inculcados en el hogar se nutrían en las escuelas, los colegios y las universidades, por maestros con vocación y aptitud de enseñar y alumnos deseosos de aprender. Pasamos –según las revelaciones sociológicas de Zygmunt Bauman– de las realidades solidas de los abuelos –el trabajo como Dios manda, la preparación como imperativo de superación, el sacrificio presente en aras del logro futuro– a la modernidad líquida de hoy; “un mundo más precario, provisional, de apego a lo superficial, ansioso de novedades y con frecuencia agotador; tiempos veloces de cosas no duraderas, donde la incertidumbre por la vertiginosa rapidez de los cambios ha debilitado los vínculos humanos”. La actitud responsable y comprometida acabó cediendo los espacios a la indiferencia permisiva y complaciente. Del orgullo hacia las personas ilustradas, instruidas, bien preparadas caímos al mundanal. Desprestigiando todo se aplana la competencia. Se tomaron la plaza –decíamos en el libro “Los Idus de Marzo”– “las chatarras de los chats, los adictos a sus chunches tecnológicos, hipnotizados a sus pantallas digitales”. “El acento puesto en lo trivial, el énfasis en la frivolidad”. “El analfabetismo pasó de ser una limitante de una mayoría que no sabía leer ni escribir, a una ironía de quienes, aun sabiendo hacerlo, nada sustancioso leen y nada valioso escriben”. Descendimos de una carencia atribuible a los flagelos de la pobreza material, a otra peor, imputable a la pobreza intelectual”. El círculo perverso deformador de la excelencia, en que lo malo termina siendo aprobado como mediocre; lo mediocre pasa por bueno; y lo bueno, las pocas veces que llega, se celebra como si fuera brillante”.

“¿Cuánto más teclean, peor escriben?” “Este es el ‘efecto WhatsApp’ en el lenguaje de los adolescentes”, el tema expuesto en reciente artículo. Estamos terminando de leer un libro que nos obsequiaron, “Como Enseñar Filosofía a Su Perro”, basado en las pláticas de filosofía que el autor tiene con su mascota mientras lo saca de paseo en las mañanas. Y parece que algo se le ha quedado al chucho de nuestras conversaciones cotidianas, ya que, sobre la interrogante ¿a dónde vamos?, este fue el cierre del editorial: Winston se puso a filosofar: Los clásicos del renacimiento –interpretando las relaciones entre el hombre, Dios y la naturaleza, pintaban con exactitud. Pero el arte fue evolucionando. De lo barroco, a lo neoclásico, del romanticismo al realismo, del impresionismo al expresionismo, del simbolismo al “Nouveau”, pero también las modas del surrealismo, el cubismo y el futurismo. Del impresionismo –digamos– los cuadros de los maestros, desafiaron lo tradicional con una combinación de luces y sombras, de figuras sugeridas y emborronadas. El cambio fue a lo abstracto. Picasso –por ejemplo– abrevió las formas convencionales del dibujo y la pintura para, de la síntesis, crear la abstracción, lo informal. Pero se quedó corto. El extracto del todo –prescindiendo de lo innecesario– es un punto, o mejor aún, lo imperceptible. El paso anterior a lo inexistente. Ahora aplicado a la revolución tecnológica en las comunicaciones. Que los adictos a su aparatos inteligentes –más inteligentes que ellos– lejos de aprovechar los avances, la han retrocedido –con pichingos prescindiendo del abecedario– a la edad de piedra; a lo rupestre, a las figuras paleolíticas, a los jeroglíficos. Llegará el momento en que de tanto agarrar por los atajos y de abreviar el idioma –apretado a la más constrictiva simplificación– se van a quedar sin voces para interactuar: Sin lenguaje con qué comunicarse, desaparecería la noción aristotélica que el hombre es un animal, social, racional y político. Sería la regresión perfecta. De simetría en el reino animal. Respondiendo a la curiosidad de los que piden orientación –como nada se hace por combatir la deformación y a nadie pareciera importar– hacia allá vamos. Aunque visto de otra forma menos fatalista, quizás sea la bendición que nos depara el futuro. Descanso absoluto. Pasar del ruido ensordecedor de hoy, a disfrutar del silencio de mañana. O mejor aún, de la conmoción a la tranquilidad. De la bulla mundana, a la paz serena de los sepulcros. Experimentar en vida, la vida del más allá.

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